Impactos levitatorios VIII: "Más allá de la cima"

24.07.2011 12:49

 

Cada día, cuando al final de la carrera alcanzo este tramo en pendiente, ya sé que el objetivo está cumplido: voy a llegar a la meta. Y además de hacer ejercicio habré disfrutado...

 

Pero el último tramo siempre es duro. Por mucho que haya reservado fuerzas para él, siempre me resulta agotador, así que suelo aplicar aquella máxima ciclista de “si quieres llegar a lo alto de una cima no la mires, sólo pedalea”. Sí, eso es lo que siempre hago, no mirar arriba, sonreír a mis piernas y homogeneizar un ritmo disciplinado de zancadas cortas... ¡Ah, bueno! también algo más... Un recurso complementario para resistir es pensar en otra cosa. Es justo lo que ahora hago, pensar en otra cosa. Sí, escribo este relato con mi mente, casi a palabra por zancada, pues ya voy adentrándome en la pendiente.

 

Sin embargo, no percibo las cosas igual que otros días. La verdad es que hoy me siento especialmente ligero. Mi trote es rápido, potente y con la mirada desafío la cima. Seguro que llegaré sin problemas, la mire o no la mire.

 

Realmente es una experiencia fantástica cuando todo el cuerpo consigue montarse sobre la ola de la animosa energía interior. Entonces correr deja de significar esfuerzo para significar vuelo libre. Lo que no tengo muy claro es si he empezado a elevarme de pura velocidad o ha sido que al llegar a la cima no he girado y eso me ha hecho sobrepasar los limites del acantilado. ¡Ay! esas cosas tiene el pensar tanto mientras se corre... Pero volar sin alas, también resulta una muy grata experiencia. De hecho me encantan las brisas azules que acarician mi piel, las marvillosas panorámicas aéreas y las caras atónitas de las gaviotas que voy dejando atrás... ¿Atrás?

 

No; arriba, arriba... Se van quedando arriba. Parece que la ley de la gravedad sigue teniendo que ver algo conmigo y ese peñasco de ahí abajo se me aproxima raudo. ¡Qué curioso que me dé tiempo a pensar tanto durante la caída! En pocos segundos voy a acabar destripado sobre esa bella cresta de piedra y sin embargo me da todo el tiempo del mundo para escribir este relato que promete acabar con todo el dolor. Ya me pasó algo parecido cuando a los veintiún años me estrellé con el coche de mi padre. Fue increíble, todo sucedía rapidísimo y sin embargo yo contemplaba en cámara lenta, tras el violento impacto con aquel taxi, como el capó blanco y alargado del entonces tan moderno Renault 12 se me iba aproximando, lentísimamente, como un acordeón de papel hasta detenerse justo en las fronteras de mi piel... Esa misma piel renovada que justo ahora se deja acariciar por los suspiros del último vuelo...

 

Uf! Llegué. Qué tremendamente útil resulta ponerle alas a la cabeza cuando ya no puedes dar un paso más. Cuando entre jadeo y jadeo apenas alcanzas a vislumbrar la pesada alternancia de tus pies.

 

 

 

 

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Miguel Cabeza