El hombre del surf

29.11.2009 12:35


 

 
[Aunque ya seáis un poco mayorcitos para según qué, me hace ilusión contaros “la historia del hombre del surf”. Pero resulta que esta historia es un tanto especial y sólo puede contarse desde el lugar en que se desencadenaron los hechos...


Una vez que lleguemos al diminuto muelle;  os sentaréis sobre los desgastados tablones, apoyando comodamente espalda contra espalda,  y dejaréis que vuestros pies desnudos y  colgantes jugueteen con los pececillos. Pondréis,  luego,  oreja a  los susurros secretos que este mar antiguo vierte sobre las orillas.

Bien, acompañadme

Por favor, sólo una cosa más antes de empezar. Recordad que no podéis hacer ningún ruido, puesto que el hombre del surf puede captar cualquier tipo de vibración que provenga de esta parte de la realidad y si, como ha sucedido alguna vez, os habla o me increpa, permaneced callados y tranquilos, sé cómo he de manejarme en tal situación.]


Listos, silencio, empiezo...

El hombre salió a dar su nocturno paseo por la vereda del puerto  –la misma por la que habéis llegado hasta aquí-. Su sola soledad se deslizaba suavemente, intentando no romper el blanco hechizo que la segunda luna de agosto tejía sobre el mar. En la distancia, luces saltarinas salpicaban el nocturno perfil de la costa jugueteando entre las voces lejanas... Se sentía sobrecogido, a pesar de que para él ésta era una visión cotidiana, eterna y amiga... Y sentía como le afloraban ecos de otro mundo desde los poros de su piel, nostalgias de lo nunca vivido. Continuó hasta llegar a la playa y se sentó sobre la húmeda arena para contemplar serenamente el espectáculo que se abría ante su mirada, mientras dejaba que sus pensamientos fueran cediendo relieve ante la inevitable subida de la marea interior. Al poco, adormecido, alzó la vista en busca de un respaldo donde acomodarse y de inmediato le asaltaron los reflejos de su tabla de surf. La había dejado atada por la mañana a una de las viejas sabinas que adentraban sus raíces hasta la misma arena de la playa y, ahora, inclinándola un poco, le serviría de respaldo. Se levantó, y al ir hacia ella percibió algo extraño, algo así como un etéreo golpe telepático en la mente. Como si la tabla de surf le preguntase “¿por qué no, ahora?”


Nuestro hombre no prestó máyor atención a lo que le pareció una pequeña alucinación, tal vez debida a la somnolencia, al cansancio y al estado emocional tan alterado que sufría desde sus reciente separación.  Pero la verdad es que la llamada, alucinación o no, se convirtió en deseo: el deseo de deslizarse como un susurro caprichoso sobre aquella inmensa pista de baile. Sabía que utilizar la tabla a vela en la noche era especialmente peligroso, pero no lo quiso pensar más. Volvió a casa, se armó de linterna y cuerda e improvisó una pequeña luz de posición para el mástil. Retornó a la playa, montó la vela, atensó la botabara, aseguró la base, colocó la orza y se adentró lentamente en la aguas hasta que éstas le cubrieron la cintura. Entonces subió a la tabla, buscó el equilibrio, estiró de la cuerda de atracción del mástil y lo alzó. En breves instantes la vela  se desplegó convirtiendo al hombre en un débil centelleo nocturno que se perdía sin rumbo y se dejaba  llevar por la sensación de impulso más favorable.

Se sentía vivir. Ligeras brisas del norte sostenían constantes la tensión sobre la tela, permitiéndole el desplazamiento sin necesidad de cambiar la estática, cómoda y atípica posición corporal. El  brazo derecho doblado, colgando desde la axila hacia el interior de la botabara para luego atrapar la empuñadura; el izquierdo, proyectando una mano fuerte y callosa que dirigía en controlada tensión la posición del mástil; la columna recta, pero relajada y bien asentada  sobre las distendidas piernas que tan  sólo se preocupaban del compás de los sutiles cambios en la percepción de las aguas... Así, el hombre, convertido en poesía, acarició la superfice marina mientras agradecía ser tan minúsculamente pequeño ante la inmensidad del universo que se abría en cada dirección. Sabía que, precisamente, era su insignificancia la que le permitía asombrarse, admirar y saborear la existencia de lo ilimitado.

Tal vez aquella noche, la Luna y el mar se fundieron. Tal vez el tiempo se durmió más allá de las estrellas o, tal vez, lo único que sucedió fue un bostezo de oceano, de esos que aspiran de golpe todo el cielo y parte de las esperanzas de esta tierra...

¡Eh, Miguel! ¿Vas a volver a contar lo de la Ballena?

[¿Lo habéis oído? Ya lo ha vuelto a hacer. No sé como lo consigue pero lo consigue. Es capaz de preguntarnos desde el relato. Y es que no le gusta que cuente lo de la ballena. Dice que sois mayores, que a vuestra edad no creéis según qué. Pero permaneced en silencio, es lo mejor. Dejadme seguir contando, como si él no nos escuchase. Ya os digo que suele ser lo mejor. También para él... Prosigo.]

A ciencia cierta no sabemos que sucedió, pero lo incuestionable es que inesperadamente la escena se iba a deshacer. Y esto lo intuía el hombre del surf. Así que cuando él percibió el primer crac, no tuvo claro si sucedía más allá o más acá de su piel, asumiendo en todo caso que la lógica de lo real se acababa de romper. De pronto, se descubrió a sí mismo en ningún lugar y se le abrieron las puertas del pánico... ¿Dónde estaba el mar? ¿Dónde el cielo? ¿Dónde su vida? ¿Dónde su familia? ¿En qué trampa de percepción había caído? ¿Qué significaba ese pálpito oscuro que lo abrumaba? ¿Por qué los instantes se alineban en punzante aguja de quietud suspendiéndolo del olvido?

Y entonces  sucedió. La realidad, una de las posibles, resurgió rotunda desde el fondo del mar y de un sólo golpe de presencia lo lanzó por los aires... Estaba perdido. Fuera lo que fuese, aquello era terriblemente poderoso. Durante breves segundos vislumbró, desde el sorpresivo y brutal vuelo por los aires al que se le había lanzado, como las lucecillas lejanas giraban alocadas hasta estallarle finalmente en la cara, todas en una, tras el impacto de la caída sobre la superfície marina. La percepción del dolor recorrió en descompuesto tropel  todos los territorios corporales hasta conquistarlos. La trayectoria del cuerpo no se detuvo, sin embargo, y siguió imparable. Ahora hacia las profundidades... La vida se iba escapando bajo el velo del abismo silencioso y el hombre ya sabía que moriría ignorando que fue aquello, que a destiempo caprochoso, decidió borrarle de la existencia.

- ¡Ya cuenta lo de la ballena. Tengo frío!

[Ni caso, seguid escuchándome]


Sin embargo se iba a equivocar. In extremis sintió como alguna gigantesca mano lo recogía y lo calmaba y lo elevaba a superficie... Como si fuera una gran cola de ballena... ¡Se trataba de una gran cola de ballena! ¡Que le sonreía! ¡Y le hablaba!

¡ Miguel, que es inútil, ya te he dicho muchas veces que no te van a creer!

[sssssss...]


Y la ballena le preguntó: “¿Por qué exageras tanto hombre del surf? ¿Realmente tú te crees que yo puedo hacerle daño a alguien? Anda, mírate, ni siquiera sabes si estás vivo o estás muerto...”

El hombre se estremeció de sorpresa y la histeria se le fue convirtiendo en llanto, primero, y en risa descompuesta después... ¡Era la ballena blanca de la segunda luna de agosto! ¡Uf, menos mal! La que se le aparece a los navegantes solitarios, según cuentan los más ancianos, una vez cada medio siglo... Conocía bien esa historia. La leyenda de los pocos hombres afortunados que se topaban con ella. La gran oportunidad para renacer dentro de la propia vida inacabada. El triunfo de la esperanza sobre el miedo. El gran regalo.

No te van a creer...

[ssss...]

Y ya tranquilo, el hombre volvió a la tabla, izó de nuevo  el mástil y deslizó su mirada de Este a Oeste, identificando cada luz, cada lugar: Cabo pinar, Barcarés, la carretera, el bar Brisas, el hotel Illa d'Or, la base, la península de Formentor... Agudizó un poco más la vista e identificó todas las vidas dibujadas en cada rostro... Alzando ahora tiernamente los ojos hacia la ballena maravillosa y le dijo con todo el amor y agradecimiento que cabía en su pecho: ”Estoy listo, querida mía... Cuando quieras”

Entonces la ballena blanca del Puerto de Pollensa sssssopló sssssuavemente sssobre sssssuu sssssoledaddd y el hombre se fue perdiendo, feliz y sin rumbo, hasta alcanzar los nortes de la nada.
Y colorín colorado este relato verdadero se ha acabado.

Migueeeel... ¿Te creyeeeronn?

¡Ssssiiiii!

[sssss....]
 



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Miguel Cabeza