Favola breve

29.11.2009 12:39

Semáforo rojo y las veo pasar por el cebra. Qué dos golondrinas haciendo primavera. Me encanta cuando las veo juntas. Son como cachorrichos de la misma especie. Dos labradores, dos dálmatas, dos boxers... Las dos deben tener la misma edad, veintitantos. Las dos culito respingón y pechito manzana. El oscuro pelo lacio bailando suavemente sobre los hombros. No hay nada que me alivie más mis largas horas de taxista que estas visiones... Son como alegres paréntesis visuales donde laten intempestivos y alegres los colores esperanzados de la vida. Sí, no me avergüenzo, me encantan estas apariciones a dúo. Ladeo suavemente la cabeza para verlas perderse al alcanzar la acera derecha y entonces me quedo de piedra. No sé reaccionar. Han desaparecido. Han desaparecido tras el morro del camión de mudanzas que las acaba de aplastar contra la fachada del número 42, de la calle Aragón. No me lo puedo creer... Tan sólo hace unos instantes... No me lo puedo creer, apenas se ha bajado el chofer tembloroso y aparece un energúmeno en camiseta gritando “¡mis hijas!”. Está descontrolado. Lleva en la mano una barra amarilla de bloqueo de volante. Ya no es amarilla, es roja. Roja de sangre. La sangre del camionero que yace en el suelo lamiendo inerte  la otra sangre, la que fluye de ese brazo de mujer que era joven. Sigo quieto, incapaz de un sólo gesto. Pero puedo seguir la vertiginosa película. Aunque no sé de dónde ha salido el policía que mal interpretando las intenciones del padre desarbolado dispara a las piernas del hombre de la barra que se abalanza contra él. Con el tropiezo, la barra, que vuelve a ser amarilla, se le escapa al padre desesperado y vuela hasta el cristal trasero de mi taxi. Pero no suena rotura de cristales. Los cristales estaban bajos. Lo que suena es el cráneo de mi pasajera de atrás. La luna delantera se me ha teñido de rojo y lamento que el parabrisas esté en la parte de fuera. Siento los pitidos de los coches  pero más altos golpean los mazazos de mi corazón. Alcanzo a oir “muevete ya”. Efectivamente, la luz del semáforo ya está en verde. Se acabó la fantasía. A veces me avergüenzo de tener estas visiones. De divertirme con ellas. Las dos jovencillas me llaman desde la acera. Cómo me gusta la vida y las golondrinas que hacen primavera. En cuanto se sientan empiezan a darle a una alegre conversación. Se me ilumina el corazón al verlas por el retrovisor y la verdad es que justo en ese instante se asoma el divertido cabezón de un sol radiante que todo lo purifica. Me siento tan feliz en mi taxi. Siendo tan capaz de controlar el rumbo de mi mente. Les pregunto si les molesta un poco de música. Las dos me contestan a dúo que “no, al contrario” y ya está sonando “cuor senza sangue” de Emma Shapplin. ¡Que maravilla! Es todo tan perfecto. Y estoy feliz de que no les haya pasado nada y les espere una vida tan prometedora. Qué dos cachorrillos. Que dos angelitos. Me preguntan si puedo subir el volumen. Lo pongo a tope y cantamos a coro con la fuerza de tres gigantescas velas de fuego desplegadas a los vientos de la Tramuntana.  Miro por el retrovisor y me pregunto si el ciclista que yace en el asfalto ha tenido algo que ver con nuestro paso veloz. Y me respondo que no y que ya no quiero tener más fantasías por hoy. Ahora ya suena el tema siguiente “favola breve”.

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Miguel Cabeza