Anotación 117

10.02.2010 12:35


 

Desde que llegué al barrio no paré de localizar a todos sus habitantes y de describir sus características en mi base de datos. Ese era el encargo.

Fue al cuarto día cuando me tope con ese personaje. El que me provocaría tanta reflexión.

Parecía ajeno a la actividad que se desenvolvía en torno a él y, por otra parte, a él los parroquianos tampoco parecían prestarle mucha atención. La verdad es que no se entrometía en nada ni molestaba a nadie.

Casi transparente, se sentaba todos los días, sobre la nueve, en el mismo lugar; el tercer banco de piedra empezando a contar desde la panadería, justo enfrente de la cola del paro que se formaba a esas horas en la entrada de la oficina de empleo. Es decir, elegía el lado tranquilo y soleado de la calle.

Completamente impermeable a la problemática laboral de sus vecinos, su mirada acuosa y transparente obviaba los preocupados semblantes que, a paso lento, se arrastraban por la acera de enfrente. Casi siempre se recostaba sobre el respaldo y ahí permanecía adormilado hasta que inesperadamente realizaba algunos estiramientos. Uno en especial me gustaba mucho, era como si se dejara inflar la columna vertebral desde su base, como si se tratara de una cámara de bicicleta, hasta conseguir crear progresivamente una forma arqueada. Parecía que ese movimiento le satisfacía especialmente.

Yo no solía hablar con nadie, me limitaba a observar, describir, valorar... Pero al sexto día la curiosidad me venció y decidí plantearle algunas cuestiones. Fue inútil; no quiso hablar conmigo. Ni siquiera se dignó devolverme el “buenos días”. Se me ocurrió entonces que la panadera podría ayudarme puesto que ya lo debía tener muy visto. Con sorpresa en el rostro, ella me preguntó si me refería al “gato”... Entonces me quedé sin respuesta pero sentí que una luz comprensiva se abría en mi mente...

“Ya...”, le contesté finalmente, tras acabar de procesar la nueva información, y salí enfadado a recriminarle, al necesariamente felino, su actitud. Aquel "gato" no tenía ningún derecho a haberme hecho perder tanto tiempo. Así que estirándole de la cola quise despertarlo para hacerle saber lo que pensaba de su forma de proceder, momento en que sorpresivamente me arañó el brazo izquierdo haciendo que brotaran con fuerza mis babas interiores, tan verdes como vitales...

La cosa no habría ido a más, no era grave... pero de repente algo pareció sorprender mucho a la gente de la cola provocando que se aproximasen con caras descompuestas hasta irme cercando. Momento en que sintonicé nítida la orden de proceder a la huida veloz inmediata.

Por nada de la nebulosa aceptaré más misiones en la Tierra, allí siempre me suceden cosas extrañas.

 

 

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Miguel Cabeza