El retrovisor del coche blanco

07.08.2010 18:10

 

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-I- Laura Martínez

Laura está en tensión. Hace una semana que obtuvo el carnet de conducir y hoy por fin se ha decidido a coger carretera y manta ella solita. Hasta llegar a Sta. Margalida ha circulado relativamente tranquila, pero ahora las curvas y contracurvas la desconciertan y ponen al máximo todos sus sentidos. Al fin, llega la desviación de Artà y la relaja un panorama sedante; la suave bajada que se pierde progresivamente en la lejanía hasta evaporarse donde casi no alcanza la mirada. Nadie más que ella sobre el asfalto. Todos sus músculos se relajan.  La invade una súbita alegría.

Para celebrar su primer trabajo y la obtención del permiso de conducción, sus padres le han regalado este coche blanco, su primer coche. Se trata de un Seat de segunda mano. Cuatro puertas, descapotable, elevalunas eléctrico, airbag, aire acondicionado… La verdad es que el utilitario lo tiene todo a la última y se lo ve como nuevo. Parece ser que su padre, chapista mecánico, lo adquirió proveniente de un accidente y lo ha dejado así de impecable. Del anterior propietario sólo sabe que se llama Pedro. Pedro Atienza… Eso es lo que pone en la ficha informativa.

A medida que recorre el larguísimo tramo, a Laura le va ganando la atención una enorme encina que reina sobre estos bellos paisajes tapizados de trigo ardiente. La encina realmente es impresionante y parece saludarla al llegar a su encuentro. Al superarla para luego dejarla atrás, Laura busca el retrovisor para seguirla mirando, pero se encuentra con su propia mirada. Sonríe espontáneamente. Se sabe feliz y afortunada. Veinticuatro años, un buen trabajo, una familia feliz, un noviete que ya lo querrían otras para sí… El cuerpo le burbujea. Desde ya, se va a comer el mundo…

 

-II- Antonia Bustamante

Antonia  está en tensión. Hace una semana que obtuvo el carnet de conducir y hoy por fin se ha decidido a coger carretera y manta ella solita. Hasta llegar a Sta. Margalida ha circulado relativamente tranquila, pero ahora las curvas y contracurvas la desconciertan y ponen al máximo todos sus sentidos. Al fin llega la desviación de Artà y la relaja un panorama sedante; la suave bajada que se pierde progresivamente en la lejanía hasta evaporarse donde casi no alcanza la mirada. Nadie más que ella sobre el asfalto. Todos sus músculos se relajan.  La invade una súbita alegría.

Para celebrar su veinticinco aniversario de boda y la obtención del permiso de conducción después de tantísimo tiempo intentándolo, sus hijos le han regalado este coche blanco. Aunque tardío,  su primer coche. Se trata de un Seat de segunda mano. Cuatro puertas, descapotable, elevalunas eléctrico, airbag, aire acondicionado… La verdad es que el utilitario lo tiene todo a la última y se lo ve como nuevo. Parece ser que el padre de Laura, la amiga  que se lo vendió a muy buen precio tras utilizarlo dos años, es chapista mecánico y lo ha dejado así de impecable. Del primer propietario sólo sabe que se llama Pedro. Pedro Atienza… Eso es lo que pone en la ficha informativa.

A medida que recorre el larguísimo tramo, a Antonia le va ganando la atención una enorme encina que reina sobre estos bellos paisajes tapizados de trigo ardiente. La encina realmente es impresionante y parece saludarla al llegar a su encuentro. Al superarla para luego dejarla atrás, Antonia busca el retrovisor para seguirla mirando, pero se encuentra con su propia mirada. Sonríe espontáneamente. Se sabe feliz y afortunada. Cincuenta y ocho años, un buen trabajo, una familia feliz, un marido que ya lo querrían otras para sí, todavía un montón de proyectos e ilusiones… El cuerpo le burbujea, Se siente muy agradecida a la vida…

 

-III- Pedro Atienza

 

Pedro está en tensión. Hace una semana que obtuvo el carnet de conducir y hoy por fin se ha decidido a coger carretera y manta él solito. Hasta llegar a Sta. Margalida ha circulado relativamente tranquilo, pero ahora las curvas y contracurvas le desconciertan y ponen al máximo todos sus sentidos. Al fin, llega la desviación de Artà y le relaja un panorama sedante; la suave bajada que se pierde progresivamente en la lejanía hasta evaporarse donde casi no alcanza la mirada. Nadie más que él sobre el asfalto. Todos sus músculos se relajan.  Le invade una súbita alegría.

Para celebrar su primer trabajo y la obtención del permiso de conducción, Pedro se acaba de comprar este precioso coche blanco, su primer coche. Se trata de un Seat Córdoba nuevo de trinca. Cuatro puertas, descapotable, elevalunas eléctrico, airbag, aire acondicionado… La verdad es que el utilitario está a la última e incorpora las últimas novedades tecnológicas.

A medida que recorre el larguísimo tramo, a Pedro le va ganando la atención una enorme encina que reina sobre estos bellos paisajes tapizados de trigo ardiente. La encina realmente es impresionante y parece saludarlo al llegar a su encuentro. Al superarla para luego dejarla atrás, Pedro busca el retrovisor para seguirla mirando, pues siente cómo si se le hubiese desprendido algo del coche, pero se encuentra con lo más  inesperado y terrible. Contempla atónito como va dejando atrás a una oveja destrozada sobre el asfalto, justo al lado de la gran encina, y ve con escalofrío como su nuevísimo coche yace boca arriba como una gran tortuga blanca.

Pedro, instintivamente, se pellizca; pues no da crédito a lo que ve… Pero no encuentra donde pellizcarse.

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Miguel Cabeza