Vidas anteriores I. Mona

29.11.2009 12:31

Hay momentos en la vida en los que nos sentimos especialmente perdidos y yo  atravesaba unos de esos momentos. Estaba iniciando una relación sentimental nueva tras la ruptura inesperada con mi anterior pareja, con quien prácticamente había convivido desde mi primera juventud. A la vez, mi padre había elegido ese preciso momento para morir, dejándome un profundo vacío y, para colmo, en el trabajo me sentía en crisis y a punto de tirar la toalla…
 
En momentos así, todos buscamos ayuda. Los amigos, la familia, los viajes… Y también, por muy racionales que nos sintamos, recurrimos muchas veces a las “orientaciones del más allá”. Yo, así lo hice. Confiado en mi propia capacidad para discriminar y valorar experiencias, visité a adivinas, a maestras espirituales, echadoras de tarot… Igualmente encargué dos cartas astrales… pues no estaba muy seguro de mi hora de nacimiento y además había llegado a este mundo en el norte de África, desconociendo la hora oficial regente en mi ciudad natal en el momento clave…
 
Como resultado de todo este proceso de búsqueda esotérica, se me llenó la cabeza y el corazón de un embrollo de sugerencias, orientaciones, dictámenes… Tan interesantes unos, como absurdos otros… Pero yo no conseguía avanzar, salir del pozo. Al contrario, cada vez me hallaba más sumido en la lágrima interior, aunque no dejaba de ocultar a los demás, con éxito, mi verdadero estado. Especialmente  a mis hijitos pequeños y a mi nueva pareja.
 
Fue en uno de aquellos días cuando alguien me habló de una psicoanalista argentina, que estaba a punto de poner en marcha una experiencia de psicoanálisis grupal. Ni corto ni perezoso también opté por abrirme a esa experiencia, hasta que al cabo de unos meses comprendí que aunque respetaba a esa mujer y al grupo de trabajo, ahí no tenía nada que hacer. Así que opté por dejar la terapia. Justamente fue el día de mi despedida cuando Silvia, una de las compañeras del grupo, me planteó a la salida de mi última sesión mientras nos pateábamos lentamente  en la noche las callejuelas del entorno: “Guillermo ¿por qué no pruebas con el Rebercing?”.
 
Me aclaró de qué se trataba, puesto que yo no tenía ni idea de qué me hablaba, “mira, se trata de  hacerte revivir vidas anteriores…. A mí me ayudó”. Le pregunté si me recomendaba a alguien y me dio la dirección y el teléfono de Mona Nuño…
 
No volví a pensar en el tema. Poco a poco la primavera se estiraba y también parecía que el solecito se iba abriendo camino en mi interior. Pero una tarde, al salir de un curso de formación, tuve un gran disgusto. Había dejado a la vista, en el coche, lo único que me había quedado de mi padre, un grueso chaquetón azul marino que, aunque me venía un poco justo pues yo era más alto y corpulento que él,  lo llevaba con todo el amor y el orgullo del mundo. Sentí como si mi padre volviese a morir. Fue tremendo el desconsuelo que sentí ante el robo de esa prenda.
 
Al llegar a casa me desplomé sobre mi balancín de lectura y cerré los ojos intentando buscar calma en mi interior. Y no la hallé, pero, sin embargo, tomé conciencia de que en mi cabeza latían como golpes de pico contra la pared de una mina, las sílabas de dos palabras unidas “mo-na-un-ño-mo-na-nu-ño-mo-na-un-ño…” Me puse entonces de nuevo en pie, busqué su número y la llamé… Quedamos para el miércoles a las siete de la tarde.
 
Resultó que Mona tenía su espacio de trabajo muy cerca de mi casa, entre la zona del ensanche y el matadero. Recuerdo que cuando vi la fachada de su casa pensé “qué bonitas son las antiguas casas de marés de esta zona, pero que húmedas y frías”. Demasiado bien lo sabía, la mía era idéntica. Ella vivía en el tercer piso. La escalera estaba apenas iluminada y desde alguna de las puertas que tenía que superar antes de tocar su timbre emanaba un inequívoco olor a sardina torrada que tuvo la virtud de limpiarme la mente de dudas de última hora y, también, la virtud de hacerme subir brincando la escalera… Al llegar, permanecí un instante quieto, respirando profundo, a la espera de que cesara el inoportuno jadeo.
 
El rubio demacrado de marcadas ojeras azuladas que me abrió la puerta parecía estar avisado de mi llegada y con una sonrisa amable me dijo “Pasa. Es la habitación del fondo del pasillo, mi mujer ya te espera”. Le di las gracias y al adentrarme me llamó la atención el que él trabajase en una habitación contigua… Encuadernaciones a mano, seguramente…
 
Un toc-toc en la puerta y allí estaba ella, Mona. Mi primera sensación fue la de entrar en la habitación de un prostíbulo barato. De hecho me vino a la cabeza el recuerdo de la única vez en mi vida en que, tras  una enorme borrachera, había visitado un antro de la calle Socorro. La habitación donde Mona me haría retomar vidas anteriores estaba apenas iluminada por una débil luz anaranjada. Era amplia y en las oscurecidas esquinas algunas velas diminutas ayudaban a agrietar  tímidamente las tinieblas.
 
Mona me ayudó a quitarme la chaqueta y me ordenó que me sentara en un catre frente a ella. Me miraba fijamente pero sin decirme nada y yo notaba como me iba subiendo un estado de inquietud a la vez que se me erizaba la piel. Al fin rompió el tenso silencio y, con una voz suave y grave, me dijo “Ya sabes a qué has venido. Así que sólo tienes que confiar en mí y hacer lo que yo te diga. Básicamente, primero, te voy a ayudar a relajar y, luego,  vas a respirar sin apartar tu vista de la mía. Irás variando el tipo de respiración según yo te vaya indicando. No tengas miedo. Confía en mí”. Asentí con la mirada y me dispuse a dejarme guiar.
 
Relajarme, no fue difícil, yo ya tenía una cierta práctica sobre como hacerlo incluso en posturas de “sentada”. Casi lo único nuevo para mí, hasta ese momento, era su exigencia de que la mirase a los ojos. Ese sentimiento de mirar, en aquel ambiente, fijamente, a los ojos de una desconocida, me complacía profundamente. Me hacía sentir poderoso… y muy carnal. Todavía no habíamos empezado con la práctica respiratoria y yo ya me había percibido de que Mona era una mujer muy atractiva. Era una mujer voluminosa y  fuerte. Su rostro resultaba tierno y amable. Sus ojos grandes, castaños y transparentes anunciaban sinceridad y le hacían juego a una melena poderosísima y enmarañada que casi le llegaba a la cintura. Me resultaba una imagen bíblica. Alguna antigua Sarah  o Esther debía circular todavía por sus venas…
 
Entonces ella empezó a respirar con la boca muy abierta bombeando con brusquedad el aire desde el bajo vientre. Me pidió que le siguiese el ritmo y que entornase la mirada. Así lo hice.
 
Al principio yo no sentía que nada fuese a pasar. Incluso me empezaba a plantear si estaba siendo víctima de una enorme tomadura de pelo. Aún así seguía cumpliendo sus órdenes. Total, fuera como fuera, me gustaba estar allí, respirando con ella. Sabía que si seguía hiperventilándome aquello podría traerme alucinaciones pero… ¡y qué más daba! Habrían pasado unos cinco minutos manteniendo un duro ritmo respiratorio cuando empecé a vislumbrar algo diferente. Sin embargo tampoco era nada extraordinario. Me llegaban imágenes del tiempo en que siendo yo muy jovencillo, no más de quince años, el maestro de kárate, al final de cada sesión apagaba las luces del “dojo” y, frente al espejo que cubría la pared frontal, nos hacía meditar en posición zazen. Me encantaban esos momentos de contemplación de las manchitas blancas, en que se resumían nuestros kimonos, reflejadas en medio de la oscuridad y el silencio compartido…
 
Pero unos minutos más, casi a punto de rendir mi respiración, empezó a pasar algo realmente nuevo para mi. Mona me ordenó que relajase la respiración, que le diera un ritmo más suave y lento. También más superficial. aunque sin perder el ritmo. Sentí entonces que su figura se me iba distorsionando. Era como si Mona flamease. La veía fluctuar entre su figura real y otras diferentes personas… ¡y animales! Sí, de repente me parecía una india amazónica, de repente algún extraño ser en un estado evolutivo anterior al hombre. No sé… Como entre una Cromagnon y una homínida. De repente volvía a ser la que me había abierto la puerta, de repente volvía la homínida…
 
Empecé a sentir la voz de Mona como un eco lejano: “sigue, sigue”...  y en algún momento ya sólo veía a la simia evolucionada. Sabía que era Mona y entendí de golpe que la estaba contemplando en una de sus vidas pasadas. Pretérita y ancestral. Algo debía estar fallando pues se suponía que debía ser yo el que debía experimentar… Sin embargo, era ella la que estaba cambiando ante mi atónita mirada.
 
Y había algo más... Trascendente... Me sentía amor en estado puro. Como fuera que fuese yo amaba aquella “bicha”.  Tenía que atraparla. Tenía que abrazarla. Me la tenía que comer a besos… Debió comprender Mona en ese momento mis intenciones pues empezó a hacerme gestos despavoridos indicándome, apoyada en sonidos guturales incomprensibles, que me estuviese quieto, que me controlase. Pero yo no podía… ¡La amaba tanto! Empezó entonces a brincar por la habitación pero la atrapé sin dificultad y ella se cedió... Y enseguida pude sentir el dorso de sus peludas manos acariciarme tibiamente la mejilla mientras el brillo de sus ojos luchaba por conseguir una lágrima.
 
Sin palabras los dos supimos lo que nos estaba pasando. Tan sorprendidos y felices el uno como la otra, entendíamos que habíamos sido pareja en un mundo ya perdido en la noche de los tiempos. Y era maravilloso volver a estar juntos…
 
Todavía tengo en el recuerdo la atónita mirada de su marido cuando me vio abrir la puerta diciéndole adiós con aquella enorme y extraña monea en mis brazos. Y recuerdo también, aunque vagamente, las miradas aterradas de unos niños que no podían creerse lo que veían por la ventanilla trasera de mi antiguo “dos caballos” aparcado en el muelle viejo. Su curiosidad les había llevado a intentar averiguar que era aquello que hacía moverse el coche vacío de semejante manera… Pero el coche no estaba vacío y sufrieron, quizás de por vida,  ser testigos involuntarios  del amor más bestial.
 
Aquella noche, Mona y yo decidimos subir a los bosques de las montañas. Allí, corrimos, saltamos, nos abrazamos, gritamos, chillamos, nos aporreamos… Hasta caer exhaustos en el refugio de una oquedad desde la que se vislumbraba bajo las estrellas la nocturnidad marina. Nunca había sido tan feliz.
 
Cuando abrí los ojos empezaba a clarear el horizonte y Mona seguía acurrucada entre mis brazos. Pero volvía a ser la técnica en rebercing, la mujer enigmática que la tarde anterior me había abierto la puerta de su espacio de trabajo. No quedaba ni rastro de su apariencia simiesca. No, la que estaba entre mis brazos era una joven mujer fuerte y hermosa, que desnuda respiraba plácidamente. No supe que hacer, no quería despertarla pero tenía miedo de que cogiese frío. Dubitativo me quedé unos instantes con la vista perdida en las velas lejanas ¡Horror! Eran cientos de velas de naves guerreras. Las naves que en septiembre de 1.229 invadieron la isla bajo las órdenes del rey catalán, Jaume I “el conquistador”… Y yo estaba allí y debía correr hacia Medina Mayurca para avisar al Walí. Entonces le grité a Fátima que dormía a mi lado y al hacerlo las naves desaparecieron y Fátima se convirtió de nuevo en Mona. Le conté a ésta, sobresaltado y sobrsaltándola, lo que acababa de ver y me respondió ”tranquilo, seguro que en el estado alterado en que estás, has podido acceder a otra de tus vidas anteriores… Si vuelves a este lugar otro día con tranquilidad, tal vez puedas recordar tu vida en la Mallorca árabe…”
 
Cuando Mona se puso de pie, me abrazó en silencio y yo volví a experimentar mis sentimientos previos. No hacía falta que me dijese nada. Sabía que ella ya deseaba volver con su marido. La acompañé al coche y la abrigué con una manta. En todo el trayecto no nos hablamos, ni nos miramos. Al llegar a mi casa, le bajé ropa de mi exmujer y, en seguida, la acompañé a la suya. Los latidos frenéticos de nuestras manos al deshacerse del nudo que las ataba es mi último recuerdo de Mona Nuño, mona nuño, monanuño, mo-na-nu-ño… Dios mío ¡cuánto la amé!
 

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Miguel Cabeza