El oficinista enamorado

26.07.2019 19:50

El oficinista enamorado. 2018.doc (452608)

Miguel Cabeza

 

 

Nuestra humanidad es el lugar de encuentro consciente de lo finito y lo infinito, y crecer más y más hacia ese Infinito, incluso en este nacimiento físico, es nuestro peculiar privilegio.    Sri Aurobindo

 

 

 

 “No se puede dar respuesta alguna al problema de si el proceso comienza en la conciencia o en el arquetipo, a no ser que, en contradicción con la experiencia, se quiera despojar al arquetipo de su autonomía, o se quiera reducir la conciencia a una simple máquina. Pero sin duda estaremos en perfecto acuerdo con la conciencia psicológica si concedemos al arquetipo cierto grado de autonomía, y a la conciencia cierta libertad creadora, correspondiente a su grado de conciencia. De ahí surge una interacción mutua entre estos dos factores relativamente autónomos, y esto nos obliga, en la descripción y aplicación de los fenómenos, a presentar unas veces un factor y otras al otro como sujeto actuante…” C.G.Jung “Respuesta a Job” 

 

 

 

“Para que la supervivencia biológica sea posible, la Inteligencia Libre tiene que ser regulada mediante la válvula reducidora del cerebro y del sistema nervioso. Lo que sale por el otro extremo del conducto es un insignificante hilillo de esa clase de conciencia que nos ayudará a seguir con vida en la superficie de este planeta determinado”. A. Huxley “Las puertas de la percepción”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La presencia intrusa

 

 

 

 

 

¿Cuántas veces hemos sentido esa enigmática sensación de apertura energética en la nuca? Esa sensación de suave estremecimiento asociado al sentimiento de que alguien nos está observando. Esa peculiar impresión que nos obliga a girarnos buscando una presencia…

Alejandro, el oficinista, llevaba meses sintiéndola repetidamente y, sin embargo, él siempre estaba solo. Él era el único ser vivo latiendo en aquel lugar. O al menos de eso le informaban sus ojos inquietos cuando indagaban tras sus espaldas. Allí no había nunca nadie y tampoco nadie podía observarle desde más allá de los grandes ventanales, abiertos habitualmente a la distancia de un horizonte difuso y blanquecino. Realmente ningún observador lograría, por medios naturales, tener dominio visual sobre su despacho, dada la baja altura de los edificios colindantes. 

Aquel día, el primer sentimiento de “la presencia” lo tuvo justo después de tomarse el café de máquina de las nueve. Le sucedió al volver a su mesa de trabajo. Fue en ese momento cuando experimentó, una vez más, la turbadora presión en la nuca. Y por algún motivo, en esta ocasión, no quiso contentarse con la exploración visual del lugar. Necesitó ir a la habitación de al lado, una pequeña dependencia dedicada a los archivos históricos de la empresa, abrir el balcón y asomarse a la plaza para poder lanzar su mirada sabuesa hacia los jardines de la entrada. Pero no. Tampoco desde allí se podía descubrir una causa, una explicación. Distinguió al jardinero del edificio de oficinas y a su joven ayudante. Eso era todo. Dos personas centradas en sus labores que a esas horas de la mañana reiniciaban su rutina. Así que a Alejandro no le quedó otra que la de siempre: sobreponerse sí o sí, una vez más, a aquella extraña sensación de “otra presencia” que parecía ganar progresivamente en intensidad. Respiró profundamente y escuchó como desde algún lugar de su conciencia algún yo interior le gritaba que ya estaba bien de permitirse desvaríos. Inclinó la cabeza y se arqueó nuevamente sobre las encuestas que debía devolver cumplimentadas a la Dirección general de Trabajo antes del próximo día quince. Si algo realmente le horripilaba era agotar los plazos y que el jefe de sección pudiera llamarle la atención. Esa sí era una amenaza real. 

A esa labor consagró las dos horas siguientes, tiempo tras el cual se quedó atascado. No entendía eso de las “LHD”. Así que llamó al departamento de sociedades cooperativas de la DGT para que le aclarasen su significado. Pero los tres números insistieron en comunicar... A punto de abandonar, garabateó compulsivamente con su bolígrafo sobre una página en blanco de su cuadernillo de notas, como si esperase que aquellos alocados trazos circulares pudieran presentarle la alternativa a la resolución del problema. Pero ni la respuesta llegaba, ni los teléfonos le daban paso. Se estaba bloqueando y se sentía incapaz de proseguir. Creyó que la tensión se le estaba disparando y tuvo miedo.  Por un momento fue consciente de que las sensaciones que le llegaban desde dentro no eran buenas. Un picor intenso le subía por la espalda. Era como si una interminable formación de hormiguitas frenéticas trepase hasta la altura del corazón mordisqueando cuanto encontraba a su paso. Se rascó la zona frenéticamente e, inesperadamente, el mundo se oscureció tras una cortina de ingrávidas chispas de colores. Supo en ese instante que se iba a desmayar, que iba a perder el conocimiento. Intentó prepararse para amortiguar la caída pero no le dio tiempo a encontrar la mejor postura. Con todo, tuvo suerte al desvanecerse pues no se llegó a desplomar de golpe. Fue como si se derritiese lentamente sobre su silla. De hecho, ahí se reanimó poco después guardando un curioso equilibrio. El brazo izquierdo, estirado y pendulante entre las piernas entrecruzadas y el derecho clavado sobre su apoyabrazos, como mástil de una aturdida cabeza de trapo que colgaba hacia la siniestra.

Pasarían no más de tres o cuatro minutos hasta que Alejandro empezó a reanimarse. La primera sensación que le vino fue de autoinculpación pues pensó que él mismo se había provocado el desmayo al dejar que ese pequeño problema le obcecara de esa forma. Ya más tranquilo, no lo vio tan claro y pensó que lo mejor sería pedir una cita a su médico.

A quien no le haría falta visitar al médico era a la presencia intrusa: Amartelo. Presencia arquetípica indetectable para el común de los mortales cuya misión cósmica fundamental siempre ha consistido en la provocación, refresco y recreación de las pasiones amorosas. Amartelo sí sabía muy bien que era lo que le había sucedido a Alejandro: Él, Amartelo, le acababa de punzar con su mijtil [1]  por la espalda, a la altura del corazón… La intervención había salido perfectamente y en poco tiempo deberían producirse los primeros resultados. Así que de momento se limitó a esperar a que Alejandro acabara de despejarse y dejara de resoplar como un caballo de carreras malherido tras el fallido intento del salto de la fosa…

 

 

 

 

 

 

El filo de la noche

 

 

 

 

 

Para el oficinista Alejandro Solís Paz, el enamoramiento no era un sentimiento que pudiera vivirse más allá de la literatura y, desde luego, nada que pudiera relacionarse con él. De hecho, su vida, en general, se había ido tejiendo ajena a sus impulsos más profundos. Así que cuando había percibido su corazón revuelto, inmediatamente habían triunfado en él las posiciones más conservadoras. Nada de riesgo, nada que pudiera desequilibrar su monótona pero segura vida sentimental. Tan sólo en contadísimas ocasiones, tras un par de cervecitas en soledad, su alma había volado un poco más alto y lejos de lo que la cauta prudencia aconsejaba. Estos habían sido los únicos momentos en los que había sido capaz de mirar a los ojos de ese tipo de melancolía que invita a la filosofía.

De no ser por el inquietante incidente del desmayo matinal, seguramente aquel día hubiera pasado como cualquier otro, sin nada sobresaliente, salvo las ya descritas sensaciones de presencia ajena que últimamente le rondaban. A mediodía hubiese vuelto a casa, se hubiese echado una cabezadita frente a la tele, tras comer algo ligero, y a las cuatro de la tarde habría retornado a la rutina laboral, hasta la siete; momento en que desharía otra vez el camino para volver a casa. Pero no, aquel día no sería un día normal. El incidente traería consecuencias. Algo iba a suceder y sucedió: justo en el momento en que en el reloj digital de pared estampó las 19:00. En ese momento sus sentidos se abrieron a percepciones desconocidas. Lo primero en alterarse fue el sistema auditivo. Los gestos leves producían sonoridades metálicas provistas de ecos en alta definición. Tal vez, especuló sin argumento ni convicción, estaba bajo de defensas.

Pero lo cierto era que más allá de la especulación, el sentimiento de realidad alterada se agudizaba. Los sonidos iban adquiriendo una dimensión visual. Incluso, más allá, una dimensión táctil e intelectiva. En la calle, las voces de la gente y los ruidos de los coches se transmutaban en fluidos de colores crepusculares que corrían hacia él para roerle los tobillos con preguntas concisas y claras que le incitaban a correr. Y, asustado por aquel tropel de alucinaciones sensoriales, corrió y gritó y no saludó… Y al llegar a casa, ya bastante más calmado, agradeció que Ana, su mujer, no hubiese llegado todavía. Mejor no tener que dar explicaciones. Se acomodó en la butaca de la salita y dejó que unas respiraciones espontáneas y profundas le devolvieran poco a poco a la calma y a su conciencia habitual. Decidió que sí. Que mañana pediría hora para la médica, pero ahora mismo se iba a ventilar por ahí. Necesitaba andar, reflexionar... Iría a tomar algo.

Lo primero fue dejarle a Ana una nota sobre la mesa de la cocina en la que le decía, sin indicar motivos: “Ana, no me esperes despierta, tengo que salir. Un compromiso de trabajo. Llegaré tarde”. Inmediatamente después, se pegó una ducha rápida. Eligió luego unos mocasines beige, un pantalón blanco de algodón y una camiseta azul marino. Se vistió con el corazón aún algo acelerado y, a continuación, encogiendo un poco la incipiente panchita, buscó la aprobación del espejo de pared. Nada más. Ya podía salir zumbando de casa.

El bar del puerto deportivo ofrecía poca cosa en su carta nocturna. Pero a Alejandro siempre le había gustado la simplicidad algo hortera de ese lugar en el que, a diferencia del afamado restaurante del primer piso, sólo se podían encontrar hamburguesas, perritos calientes, patatas bravas y algunas frituras… Optó por una cerveza y una hamburguesa y, mientras esperaba al camarero, dejó que su mirada vagabundeara recorriendo los perfiles del crepúsculo. Reparó, sin profundizar, en la belleza de los tonos burdeos del cielo sobre los mástiles titilantes y agradeció el que las grandes pantallas de televisión estuviesen apagadas, odiaba esa agresiva usanza de mantener pantallas como alfombras audiovisuales permanentemente encendidas.

Tras la primera hamburguesa llegaría la segunda y un par más de cervezas. Luego se atiborraría de patatas bravas. Mascaba y tragaba como si tuviese miedo de que alguien le robase el hambre. No obstante sus pensamientos fluían ágiles sin dejarse atrapar por la obcecación depredadora de las mandíbulas. De hecho, desde el primer bocado, le dio por reflexionar y reflexionar sobre su vida. Quizás, nunca lo había hecho con tanta intensidad. Y así pasaron un par de horas hasta que su mente empezó a desacelerar y perder contraste ante el peso del alcohol ingerido. Una vez aquietado, se decidió a continuar la ruta por los bares cercanos. Allí caerían sendos brandis lanzadera para, finalmente, ya sobre la media noche, acabar viendo su propio reflejo nublado sobre las lunas de la entrada del Índico piano-bar.

Sí. Él estaba allí. Él solo. Dejando que una tranquila excitación le estirase hacia el centro del local, hacia el lugar donde las sombras se rendían a favor de la barra del bar. Claramente definida. Salpicada de multicolores reflejos cristalinos. Allí donde el alcohol que ejercía en su interior podría renovar su caudal. Él estaba allí, allí solo, y a cada paso hacia la barra se iba dejando secuestrar por aquella voz pelirroja, líquida y delicada que revoloteaba sobre las acompasadas siluetas de la pista de baile. Aquella voz que al franquear los tímpanos se convertía en soleado riachuelo de fresquísimo zumo de mandarinas.

Él estaba allí. Él solo. Y ya tenía su huequecito en la barra, su gin-tonic de refuerzo y sus cacahuetes, precipitándose éstos hacia su boca boquiabierta en alocada aglomeración. Es cierto que se le iban escapando hacia la ley de la gravedad más de la cuenta, pero eso no era problema pues todos acababan recogidos por la astuta mano derecha a la altura del ombligo. La ley de la gravedad era sin duda un pilar básico de la existencia. Él estaba allí. Él solo. Y desde esa voz se reavivaban en su esplendor los Platers y Jorge Benson. Por favor, una mirada suya, una solamente… Necesitaba urgentemente sentirse reconocido, anhelado... Aunque fuera por unos instantes...

La pelirroja no descargaba, sin embargo, sus ojazos, tan tristes como risueños, del perdido infinito que la esperanzaba. Alejandro no pudo entonces más que irse rindiendo ante la evidencia y el cansancio, que le llevaron a buscar reposo dejando descansar su mirada sobre las bellas baldosas. Sí, con ellas tendría más futuro. ¡Menos mal de las baldosas hidráulicas! Siempre le habían seducido esas formas que parecían invitarle a ver con los ojos de la imaginación. Las que ahora le socorrían  eran de acuosos esmeraldas sobre fondos crema y en ellas se podían adivinar las formas de osos siniestros, alegres peces voladores y laboriosos enanitos.

Pero a ver… Ahí abajo… Dos baldosas más allá… ¿Cómo decir…? Había cosa, había historia... Sí, algo real. De este mundo.

 

- Concéntrate Alejandro que a lo mejor todavía no tiramos la toalla - se dijo.

 

Y se concentró y… ¡Exacto! Desde una de las hidráulicas baldosas vecinas emergían dos densos, pulidos y relucientes juegos de volumetrías que, si no se equivocaba, le iban a permitir una placentera escalada sensorial. Probó. Y, sí. Efectivamente, a medida que su mirada trepaba a pulso las densas y bronceadas pendientes, éstas fueron confirmándose como patrón óptimo de unidad de población femenina. La plenitud visual fue tanta que Alejandro sintió un repentino pánico al percibir la posibilidad de ser arrastrado por el desbordamiento de lo visible. Sin embargo, no cedió. Y pudo verificar, fotograma a fotograma, el descomunal potencial de tierra prometida confinado en aquella morena arena repleta de hembra. ¡Uy! ¡Qué poco le importaban ya los cacahuetes y la pelirroja!

Ahora, desde su cima visual, lamentó las copas de más pues supo que no le ayudarían en el inevitable intento…

¡Rápido! ¿Qué estrategia seguir? Hay que decidirse pues ella parece que se dispone a marcharse. Alejandro no vacila más:

 

 -Perdona. ¿No nos conocemos de algo?

 

Aquella  belleza inaudita y misteriosa tardó en levantar la mirada. Al fin, lo contempló en silencio sin contestarle y Alejandro pudo sentir entonces como desde esos ojos almendrados le llegaban extraños sabores. Una persona con más mundo habría adivinado, quizás, que esos sabores provenían de la mezcla de antiguas emociones tejidas de alcohol, pasión desbocada y delirios rotos. Sin embargo, él no alcanzaba a tanto. Eso sí, en seguida fue consciente de la fuerza de las impresiones que recibía. Durante unos instantes el mundo pareció paralizarse. Él quería empujar la vida hacia delante, pero no podía y sabía que mientras ella no apartara su vista, él continuaría petrificado…  

 

-Sí... No sé. Seguro que de algo... – mintió ella.

 

Y sus palabras salvaron a Alejandro de la asfixia. La deseada no sabía por qué motivo daba cancha a ese enredador imbécil. Se sentía cansada y harta de cuántas cosas y de cuántas gentes… No obstante, optó por concederle unos instantes de oportunidad y apretó contra su pecho el pequeño bolso blanco a juego con los zapatos de tacón; se entrecruzaron entonces ante él las finas manos de la mujer como inocentes alas de paloma.

 

-Bueno, ahora no recuerdo bien, pero sí, sí... Seguro... ¡Me alegro de volverte a ver!” – prosiguió él.

 

Pero no resultó. De repente ella, sin más, como si hubiera escuchado en su interior una llamada urgente y lejana, se dio media vuelta y se alejó con pasos decididos. Así que Alejandro, el imbécil y la parálisis contemplaron juntos como la morena oportunidad de una noche imposible se esfumaba cual moribundo suspiro... Adiós a las inocentes alitas de paloma.

Encajó mal aquella huida extraña, imprevista  y precipitada. Sintió en la boca del estómago un golpe de desconcierto, tristeza y soledad además de una fuerte sensación de vomitera. Dudó por un momento si salir del atasco reivindicando otro "Gin Tonic", pero se sometió enseguida a la protectora voz interior que clara y firme le había dramatizado:

 

- Alejandro... ¡Basta! Estás completamente borracho. ¡Vete a casa!

 

Sin perder las distancias, le podemos seguir ahora por las aceras del paseo marítimo. El mar, a su derecha, se lo mira de reojo, en calma, sin decirle absolutamente nada... Alejandro se deja estirar por la inercia de sus pasos.  Quizás ya no piensa en nada. Por llamar pensamiento a aquello que fluye aleatorio en su cabeza. No, ya no piensa en nada. Pero le llama desde lejos una difusa conciencia del tiempo personal. Una conciencia que, si pudiera, le contaría cómo el tiempo puede convertirse en la distancia que cada día te separa más de ti mismo.

Unos cuantos minutos más y distinguimos a Alejandro derretido sobre el banco del muelle dejándose engolfar por su húmeda nada interior. No siente frío y debería sentirlo, la madrugada está refrescando. No tiene miedo y debería tenerlo, ese no es lugar para abandonarse. Su lado derecho ya no tarda en dormirse; la cabeza yace sobre el brazo que le hace de almohada. Su ojo izquierdo lucha, no obstante, un poquito más por mantenerse abierto… Y es que a su mirada zurda se le ha pegado un corazoncito grabado en la piedra del respaldo. “Siempre te amaré, Jacinto”. Pone debajo.  Le da tiempo para preguntarse si lo firma Jacinto o si es ella la que piensa en Jacinto. Y ya está. Se acabó. Ronquidos secándole la garganta. De fondo, algunas siluetas deshilachadas de pescadores al inicio de su quehacer cotidiano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adela

 

 

 

 

 

Se llamaba Adela. Rondaría los ochenta pero parecía bastante más joven. A pesar de ello, los niños del barrio la llamaban “la vieja del quiosco”. Lo cierto era que cualquiera que se enfrentara a sus ojos dorados comprendía instintivamente que la edad no siempre es un concepto razonable y, lo cierto también, era que el quiosco ya no le pertenecía. Hacía años que se lo había traspasado al señor Alfredo. Aunque, de hecho, si el tiempo lo permitía, no dejaba un solo día de pasar algunas horas de la mañana acompañándole sentada en el banco de enfrente releyendo inevitablemente sus inseparables libros de poesía. En especial Olga Orozco y Alejandra Pizarnik; para ellas eran los máximos honores. 

Hacían buenas migas Adela y Alfredo. Ya las hacían antes, cuando era él quien la acompañaba mirando melancólico el mar y dándole conversación desde el banco. Antes del día en que ella le planteó “Alfredo, mira que yo ya estoy mayor... ¿Qué te parece si ahora que puedes capitalizar el paro te metes en esto…? Da para vivir y te sentirás mejor…” Sí, ese día cambiaron los papeles. “¿Por qué no?”, le había respondido él, sin dudarlo. Como si hiciera tiempo que esperase esa oferta. 

Ahora, si el hombre se iba a tomar un cafetito, Adela gustosamente atendía hasta su vuelta. Y si el rato se alargaba, Adela lo agradecía… Y todavía agradecía más que un día Alfredo la llamase por la noche y le dijese “Perdone. Mire; es que no me encuentro muy bien… ¿Podría mañana abrir usted?... Iré en cuanto pueda”. Ella le contestaba “Por supuesto, hombre. No te preocupes... ¡Con tal que no vengan los de la inspección de trabajo!... Si hay algún contratiempo te llamo. Descansa y reponte”.

Precisamente aquella era una de esas mañanas en que “Doñadela” se levantó temprano para ir a abrir y, al hacerlo, lo primero fue buscar en su mochila de paseo hasta encontrar de ella un paquetito plateado, justo en el momento en que un tímido sol asomaba el hocico sobre los tejados de la Autoridad Portuaria. Ya sin el papel de aluminio, los primeros rayos descubrieron, curiosos, aquel bocadillo preparado con todas las atenciones.

 

-Buenísimo- sentenció tras el primer bocado-. Y debía realmente estarlo a jugar por su cara de placentera satisfacción.

 

Daba gusto verla, a sus años, en vaqueros y camisetas amplias -preferiblemente floreadas-. Siempre con bonitas deportivas de color beis y siempre luciendo un lazo azul cielo que atrapaba sobre la fina nuca su lustrosa melena blanca…  Y daba gusto saborear sus movimientos. De aquí para allá, siempre tan vital ¡Qué mujer tan fuerte y espléndida! ¿Y qué decir de esos rasgos tan suyos? Nariz aguileña, pómulos salientes, tez aceitunada, labios jóvenes y siluetados… Y esos luminosos ojos claros por los que según la hora del día se priorizan los tonos verdes o azulados. Toda ella fiereza noble. Elegancia trascendente emanada desde el mismo corazón de la naturaleza. 

Pronto aparecería la furgoneta de la distribuidora con la prensa del día... Pero de momento reinaba una calma intensa. Con placer pasaría la jornada frente a este mar radiante, este mar que junto con sus amadas poetisas eran los únicos lujos que reconocía en estos momentos de su vida... ¡Pero bueno!  ¿Y ese hombre desvanecido sobre "su" banco, al inicio del viejo pantalán...? Bueno, seguramente se trataba simplemente de lo que parecía: Un hombre joven vencido por la juerga nocturna. Pero… ¿A quién le recordaba…?

 

- ¡Oh Dios! ¡Será posible?  No… No... Ya tendría mi edad. Mi edad y cuatro más… -Se oyó susurrarse a sí misma al tiempo en que se aproximaba sigilosa al sujeto.

 

Inclinada sobre él. Tan sólo a dos palmos de respiración sobrecogida, Adela escudriñó cada traza de aquella inquietante aparición. Hasta que sus temblorosas piernas le avisaron de que debía retirarse inmediatamente si quería evitar el desmayo. Apoyó entonces pesadamente su espalda contra la pared trasera del quiosco y suspiró de golpe seis décadas de lacerantes sentimientos almacenados sin pellejo.

 

- ¿Recuerdas Adela…? ¿Recuerdas Adela…? -repicaba la pregunta en su mente.

 

- Es como él era. Sí, como él. Increíble parecido… Pero no sé… ¡Oh! ¡Cómo me gustaría despertarlo! ¡Verlo de pie!

 

¡Cuánto la había hecho sufrir aquel su Emilio!  Maravilloso contraste de sobriedad y recogimiento en aquél expansivo Buenos Aires de su juventud. Todavía recordaba Adela como si fuese hoy la primera vez, la primera tarde. En el cumpleaños de su amiga común, Sandra. Sus amigos dándose palmetazos y bromeando, mientras él, serio, al acecho tranquilo, un poco más atrás… Apenas dibujado en la frontera de las sombras. Agarrado a un vaso de vino, mirando todo y nada… Perdido y encontrado… La espesa cabellera como negro mar surcado de densas olas azabache, la nariz ruda y potente, las cejas pobladas hasta el exceso, la boscosa mirada siempre transparente... Enigmático a pesar del traje heredado y pasado de moda…

 

-Alguien que os conocía a los dos… ¿Sandra, era? Se fijó en tu forma de mirarle y te llevó hasta él… Tú tendrías dieciséis, él acariciaría los veinte… -musitó Adela para sí.

 

 Tres años de agotamiento del sentir de la vida. Explosión del cuerpo, alas del corazón...

 

-¡Emilio…! -exclamaba y preguntaba ahora la voz interna escondida en algún confesionario de su mente - ¿Por qué te marchaste a una guerra que ya no era tuya? ¿Por qué me convertiste en esta estatua de sal? ¿Por qué me condenaste a vagar por el mundo indagando tu paradero? Olfateando cualquier mínima posibilidad para el reencuentro.  Emilio… ¡Mi Emilio! ¿Dónde están hoy tus brazos fuertes? ¿Dónde tus sentidas palabras?

 

Adela sacó el espejito de la bolsa y se contempló…

 

-¡Dios! ¿Qué hace aquí esta vieja? - se dijo- ¿Quién narices me convirtió en mi abuela? ¿Recuerdas Adela? ¿Cuántas veces, gozosa ante el espejo, revoloteando las mil expresiones de tu belleza? ¿Recuerdas Adela…?  Insufribles sabores de una guerra miserable tras otra guerra miserable… Como todas… El silencio; luego.  El inagotable silencio. Días silencio, meses silencio, años silencio, épocas silencio ¿Qué pasó Emilio…? Dime ya qué pasó desde tu última carta. Después… ¿Qué pasó después? Rumores de España… Dejar mi despacho de joven arquitecta… ¡La única mujer de mi promoción!  Cruzar el charco renunciando ¡tal vez para siempre! a los míos, mis gentes, mi casa, mi ciudad… Protegida por un enorme y poderoso yo capaz de descubrir los oasis de autoestima que permiten el desierto en soledad… Periodista, librera, camarera y tantas otras cosas… ¡Maldito amor despiadado!  Adela… Adela… Galgo alocado y fantástico tras la presa que siempre se vislumbra y jamás se alcanza. Orgullosa de mi fidelidad… Fidelidad a él, fidelidad a mí misma, fidelidad a un mundo posible donde existen los amores inevitablemente fundidos… 

Al hombre que yacía sobre el banco del pantalán lo debió de despertar la tormenta interior que se avecinaba… Y algún rayo le caería muy cerca, a juzgar por el brinco con el que de súbito se incorporó quedándose sentado con la espalda muy recta y las palmas bocabajo en cuchara, tensas, cubriendo las rodillas. Oteó entonces, nerviosamente, su alrededor. El rostro atónito, como si contemplase a mil demonios al asalto. Al cabo, pareció resignarse a la muerte inmediata y se abrió a las noticias que pudieran llegarle desde el centro de la Tierra. Pero desde las profundidades del subsuelo no le llegaban nada más que los ecos mudos de un denso y cetrino silencio.

 

La vieja Adela contempló fijamente al hombre, obsesionadamente al hombre, ausentemente al hombre… Cada vez más arrebatada por el inesperado viaje a los recuerdos imperecederos que aquel rostro le ofrecía.

 

- ¿Le ocurre algo, señora? -Preguntó el distribuidor de prensa-.

 

- No... No... Hola, buenos días... -Contestó quedamente ella sin prestarle apenas atención y continuando con sus meditaciones-. ¿Será hijo suyo? ¿Cómo se lo pregunto? Algo tiene que ser suyo. No puede ser de otra forma… Pero ¿cómo puede ser algo suyo con esta pinta de funcionario aséptico…? Sí, no es posible. Emilio estaba hecho de bruma y tierra labrada… Y de esos aires de “la gueta” de los que tanto hablaba. Aires tibios que a mediados de octubre suben desde las planicies del sur, atravesando la cordillera. Aires otoñales que se pasean entre los castaños abrazando a los paisanos. ¿Cómo no recordarlos cuando ponía él tanta pasión al evocar su añorada tierra verde humo? Sin embargo... Esas facciones... Ese cuerpo...

 

Adela escudriñó de nuevo el espejuelo… Y continuó rozando lo audible… Ahora, desafiante:

 

-Sí, vieja… Vieja porque un día encarcelé a la Adela flor… La Adela de áurea mirada, orgullosa y humilde a un tiempo. La Adela volcán, la Adela riachuelo. La Adela tiburón, la Adela gacela. Te llevo dentro joven Adela, te llevo dentro. Dejé que el tiempo pasara por la piel para preservarte a ti, joven Adela encarcelada… ¡Que no te hiriesen los rayos del sol, que no te sometiesen las experiencias de la vida, que no te marchitasen otros amores…! Te llevo dentro miel de amor… No te preocupes querida mía… Cuando lo encontremos te dejaré aflorar... Ahora no llores, cielo mío… Un tiempo más, un poco más… Lo presiento… Ya verás. Sé que él se acerca, que te explicará todo… No, ni siquiera... Bastará una caricia suya… Y lo vas a entender… Te vas a sorprender de lo pronto que ha retornado, a pesar de todo lo que precisó forjar...

Ajeno a las desbocadas cavilaciones de Adela, Alejandro se fue despejando y al fin se levantó. Permaneció de pie unos instantes con alguna decisión tomada, pero pareciera que algo lo obligó a sentarse de nuevo. Miró el reloj y otra vez arriba, ya sin decisión alguna. Encaminó lastimeramente sus pasos hacia el quiosco hasta que, al sentir la presencia cercana de la mujer, alzó la vista. Adela no soportó ese roce visual y escondió la suya. Pero resultó inútil pues el hombre se asomó desde su garganta con un espeso “Buenos días ¿Algún diario? Por favor”.

 

- ¡Dios mío! -exclamó ella, sobrecogida.

 

¿Acaso no era esa su voz? Adela sintió que una escalofriante explosión de racimo le acababa de estallar abriéndole inmensas grietas en los muros del corazón mazmorra donde yacía la joven Adela cautiva. Joven Adela que se escapó como lo que ya era: un fantasma libre… Un fantasma perturbado.

 

- ¡Ostras…! -Fue todo lo que se le ocurrió exclamar a Alejandro cuando la señora del quiosco se le desplomó a los pies-.

 

Alejandro insistió en subir con ella a la ambulancia, argumentando que era vecino, su único vecino. Y no sabía el porqué, pero también insistió en permanecer junto a ella ya en el hospital. Argumentando que era su vecino, su único vecino. De alguna manera sintió como obligación proteger a aquella señora desconocida. ¿Acaso no era él quien la había recogido del suelo, la había tumbado en el banco y había llamado a la ambulancia?

Al fin solos, se recostó a su lado en la butaca. Su mano derecha buscó la yaciente mano izquierda de Adela y la estrechó cálidamente… Sintió entonces que esa mujer tenía que ver con él. Que no era una locura el permanecer allí a su lado. Le dominaba una sensación dulce y profunda. ¿Qué clave podría ella ofrecerle? ¿Por qué le había mirado con ojos atónitos cuando le pidió el periódico? ¿Por qué se había desplomado inmediatamente después a sus pies? Esa mujer guardaba algún secreto para él… Algo tenía que contarle… Pasaron horas de inquieta espera hasta que por fin Adela, que ya sabía quién era el ángel custodio que la acompañaba, entreabrió sus ojos,

 

-Te contaré… - dijo ella con voz débil, aunque entregada…-.  Y le contó hasta la sequedad los mil años de búsqueda del amor perdido y cómo su tremenda semblanza con su Emilio la había quebrado… Aunque ella entendía que era imposible, que no podía ser.

 

Llevaría un buen rato de intenso monólogo cuando Alejandro entendió que ella no debía seguir contando, que no estaba en condiciones ahora de proseguir. Y con un gesto de requerir su silencio la interrumpió. A fin de cuentas, ya había comprendido suficiente. Siempre había sido un motivo de comentario en la familia y entre sus amigos, el formidable parecido de Alejandro con su padre, Emilio. Desde pequeño sus tíos ya le llamaban Emilín por ese motivo. El recordaba la rabia que le daba que le llamaran así y no dejaba de replicarles “yo me llamo Alejandro”. Cosa que a su vez y para su mayor enfado parecía causar mucha gracia a los mayores… “Me llamo Alejandro. A-le-jan-dro…”

 

-Ahora escucha tú. -le dijo Alejandro, iniciando la narración de los delirios últimos de su padre. Delirios que de repente habían hallado sentido para él-. Papá murió el pasado septiembre... Aunque durante los meses anteriores en su memoria se habían ido desmoronando progresivamente los recuerdos. En esa época tan dolorosa para la familia, nos sorprendió a todos con evocaciones constantes de una mujer cuyo nombre no nos era familiar: "Adela"… Nos sentíamos tan intrigados como molestos, especialmente mi madre se desconcertaba dolida. Pareciera que la tal Adela fuera la única razón de ser de su vida pasada y presente…

 

-Espera –Le interrumpió entonces Adela- ¿Puedes acercarme la bolsa?

 

Alejandro le acercó la bolsa y la ayudó a que extrajese del bolsillo interno dos voluminosos sobres repletos de cartas antiguas, ambarinas, mil veces plegadas y desplegadas. Ella se los puso a él en las manos diciéndole “Léelas luego, por favor… Y no te vayas sin darme un beso”. Y enseguida, sin proporcionarle a Alejandro tiempo suficiente para poder extrañarse, añadió con suavidad imperativa: “Continúa, continúa por favor…” 

Y Alejandro continuó desgranando los recuerdos de los últimos desvaríos de Emilio, su padre. Y a medida que ello hacía, se dilataba la luz beatífica que emanaba del rostro de la mujer. Su expresión iba cobrando una expresión dulce y serena hasta que una sonrisa de Giaconda feliz anunció el punto final de la vida de Adela.  Aunque él, creyéndola sólo dormida, dejó su parloteo y se anidó en la butaca, cubriendo antes la lamparilla de forma que apenas traspasase su luz los lindes de las cartas, cuya lectura inició al momento… Aquellas cartas…  Fechadas en algún lugar de Rusia… ¡Schutyni! ¡El 2 de enero y 12 de marzo de 1942! ¡Y firmadas por su padre!  Emilio Solís. 

Al principio, sobrevoló excitado aquellas páginas tejidas con esa letra menuda  de Emilio que él tan bien conocía, focalizando azarosamente diferentes párrafos. Como si desease abonar el terreno para una inmediata relectura sosegada y profunda:

 

“…/…el alférez que me acompañaba sabía más que yo del camino, pero al regreso, por dejarme llevar, tuve que luchar gran rato con la nieve y el caballo… Éste se hundía hasta la panza no habiendo más remedio que echar pie a tierra y buscar mejor ruta…

…/…  Al fin llegó el aguinaldo tan esperado. Lo distribuí y el personal se vio satisfecho y alegre. He tenido buena suerte con mi paquete. Contenía: jersey, pasamontañas, turrón, botellín de coñac, peladillas, avellanas, gafas, tres paquetes de cigarrillos, insignia de Falange, libro de rezos para el frente, estampita, fotos de José Antonio y del Caudillo, pastilla de jabón y tres latas de sardinas...

.../… ha bajado la temperatura, estamos ya a -30º. Aquí es fácil que uno se quede sin nariz no dándose ni cuenta…  

…/… Estoy en estos parajes del mundo tejiendo tu amor. En las copas de los árboles, en los pináculos de las torres, en los ríos y en los valles… en todas partes te hallo. ¿Qué tendrás para poder alcanzarte nítidamente en tan lejanas tierras? Qué diferentes serían estas inacabables noches si estuvieses a mi lado.

.../...Serían las 3 de la madrugada cuando el Sr. comandante me telefonea y me ordena que me presente ante él con dos bombas de mano. Al hacerlo, me asusto, pues le veo todo pintado. Entonces, rápidamente, me arrebata una de las bombas del cinto... Pero conseguí recuperarla con poca violencia. La quería tirar por debajo de las cinco camas que había, por gusto, por asustar, por ver cómo se elevaban por los aires... ¡Qué trompa! ¿No estaría bien racionar la bebida? Así hacemos aquí a la tropa del 4º grupo.

.../...Viene a las 8 el pater, D.Ramiro, a darnos  una conferencia preparatoria para el cumplimiento pascual.  Cuando ya casi concluía, llegan unos tímidos pepinos, el primero de los cuales nos cogió de susto y nos dejó sin luz (nos apagó el carburo y las velas) y sin cristales... No se oyen venir. La artillería rusa tira poquito pero muy acertado. Gracias a Dios no debe tener mucho material en fuente, ni mucha munición. Parece que las piezas las traslada con tractores por la noche de un emplazamiento a otro desde los cuales hacen unos disparitos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La vuelta a casa

 

 

 

 

 

Todo estaba sucediendo rápidamente.  La inesperada ruptura de la rutina, la toma de conciencia de su infelicidad, la efímera pasión por la deseada, el encuentro y muerte de Adela, la aparición en escena de los ocultos amores de su padre… Y ahora ¿cómo retornar a casa? Cómo explicarle a Ana, su mujer, las razones de su pequeña desaparición. Se sentía azorado. Conociéndola sabía que ya habría movido cielo y tierra por encontrarlo.

Pero sí o sí debía volver y tomó el camino de casa. En seguida se dio cuenta de que ese camino iba a ser todo menos fácil. La ruta parecía decidir por sí misma sobre los giros, las paradas y las aceleraciones. Si tenía que coger la izquierda elegía la derecha, si el semáforo de peatones se hallaba en verde, se detenía; si en rojo, corría jugándose el tipo…  Alguien jugaba con él desde otra dimensión a algún tipo de parchís, haciéndole perder posiciones o avanzar doble. Se sorprendía a sí mismo alejándose cuando deseaba acercarse y acercándose cuando quería alejarse. Sus pasos sometidos a los desvaríos de internas voluntades contrapuestas le llevaban azarosos por las calles confundidas, describiendo, inevitablemente, ciegos derroteros que no acababan de encontrar ni la medida ni el destino.

Mientras, mil excusas posibles se le agolpaban en la cabeza. Ninguna de ellas resistiría la primera indagación de la mirada de su mujer. Pero poco a poco una entre ellas fue ganando fuerza. Sí, al fin se divisaba la buena idea. Contra más atípica y extraña, más creíble sería la excusa. Esta creencia personal de que las excusas increíbles son las más creíbles la había puesto a prueba con éxito algunas veces durante su adolescencia. Recordó la primera vez. Fue una tarde tremenda. Tendría él unos doce años, cuando le llamó el Sr. Director del colegio todo compungido por las observaciones tan sentidas que supuestamente los padres de Alejandro habían hecho constar en el boletín de notas. No sabía el buen cura que aquellas palabras habían sido escritas por el propio Alejandrito para desviar la atención de aquello realmente grave: lo mal que le había salido la falsificación de la difícil firma de su padre. Sí. Eso haría también ahora con Ana. Tal como entonces. Le contaría algo extravagante que le nublase la capacidad de interpretar correctamente. Le contaría por ejemplo que había sufrido una absurda caída al tropezar con un pequeño bolardo, una de esas semiesferas pétreas de un palmo de altura con las que últimamente el ayuntamiento estaba rematando el borde de las aceras para evitar el aparcamiento inadecuado de los coches ¡Maldito ayuntamiento y malditos bolardos!  Sí. Le diría que al caer se había dado con la frente en el suelo puesto que no había tenido tiempo de sacar las manos de los bolsillos y ese golpe habría sido el causante de algún ataque de amnesia. No vería otra explicación para el hecho de haberse despertado sobre un banco del muelle. Y ahora se sentía muy asustado por lo que resultaría aconsejable acudir inmediatamente al servicio de urgencias del hospital… 

Con esa decisión tomada, memorizó unas cuantas veces la explicación sobre la caída por culpa del maldito bolardo y, cuando se sintió seguro de que sería convincente, se atizó amistosamente con una piedra en la frente para garantizar con un moratón la verisimilitud del relato del microaccidente. Una vez hecho esto, la casa ya pudo aproximarse a pasos agigantados… 

Sin embargo, no tan deprisa amiguito, cuando ya tenía la puerta de entrada al alcance de su mano, en el último instante, un sudor frío lo paralizó. No podía moverse, no deseaba moverse. Disecado y a la vez fuera de sí. Se sintió perdiendo peso. Le dio tiempo de entender que iba a desmayarse de nuevo o que iba a dejar su cuerpo… o ambas cosas… Le pareció despegarse del suelo, elevarse sutilmente. Le habían contado experiencias de este tipo y le gustaba escuchar esa clase de historias extrañas, paranormales… Pero que le pasase a él, eso ya eran palabras mayores. Se pellizcó con interés, pero seguía sin reconocer la gravedad del peso. Atónito comprobó que lloraba a lágrima viva preso de una inesperada emoción mientras veía hacerse pequeño su cuerpo inerte sobre la acera. Desde el bajo vientre se le expandía un vacío radiante. Un aullido de luz ¿De dónde habría arrancado aquel terrible y sorpresivo ataque de felicidad?  

Distancia, distancia, distancia… Altura, altura, altura… Subir, subir, subir… Y qué más daba si dormido o despierto. Definitivamente liviano y capaz de recorridos inversos; desprendida hojita de otoño retornando al frondoso árbol de la primavera inconclusa. Mientras, la comprometida insensatez, cómplice necesaria y tierna, protegía guardiana los previsibles intentos de la mente racional… Y lo hacía bien. Tan solo ciertos versos alguna vez leídos lograron filtrarse fugaces por los poros de la abandonada inteligencia: "los altos espacios son la aventura que solamente tu corazón atrae…"[2]

La ciudad perdía sus contornos, la isla se dimensionaba distante y encontraba a su lado islas hermanas que en su conjunto se diluían y daban paso al visionado de una esfera que identificó inmediatamente como el planeta Tierra, orbitando en acompasada armonía planetaria alrededor de un sol que se alejaba perdido entre miríadas de soles. 

Lejanía, lejanía… Distancia, distancia. 

Sin masa, sin forma, sin peso. Le atravesaban las  mentes de los asteroides, los sabores de las memorias irrecordables, las exhalaciones de los bosques de otros mundos, las miradas sorprendidas de fuerzas supranaturales en estado reposo. Todo era emergente y efímero. No sabía desde donde comparecía todo ello, no sabía hacia donde marchaba, pero nada le preocupaba. El Universo entero conspiraba por transformar su corazón en tierra abonada para la floración de misterios amorosos.

Imposible saber cuánto tiempo permaneció en ese estado de alucine. Cuánto tiempo duró este segundo desmayo. Cuánto tiempo transcurrió entre el desplomarse al ir a abrir la puerta de la entrada de su casa y el momento en que comprendió que iba a volver a su cuerpo tras la escapada involuntaria a un no lugar. Ese momento en que desde el diminuto planeta Tierra le empezaron a alcanzar, cada vez más nítidas, las notas de una canción tierna y seductora que ya había escuchado alguna vez: "…espera un poco mi amor, siempre hay tiempo para amar…". Instantes antes de que Ana lo descubriera tendido en el suelo.

Cuando Ana abrió la puerta y se encontró a su marido desparramado a sus pies con aquel moratón en la frente se quedó sobrecogida, pero permaneció en silencio; pues no podía esconderse desventura tras la expresión de plácida felicidad que emanaba del rostro de Alejandro. Así que simple y serenamente se acuclilló frente a él, le apartó el cabello alborotado, tanteó su corazón… Y alzó su vista tranquila buscando un taxi, o una oportunidad de ayuda. 

Dos horas más tarde, caprichos del destino, en la misma habitación y desde la misma cama de hospital que Adela había dejado desocupada, como sabemos, tan recientemente, desde el mismo ángulo de visión de la anciana en sus últimos momentos, podía Alejandro contemplar ahora a su desorientada mujer. La encontró hermosa, sobria, digna. Le pareció incluso diferente… Más madura, más atractiva… Pero supo ciertamente, en ese momento, que ya no la amaba… O, mejor dicho, ya no la amaba como él desearía amar… Y supo también en ese momento lo que aún le dolía más: ella nunca le amaría como él anhelaba ser amado. 

Ajena a las desgarradas emociones de Alejandro, Ana, al verlo entreabrir los ojos, estrechó sus manos y solicitó la atención de la doctora.

 

- Pero ¿qué hago yo aquí?  – preguntó Alejandro. Y su pregunta sonó como un arañazo lastimero sobre la superficie de un mundo que parecía real.

 

Le comentaron que había sufrido un desmayo en la puerta de la casa, le explicaron que había tenido mucha suerte al caer, puesto que su cabeza había pasado rozando el canto del escalón del portal y podría, por tanto, haber sido mucho peor… 

Alejandro escuchó intentando comprender. Le dolía muchísimo la cabeza y eso no le ayudaba. Era como si entre las dos orejas le hubiesen clavado un enorme clavo desde el cual pendía su cuerpo hacia todas las direcciones. No obstante, una sensación le confortaba, la de estar impregnado por el aroma protector del extraño sueño experimentado durante el desvanecimiento. Un sueño -por llamarlo así- delicioso, denso y cósmico. Podía recordar perfectamente aquella experiencia alucinada.

Y tal vez pronto volvería a ese no lugar -pensó-; pues advirtió que algún tipo de fármaco paliativo estaba anulando nuevamente su recién recuperado estado de conciencia. Así se lo confirmó la doctora. Debía descansar, le dijo. Sí, él no sabía cómo, pero aquella doctora había sido capaz de adivinar su dolor pese a que él no se había quejado- y había creído conveniente administrarle algún potente calmante por vía intravenosa. Entonces, aunque la posibilidad de poder volver al sueño dejado atrás le atraía, Alejandro, al sentir la evaporación mental progresiva, sucumbió por unos instantes al miedo y la angustia. Indagó la mirada de su mujer buscando seguridad. Ella seguía allí, a su lado, estrechándole las manos, pero en sus ojos se anunciaban los faros inconscientes de un tren de carga. Pronto ese tren le arrollaría.

 

-Haz caso a la médica y descansa cariño – le dijo Ana con voz titubeante -. Ya habrá tiempo para hablar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La encarnación

 

 

 

 

 

Amartelo consideraba que el proceso de Alejandro  discurría según lo previsto y básicamente sólo era cuestión de esperar, pero ello no le liberaba de tener que realizar, mientras tanto, los trabajos destinados al “encauzamiento del encaje”. Esto es, los trabajos destinados a optimizar los soportes de las nuevas potencialidades. Trabajos como pulir aristas emocionales, limpiar residuos anímicos o dilatar conductos perceptivos estenosificados... Aunque es cierto, ya se sabe, que la carne humana da de sí lo que da y, como consecuencia, en algunos casos no había más remedio que pedir ayuda  a otras  suprafuerzas, que abandonando puntualmente su naturaleza estática le brindaban a Amartelo su apoyo en equipo. Crear uniones amorosas florecientes y abiertas a la recreación permanente; mantener fuegos armónicos y destruir relaciones sostenidas en el puro interés material, la seguridad, la falsedad o el miedo; nunca fue tarea fácil. 

Pero pese a los esfuerzos y dificultades inherentes a su oficio, a Amartelo, siempre le había deleitado su trabajo y se sentía orgulloso de su misión maravillosa. No obstante, se hace necesario anotar ahora  que nuestro personaje celeste  se estaba haciendo consciente  de andar sufriendo inquietudes inusuales. Inquietudes derivadas de una tentación muy concreta: El atrevimiento de encarnarse en un humano para alcanzar no ya el nivel de intromisión habitual sino el nivel de identidad con él o ella. Así que se estaba planteando, tras decenas de miles de años de rutina procedimental, ir más allá, mucho más allá, de las clásicas posibilidades que ofrecen las sencillas operaciones con míjtil, que sólo permiten recibir información de los individuos y manipularlos. Intervenciones simples como la que acababa de realizar a nuestro personaje terráqueo: Alejandro.

El impulso de esa tentación que sentía fortalecerse en su interior agrietaba progresivamente su naturaleza arquetípica. No sabía de ninguna otra fuerza supranatural a la que le hubiese pasado nada parecido. Pero, a fin de cuentas, pensaba, si le sucedía aquello, lo más informativo era el hecho en sí. Esto es: “Le sucedía y punto” y por tanto era voluntad del Gran Misterio que así fuese. ¿Y por qué desearía la Divinidad semejante transformación? ¿Querría tal vez el Ser Supremo mejorar la evolución del enamoramiento entre los humanos? ¿Sería que si Amartelo se personificaba como ser humano mejoraría su propia capacidad de empatía con los seres concretos? ¿Con las personas de carne y hueso con las que día a día tenía que tratar? ¿Se trataría en definitiva de una cuestión de reciclaje para poder asumir nuevos tiempos?

Y con esa idea de que la tentación de encarnarse era voluntad del Supremo, Amartelo se sintió más fuerte y decidido: probaría  de dar el gran salto. Debía intentarlo ya y debía hacerlo con Alejandro. Sí, con Alejandro. No sabía qué tendría este ser de especial. Pero, con la misma lógica de darle valor a la constatación de los hechos, consideró que la atracción magnética y enigmática que sentía hacia él suponía suficiente motivo para seleccionarlo. Alejandro le abriría las puertas de la humanidad entera y a través de él viviría en carne propia el asombro, la incertidumbre, la soledad, el miedo, la esperanza…

Una vez tomada la decisión en firme, Amartelo  se sintió bullir de ganas de que todo empezase. Qué fantástico sería vivir con Alejandro la independencia absoluta. Sí, ese era el camino… Aceptaría cualquier destino para los dos y se asomarían juntos a los misteriosos destinos. Juntos, en cada aquí y en cada ahora, buscarían los equilibrios ideales para la acción solitaria. Los equilibrios entre la necesidad, el deseo, la libertad y la responsabilidad.  Juntos se asomarían al mirador de proa y otearían los horizontes desconocidos intentando adivinar las rutas favorables a la plenitud, evitando los peligros innecesarios. ¡Vivir la existencia desde un solo cuerpo, desde una forma carnal concreta que muta a cada instante! ¡Qué alucine! Una mirada solitaria, minúscula y cambiante ante la inmensidad... ¡Qué fabulosa incursión reclamaba paso! ¡Qué extraño que no se le hubiese ocurrido antes esa idea de encarnarse en un humano! 

Pero aun habiendo tomado la decisión y sintiéndose bullir de ganas de que todo empezase, Amartelo no llegaba a dar luz verde al arranque de la gran operación. Sencillamente porque no llegaba a encontrar  una confluencia astral favorable y, sobre todo, porque no sabía muy bien cómo hacerlo. Ese era el gran problema, que aunque hasta la fecha había colonizado con su mijtil a infinidad de humanos, nunca antes se había encarnado en uno de ellos y, por tanto, no tenía demasiado claro ningún posible procedimiento. Así de sencillo, como ser encarnable no tenía ninguna experiencia y debería por tanto, ponerse tranquilo y estudiar el asunto.

Reflexionaba sobre ello lo que podía y más, pero sin buenos resultados. Eso de reflexionar, en general, no resulta nada fácil para una fuerza de naturaleza arquetípica como Amartelo, que como se sabe, pensar, lo que se dice pensar, las fuerzas arquetípicas no piensan; más bien perciben voluntades e impulsos esenciales que les acuden o sacuden desde cualquier lugar del infinito y las empujan  a discriminar y escoger. Es este el motivo por el que cuando sienten una inquietud, las fuerzas arquetípicas prefieren “sentarse a esperar” a que llegue la respuesta y sólo en casos extremos se inclinan hacia la reflexión activa.

Y éste, precisamente, ya empezaba a ser un caso extremo porque Amartelo no podía “esperar”, pues podría pasar el tiempo de la oportunidad. Para avanzar, necesitaba encontrar ya respuestas para dos preguntas básicas: Cómo conciliar la acción del Amartelo arquetípico, inductor y manipulador, con la del humanizado Amartelo actor y, en caso de desearlo, cómo realizar la consustanciación dejando a la vez la puerta abierta al posible retorno  al nivel de fuerza arquetípica. 

La tardanza en el encuentro de soluciones llegaron a ponerle un punto ansioso, pero, como era de esperar, no le traicionó su fe en que este camino era un camino de promisión. Así, finalmente, creyó haber recibido suficiente iluminación para responder a las dos preguntas. La respuesta correcta  a la primera pregunta sería: renunciar a la función manipuladora. Sí. Sólo así podría no manipularse a sí mismo en el momento de humanizarse. Sí, simple cuestión de ser coherente con la decisión tomada.

En cuanto a  la segunda pregunta, la técnicamente significativa, la respuesta le llegaría de mano de la enfermera, o mejor dicho, la enfermera abriría la puerta con la respuesta en las manos: concentraría su propia esencia en el interior de la jeringuilla que portaba la sanitaria y después penetraría, como si de un simple fármaco se tratase, a través de las venas hacia el interior… Si lo lograba, no debería ser difícil retomar el puente de vuelta mediante algún proceso inverso en cuanto lo desease. Pero bueno, esto último ya tendría tiempo para acabar de concretarlo. ¡Qué emoción tan brutal! Ya no quedaba nada por resolver. ¡Dentro de muy poco sus conocimientos se nutrirían desde la propia experiencia! ¡Ser humano! ¡Único e irrepetible! ¡La vida reducida a un solo hilo de emociones y pensamientos! ¡Alucinante! 

Ya no perdió ni un instante más y se lanzó sobre su presa como un ave rapaz.  A partir de este momento, todo sucedió con fulminante precisión. En pocos instantes Amartelo recorrió multitud de conductos, nutrió células, hiló emociones, destiló pensamientos… ¡Fue un subyacente Alejandro! 

 

- ¡Qué extrañas dimensiones adquieren de golpe las órbitas oculares de este paciente! -pensó la enfermera-

 

Así que le preguntó a Alejandro:

 

-  Cariño… ¿Qué tal se encuentra? 

- ¿Me encuentro? ¿Dónde me encuentro? ¿Quién cuentra conmigo? ¿Nosotros contramos o no? ¿Saben mis hermanos que estoy aquí?… ¡Tengo sssed! ¡Ayyyyy que gustazo! ¡Lalálaá!  ¡Enfermera, más de eso! –respondió Alejandro a pleno volumen, casi vociferando. 

-¡Tranquilo, tranquilo…! -dijo la de blanco saliendo de la habitación apresuradamente y apresuradamente retornando escoltada por una clónica armada, también ésta, de jeringuilla.

 

Si Alejandro hubiera estado entero, sin duda se habría sorprendido de cómo alguien era capaz de volver, acompañado, casi antes de haberse ido en solitario. Pero, como vemos, Alejandro continuaba en esos momentos perdido en su delirio. Incapaz de escaparse de sus alterados mundos internos desde los que brotaban palabras incoherentes que al lograr alcanzar la superficie del verbo trotaban sobre movimientos desbocados. Tanto debió de ser así, que la enfermera auxiliar preguntó, mientras le inyectaba una nueva dosis de tranquilizante, si no deberían de sujetarlo a las barras de la cama. Pero mientras las dos enfermeras dudaban Alejandro se calmó de golpe y en segundos empezó a roncar.  Las dos enfermeras se miraron entonces en silencio interrogativamente. Percibían algo extraño pero no sabían qué. ¡Ay! Pobrecillas. Qué lejos estaban de saber que acababan de contemplar el momento mágico e insólito en que una fuerza arquetípica había procedido a fundirse con un humilde humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La espera

 

 

 

 

 

Los días del hospital se quedaron atrás. No así las zapatillas, el pijama, la bata, el rostro lastimero, los suspiros, las huellas perdidas…  

Con su mujer no había palabras. Tan sólo, de tanto en tanto, gestos borrosos, miradas huidizas, algún sonido con vocación monosilábica… Y siempre, de fondo, la llamada permanente de la deuda a liquidar. Sabía que pronto tendría que hablarle. La tensión elíptica se tocaba. No podría esperar mucho más. No debía hacerlo. Pero sentía un profundo miedo. Podía percibir el amenazador rompiente de la costa de su alma en horas bajas.  Las escabrosas aristas perfilándose multiformes y ansiosas a la espera del inevitable náufrago.

 Sin duda el tipo de energía que rezumaba Alejandro estaba siendo captada por su mujer y ella de alguna manera sabía de qué se trataba.  Era la energía estremecida del que sabe que muy pronto se romperá, con desazón y pena infinita, una relación profunda y duradera. Cuántos recuerdos, cuántos proyectos rotos, cuánta inseguridad, cuánto dolor del alma…

 

Una tarde cualquiera de uno de aquellos días, estando Ana ausente, Alejandro deambulaba una vez más por la casa que un día lejano se concibió cargada de ilusiones. La casa ahora enmohecida y autista. De la cama al sofá, del sofá a los cacahuetes, de los cacahuetes al sofá, del sofá al cuarto de baño, del cuarto de baño al vaso de agua, del vaso de agua a la cama, de la cama al sofá, del sofá a la tele, de la tele a las revistas, de las revistas a la ventana principal, de la ventana principal al horizonte, del horizonte a la gente de la acera, de la acera a la cama, de la cama al sofá, del sofá al sueño, del sueño al cuarto de baño, del cuarto de baño a la cama, de la cama al sofá, del sofá a la nada, de la nada a las revistas… 

Se insinuaba el crepúsculo cuando dejó en su lugar la revista en la que acababa de releer el reportaje sobre las momificaciones egipcias. En la estantería vecina, Ana había ido creando una pequeña sección de libros más o menos esotéricos y ello no dejaba de ser curioso porque siendo ella una mujer con los pies muy en tierra combinaba, sin embargo, esa cualidad con la de la búsqueda espiritual alternativa. Allí, en aquella estantería, por sus dimensiones, sobresalía un libro que alguna vez había visto ojear a su mujer y que ahora, tal vez porque a un rayito de sol le había dado por iluminar el título, le capturó la atención.

Su título era “I Ching, el libro de las mutaciones”.  Abrió azarosamente… En la página 105, tras el último párrafo de "la espera", un ideograma, indescifrable para él, le abría algo así como a un capítulo que inmediatamente le atrajo: "Sung/el conflicto (el pleito)". Aquel epígrafe voló como una flecha contra su silencio. Notó el impacto contundente. Distinguió las vibraciones del golpe creando ondas solitarias sobre la oscura superficie de su denso corazón… Volvió a cerrar mecánicamente el libro.  Lo dejó en su lugar y nuevamente escaló la abúlica cuesta que le separaba del sofá. Sabía que volvería a abrir aquel libro misterioso antes que después y con este sentimiento se dejó absorber una vez más por la gravedad del ensueño que le protegía, por el momento, de cualquier mundo...  

Con poca variedad, siguieron pasando las horas y los días, encadenadas y encadenantes, sin que la niebla interior hiciera el mínimo esfuerzo por disiparse y permitir la explosión de la tormenta anunciada. Más allá, pocas preocupaciones  significativas se presentaban. Una recurrente era su trabajo: ¿En qué situación estaba...? Se preguntaba  de tanto en tanto e inmediatamente permanecía unos instantes con la mente en blanco y el corazón encogido. Ausente y desorientado. Pero esa desorientación apenas duraba, pues inmediatamente recordaba que su mujer era extraordinariamente formal, como él mismo lo había sido durante tantos años, y, por tanto, ya se habría encargado eficazmente de realizar todas las gestiones necesarias para informar a la empresa sobre la situación de su marido y aportar las bajas oficiales… Y Alejandro se acababa de quedar tranquilo al rememorar que Ana le había comentado algo sobre los “deseos de pronta recuperación” que le habían transmitido sus compañeros. De todas formas, estas pequeñas zozobras  sólo se zanjaban cuando alguna voz interior decía “bueno, le volveré a preguntar sobre el tema”.

Otra inquietud, no menos recurrente, provenía del sentimiento de que por ahí afuera el mundo se andaba enrareciendo cada día un poco más… Preocupación sorprendente si se tiene en consideración el estado psíquico y anímico que esos días atrapaba a Alejandro. Estado que implicaba un máximo desinterés hacia la actualidad informativa. 

Pero ¿Y Amartelo, el encarnado ?  ¿Qué sabemos de él?  Es difícil explicarlo. Muy difícil. ¿Cómo se puede sentir la minúscula pincelada sobre el lienzo persiguiendo la pintura máxima, el gran cuadro eternamente inconcluible?  

Amartelo, por una parte, percibía la enorme importancia de lo diminuto. La responsabilidad del movimiento preciso en el tiempo y en el espacio. Y ese sentimiento le hacía sentirse testigo indispensable del mundo a la vez que protagonista heroico y triunfal. Era maravillosa esa potencialidad humana de poder mejorar con sus acciones el mundo que les había tocado en suerte. Fuera cual fuera el papel de cada cual, ahí estaba siempre la maravilla de poder elevar la belleza y la positividad del mundo de las formas. Pero por otra parte, Amartelo, se sentía muy limitado y concreto. A menudo, el mundo de las pequeñas intervenciones le sabía a poco y sentía como las ondas del pensamiento le arrastraban de un sitio para otro. Y más allá de estos sentimientos contrapuestos tenía que andarse con mucho cuidado para no inmiscuirse involuntariamente en los procesos de Alejandro o, al revés, para que la visión del mundo de Alejandro no le condicionara. Era tiempo para cultivar la prudencia.

Sin embargo, sobre esto último podemos adelantar que en muy poco tiempo, mucho menos de lo previsible, Amartelo se sentiría seguro y comprobaría con satisfacción que podía captar las inquietudes y cavilaciones de Alejandro sin afectarse. Por ejemplo, no le afectaría en absoluto la citada inquietud de Alejandro sobre la marcha del mundo. Amartelo tendría muy claro que desde que el mundo es mundo, la crueldad, el dolor y la muerte siempre habían campado a sus anchas. Siempre había habido épocas más tensas que otras y él, Amartelo, tenía fe absoluta, como todas la fuerzas arquetípicas, en el sentido profundo de la creación. Para éstas, el plan divino contemplaba la necesidad de que la especie humana trabajase en fangos tales como  la estupidez, el odio, el dolor y la muerte, al objeto de libar un espíritu progresivamente superior. Probablemente, si no se autoinmolaba antes, la especie humana volvería a mutar, como tantas otras veces ya lo había hecho antes, para poder acceder a destinos colectivos superiores. Visto así, todo lo malévolo y nocivo de este mundo no dejaba de ser más que un colador depurativo.

Además, era evidente  que todo ese caos de los humanos no era culpa suya si de culpas hubiera que hablar.  ¡Él no era el autor del plan cósmico, sólo era un “nivel tres”! Una potencia integrante de la unión arquetípica  Amor Global. Unión partícipe, a su vez, de la Confabulación Magnética. No se subvaloraba no, pero sus compromisos con el devenir de los humanos eran los propios de una potencia arquetípica especializada,  siempre a disposición de cualquiera de las veinticuatro Confabulaciones Superiores que pudiera solicitar sus servicios. Y bien cierto era que con alguna de ellas, como era el caso de la Confabulación  Superior Renovación, mantenía desde siempre un trato de lo más entrañable. Incontables eran los trabajos que habían desarrollado en sintonía e impecable clima de camaradería, sin que la relación jerárquica entre una y otra hubiera supuesto obstáculo alguno. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El terror y la huida

 

 

 

 

 

Pese a las dificultades iniciales, sería razonable pensar que Amartelo acabaría consolidando  exitosamente su proyecto colonizador, sin embargo, con el paso de los días las cosas no parecían tan claras pues empezaron a entrar en juego aprendizajes críticos. Y ningún aprendizaje más crítico que precisamente ese: el que tenía que ver con el propio paso de los días, el paso del tiempo humano. La vivenciación subjetiva de los instantes. ¡Qué terrible experiencia para una fuerza arquetípica acostumbrada a vivir en el eterno presente intemporal tener que vivir como un humilde mortal, siempre en espera de algo o condicionado por experiencias pasadas! Se sorprendía Amartelo de no haberse dado cuenta desde el primer momento de lo tremendo que podía ser para las personas vivir una vida en la que el presente está sometido a un pasado que ya no existe, salvo como recuerdo actualizado,  pero ya subjetivo, de lo que realmente sucedió. Y a un futuro que tampoco existe nunca, salvo como idea cambiante de lo que está por venir. En definitiva, la dificultad de vivir una vida  a la que sólo se puede acceder desde el presente  y a la que sin embargo se intenta acceder desde tiempos inexistententes.

Aunque cierto era que se daban excepciones. Sabía Amartelo de esos casos en que individuos o colectivos eran capaces de escaparse de ese “presente ausente” y vivir su aquí y ahora. Casos tales como las que se podían encontrar entre los niños o en comunidades humanas determinadas o, también, entre aquellos seres “normales” que pasan por momentos muy especiales como, por ejemplo, estados puntualmente exitosos originados por el consumo de alcohol o drogas, ciertos estados provocados por prácticas de contemplación o meditación, o también,  estados derivados del delirio amoroso, el estallido creativo o las vivencias físicas extremas.

Otro aprendizaje crítico resultaba de la experiencia corporal. Le empezaba a resultar demasiado incómoda aquella cárcel carnal. Le parecía  patético que sucesos nimios como el de darse un simple golpecito con el canto de una campana de cocina pudieran causar tanto dolor. Sí, ya no soportaba el mínimo dolor. Cualquier nimio contratiempo a ese nivel  lo alocaba hasta el punto de no poder dar crédito de la pérdida de sus propios atributos como fuerza supraterráquea oriunda de las antípodas mentales.

Así pues, y a resultas de esos dos duros aprendizajes,  la ausencia del presente y el dolor corporal, empezaron a manifestársele diferentes síntomas. A veces perdía largamente la conciencia de sí mismo o a veces experimentaba un infinito sentimiento de desliz, caída y falta; un sentimiento de irresponsabilidad con las obligaciones que eternalmente se le habían encomendado.

Esa era la realidad, insignificancia del cuerpo mortal y terrible ausencia de la luz del presente en los procesos mentales.

Y para más INRI, tener que enfrentarse continuamente a situaciones que no dependen de la propia voluntad.

Precisamente un inmenso ejemplo de ese  sometimiento de lo interno a lo externo estaba a punto de suceder. En un día de aquellos, a primeras horas de la tarde, cuando ambos dormitaban frente a la televisión encendida, acaeció algo extremadamente importante. Un presentador de telenoticias comunicó atónito que una torre neoyorquina había sufrido el impacto terrible de un avión. Las imagines mostraban a una de aquellas torres, a las que más tarde escucharía llamar “gemelas”, convertida en fenomenal pebetero.

 

-“Ahí debe estar muriendo mucha gente” -musitó pasmado Alejandro-.

 

 Efectivamente, pequeñas figuritas de seres humanos se precipitaban al abismo desde las plantas superiores de una de las torres huyendo del fuego, en caída lenta, interminable. Alejandro no daba crédito a lo que veía. El teléfono comenzó a sonar, pero no lo cogió. Sintió un asombro indescriptible. Sorpresa, fascinación y una moralmente embarazosa sensación de alivio interno, como si le acabasen de quitar de su piel y, extensivamente, de la del planeta, una enorme astilla... No, no era capaz de asumir el dramatismo que se escondía tras esa dantesca escenografía. Como si la gente que veía morir no fueran más que extras de una superproducción.  No conseguía todavía interiorizar que aquellas personas tenían nombres, sentimientos... Humanos como él que en esos momentos se enfrentaban a la última soledad, al terror, al absurdo y a la muerte.

A lo más que llegaba Alejandro era a conjeturar incrédulo sobre la experiencia de los últimos momentos de aquella gente en el caso de que  lo que parecía suceder  estuviese realmente sucediendo ¿Qué pasaría por las cabecitas de esa gentes en esos instantes eternos en que toda una humanidad les contemplaba? ¿Qué hacían hace quince minutos? ¿Se lavaban los dientes? ¿Hablaban por el móvil? ¿Recordaban la cita del pediatra de sus hijos?  Quizás alguna secretaria acababa de imprimir importantes documentos mientras se arreglaba las uñas con la cabeza en ninguna parte en especial... 

 Y en aquellas estaba Alejandro, lanzando preguntas al silencio más allá de su corazón, cuando  un nuevo avión se estrelló contra la otra torre gemela.

 

-¡La otra!... “Ahí debe estar muriendo muchísima gente” - se repitió Alejandro- mientras el excitado periodista afilaba la palabra “atentado”.

 

A la fuerza espabilado, le dio al “zapping”. Casi todas las cadenas repetían las mismas imágenes. Alejandro entrevió el inicio de un mundo diferente. Sin duda estaba contemplando un gran parto, un parto terrible que Dios sabría cuántos años podría durar y cuántos horrores podría conllevar... Seguro que esas densas polvaredas que perseguían a los ciudadanos del hormiguero neoyorquino, no se detendrían ahí. Llegarían tarde o temprano a todos los rincones del planeta. Sí, también a él podría atraparle esa adherencia letal. Pronto llegarían las venganzas, las mentiras, los desvaríos colectivos, los riesgos incontrolables y el incesante correr de la sangre inocente.

Llegados aquí Alejandro se desconcertó ante el cariz de sus propios pensamientos. ¿Cómo podía estar recapacitando en esos términos y tan fríamente? ¿Qué sabía él realmente del curso que habrían de tomar las cosas? ¿Por qué tenía esa certeza premonitoria que le llevaba a asustarse del futuro? ¿Por qué no era capaz de anteponer en ese momento sentimientos de compasión profunda por las víctimas en vez de dejarse arrastrar por elucubraciones  de dudoso fundamento?

Apagó la televisión y su mirada buscó el horizonte a través de la ventana. De nuevo empezó a cavilar y ahora un yo profundo le confirmaba que era cierto que se iniciaba una época extremadamente oscura pero que sólo sería por un tiempo. Un largo tiempo quizás… Años, décadas… Tras el cual llegaría tarde o temprano una positiva nueva era para la humanidad.  Se preguntó por qué en un primer momento había tenido aquel sentimiento de liberación, pero no tenía respuestas y no tenerlas le causaba pesadumbre. Necesitó entonces recordar que él era una persona de respuestas lentas. Ya vivió la muerte de su padre como un espectador que sabía que solo el paso del tiempo le abriría a la pena purificadora. Por favor, necesitaba ahora que la pena llegase, liberarse de aquel sentimiento tan espontáneo como inhumano. No quería sentir esa culpa. Sólo la pena sincera y la compasión podrían librarle de la mínima sospecha interior de complacencia en el magnicidio. Pero tampoco podía dejar de olfatear a los otros magnicidas, los señores oscuros del orden mundial que persiguiendo sus inconfesables intereses día a día consolidaban y extendían sobre la Tierra el terror estructural a través de sus títeres demoniacos. Finalmente Alejandro se preguntó sobre quién sacaría provecho de estas muertes y si realmente todo lo que parecía que era, era lo que realmente era. 

Si Alejandro hubiese acudido esos días al trabajo, se hubiera tranquilizado en parte al comprobar que alguno de los malsanos sentimiento que había sentido en relación con el atentado también lo había experimentado otra mucha gente. Gente normal, gente buena. Una extraña sensación de lamento, pero a la vez de conformada fascinación... Y en parecida dirección habría razonado si hubiese comentado con su mujer el magnicidio, pues ella, mujer desde siempre luchadora y de ideas progresistas, le habría contado como había tenido que serenar a una compañera suya a causa del desconcierto íntimo que a ésta le había producido la inequívoca aceptación del terrible suceso. Ana había recurrido entonces a la fórmula “No te preocupes, es normal. Es una reacción primaria, aunque injustificable, que muchos hemos tenido. Seguramente se produce porque aborrecemos los símbolos de la arrogancia y la soberbia y amamos la humildad y la justicia. Pero al final siempre lamentaremos las muertes de los inocentes y seguiremos luchando para que nadie sea víctima del terror...” 

Y pese a su grandiosa aparatosidad, también el magnicidio se fue quedando atrás, como cualquier otro suceso terrícola grande o pequeño. Al final, y como siempre, los días insistían en desfilar como vagones vacíos... Cualquiera de ellos como una imitación  del anterior y un fiel anticipo del siguiente. Tal vez la vida se habría rayado en algún punto fantasma del recorrido.

Así que cuando una mañana cualquiera su mujer lo empujó de aquel tren espectral con un sorpresivo y enérgico “¡Basta, Alejandro: Tenemos que hablar!”, él se vio cayendo de bruces contra el andén de un desconocido presente, paralelo y diferente. En ese andén resplandecían rótulos luminosos en los que se podía leer: “Para conseguir el aire y la luz, necesitas deseo, valor y fe”. También resplandecía de nuevo el título del punto que él dejó marcado hacía unos días con la cinta roja en “el libro de las mutaciones”: “El conflicto”.

 

-¿Hablar? 

-Sí, hablar, Alejandro. No puedo más. Quiero que vayas al psicólogo. Tu problema es mental, estás como ido. La médica se niega a seguir renovándote la baja. No dices nada, solo das vueltas por la casa.  No te lavas. No me ayudas. No haces nada. Estoy cansada de verte así. Harta. Ya no sé quién eres, no sé que puedo hacer… De verdad… No puedo más… Por favor, busca ayuda. Ni tú ni yo podemos seguir así. Me han recomendado un psicólogo… 

¿Hablar? ¿Hablar con un psicólogo? Qué podría preguntarle. Cómo podría contestarle. No había nada que contarle a un desconocido. No quería que ningún humano le ayudase. No quería que nadie le devolviese a su cordura cotidiana…

 

-No iré - le contestó al fin-.  

-Si no vas, tendré que ir yo - le respondió ella. Si tú no te quieres ayudar, yo no te puedo ayudar. Alejandro, me estás volviendo loca, por favor, reacciona.

 

Alejandro la miró durante unos instantes, perdido en algún punto del horizonte interior que Ana le ofrecía desde sus ojos tristes. Y al cabo reaccionó. Al fin, reaccionó…

Tambaleándose se puso en pie. Todo le daba vueltas. Los oídos le zumbaban despiadadamente. Tanteaba a ciegas en el aire en busca de un interruptor capaz de apagar el pánico del que no sabe si justo ahora se está suicidando por orgullo y miedo. El orgullo intuitivo de creer que tu vida en descomposición, pese a todo, tiene un sentido que tarde o temprano te será revelado. Y el miedo. El miedo de creer que cualquier posibilidad de protectora vuelta atrás, sólo es posible desde la propia humillación.

 Pero no  encontraba ese interruptor. Sólo un recuerdo le asaltaba dándole fuerza, un fragmento de “Alicia en el país de las maravillas”: El conejo blanco le decía a Alicia que si deseaba salir de allí, bastaba con andar un rato en cualquier dirección...

Y había que salir de allí... Adela lo habría hecho… Ella nunca tiró la toalla. Ella sacrificó su vida entera antes que renunciar. Él tampoco se detendría, aunque no supiese hacia donde iba, porque él tampoco renunciaría nunca ni a la vida ni al amor. Por más veces que cayese, una más se levantaría. No se conformaría con cualquier muerte, sólo aceptaría la muerte verdadera. 

En el armario estaba toda su ropa. Tan bien planchada y colocada como siempre. Eligió unos vaqueros, no los más nuevos, una sudadera y las deportivas. Y sin levantar la mirada de las baldosas del suelo bajó hasta la calle dejando atrás a su abrumada mujer que no acertaba a detenerlo, que seguramente no deseaba detenerlo. Volvió a subir y, sin mirarla, cogió mecánicamente su cartera y se la puso en el bolsillo derecho. Dudó unos segundos mientras miraba las llaves del coche. Sin tocarlas, enfiló de nuevo hacia la escalera, volviendo a superar con un corazón evaporado la frontera de llameante zozobra que ella le ofrecía: el puente abierto al destino.

A la altura del rellano del primer piso necesitó parar y dejar que se abriera paso una profunda inspiración. Visualizó a Ana y acertó en la imagen. Era como si realmente pudiera verla en esos instantes apoyando toda la extensión de su espalda sobre el frío embaldosado de la pared de la cocina.  Entonces sintonizó su respiración con la de ella en inútil intento de incinerar el insondable dolor que compartían.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El vagabundo

 

 

 

 

 

Aproximadamente debían ser las doce del mediodía cuando Alejandro abrió la puerta de la calle. Un mediodía radiante. Las hormigas correteaban frenéticas, las moscan revoloteaban inquietas y pegajosas y los niños giraban especialmente alocados sobre sus pequeñas vidas como peonzas lanzadas por lanzar.  Estaba claro que, a pesar del sol, pronto llovería. Por lo demás todo sabía a conocido. Flujos de gentes yendo de unos sitios hacia otros. Como si realmente fueran a alguna parte, como si realmente vinieran de alguna parte. También él comenzó a andar como si fuese a alguna parte. 

Seguramente Alejandro llevaría caminando varias horas y no precisamente en línea recta cuando reparó en que la ciudad se había quedado pequeña en la distancia y que las piernas le dolían. Decidió, no obstante, continuar y anduvo hasta que le sedujo un banco de piedra de aquella placita de polígono industrial. Ahí permaneció sin pensamientos hasta que el sol empezó a cabecear.  Entonces refrescó de golpe y Alejandro entendió que debía de ir preparando algún tipo de refugio.

 

Frente a las obras de una nave en construcción se amontonaban embalajes. Le servirían para aquella noche. Seleccionó unos cuantos cartones fuertes, grandes y rugosos. Parecían de nevera… ¿Las neveras se embalaban en cartones? Qué más daba… Pues de lo que fuesen. Los arrastró hasta el lugar de la obra donde consideró tendría más protección del relente nocturno y de los posibles avistamientos desde ojos ajenos. Aunque a esas horas ya por allí no circulaba ni un alma. Se tumbó, comprobó la comodidad del apaño y miró al cielo. Como no lo vio, desplazó el lecho hasta un rincón desde el que su mirada podía localizar el lucero vespertino a través de una puerta apuntalada.  Le recordó a su abuelita. Ella le había dicho en la última despedida, siendo él todavía muy niño: “Cuando veas al lucero, yo también lo estaré mirando, así siempre que estés con él sabrás que estamos juntos” Las lágrimas le afloraron a superficie. Las contuvo ¡Cuánto había querido a su abuelita! ¡Todavía la quería!

 

-Buenas noches abuela – Le dijo, mirando reconfortado al astro-. No te preocupes… Se me pasará.

 

Pareciera que la recordada abuelita todavía podía ser fiel a su llamada, pues Alejandro se durmió en instantes cubierto por un cálido velo de celeste ternura. Se abrieron entonces sueños protectores. Sueños sin argumento. Tan sólo dulces tránsitos de imágenes de su infancia: Pan con chocolate, babero escolar, lavadora nueva, casitas hechas de troncos rotos con los amigos en el patio compartido… Y, sobre todo, el mar. El mar. El mar de trasparencias verde esmeralda y mamaíta esperando con la toalla, la ensaladilla y las gaseosas.

Veloz llegó el nuevo amanecer y Amartelo se despertó con las primeras luces. Observó a Alejandro profundamente dormido a pesar del frescor de la madrugada y pensó que era un buen momento para reflexionar un poco y revisar la situación. Lo primero que le vino a su nueva cabeza compartida fue un sabor de vértigo, pues recordó que no había avisado a ninguna fuerza arquetípica de sus intenciones y eso no podía suponer nada bueno. ¿A quién acudiría en caso de necesitar ayuda? ¡Uf!

El siguiente pensamiento que le tanteó le preocupó todavía más. Recordó que había renunciado a su poder de manipulación sobre aquel ser colonizado al creer que era la única posibilidad de no manipularse a sí mismo para poder experimentar la libertad plena.  Pero ¡horror! No había caído en la cuenta de que si no podía manipular a Alejandro se quedaría limitado a ser un parásito de su cuerpo. Un viajero sometido, mero espectador de la vida de otro. Tan sólo podría atestiguar y experimentar las vivencias que Alejandro se diese a sí mismo. ¡Ay, ay, ay…! ¿Cómo podría haber sido tan torpe? Amartelo sintió un profundo vértigo y atisbó que las cosas podían salir realmente mal…

Y buscando respuestas que no llegaban se dejó arrastrar hacia nuevas preguntas: ¿Podría Alejandro superar aquello? ¿Superar lo que se le venía encima? ¿Y qué era lo que se le venía encima? Y si llegara el momento ¿debería dejar morir a Alejandro? O en su caso: ¿Debería procurarle la muerte?

Estas últimas preguntas le parecieron muy importantes ya que saber responderlas supondría tener la llave de la solución de una hipotética crisis final. Así que se centró en ellas, reflexionó, recordó con un cierto sentimiento de culpabilidad que había dejado sin concretar el proceso inverso al que recurriría en caso de tener necesidad de renunciar al cuerpo de Alejandro  y finalmente entendió que, por activa o por pasiva, si llegaba la necesidad, la muerte de Alejandro no sería mala salida. Le sería posible entonces a Amartelo volver a su etérea y global morada. Sin embargo, también comprendió que mejor salida sería, llegado el caso, dejar que Alejandro continuase con su trayecto vital. Simplemente habría que ocasionar un motivo para que le extrajeran un poco de sangre. Ahí podría concentrar su esencia y tal como arribó a su cuerpo, iniciar el proceso inverso de vuelta al más allá…

 

-Entonces, en definitiva, no tienen por qué darse problemas demasiado importantes -se dijo Amartelo a sí mismo-. Ya que si se complica la aventura y, por lo que fuese, no logro realizar un proceso inverso siempre me quedará su muerte como solución.    

 

Y al momento se le ocurrieron un montón de muertes posibles para Alejandro: Insomnio sostenido, voces interiores que enloquecen, vibraciones infrasónicas… 

En estas andaba Amartelo cuando observó como los primeros rayos del sol empezaban a trabajar sobre los cartones que cubrían a Alejandro. Y, en esos momentos, experimentó una gran ternura. Era delicioso sentir la inmensa placidez que los abrazos solares le estaban provocando a su querido colonizado. Era como un bollito de pan que se iba horneando felizmente inmerso en los brazos de su madre. Las piernas se le iban estirando hacia todas sus distancias posibles y los cartones pasaban de manta-colchón a sólo-colchón. Algo feliz empezaba a despuntar. Algo alegre se paladeaba a través de los poros de aquella sucia piel. Por algún motivo, a Amartelo le sedujo esta escena y su proyecto volvió a renovar fuerza.

 

-¡Sorprendentes humanos! -suspiró Amartelo  mientras libaba la cálida candidez del néctar que aquella visión le ofrecía.

 

Al abrir los ojos al día, los primeros pensamientos de Alejandro fueron otros muy diferentes a los de Amartelo. Dos en concreto. El primero se refería a una frase leída algún día: ” Por triste que sea un paisaje, siempre maravilla al despertar” ¿Dónde la había leído? ¿No había sido en el diario de su padre? Sí, podía ser. Al principio de su forzada aventura. Cuando su padre contaba el interminable viaje en tren hacia el frente ruso… El segundo pensamiento se centraba  en responder a una pregunta sencilla: ¿Dónde ir a comer?  

 

-¡Qué hambre!- Se escuchó a sí mismo y empezó a buscar con la vista la mejor solución para el estómago-. 

 

Divisó pronto los enormes rótulos de un supermercado. Era importante ahora entrar ahí… Antes; sacudirse un poco el polvo, frotarse la cara con las palmas de las manos, ararse el cabello con los dedos, quitarse las legañas… Tampoco estaba tan sucio como para despertar sospechas de algo y sabía perfectamente qué hacer para desayunar. Se trataba de coger un carrito e ir llenándolo de cualquier cosa, mientras disimuladamente devoraba algún paquete de galletas y sorbía algún brik de zumo de melocotón con uva. Luego se dejaba el carrito en cualquier parte y se salía por la puerta grande de "sin compra". Sí, hoy se lo llevaría todo puesto. Curiosamente, ni se le pasó por la cabeza la idea de pagar. Lo que no dejaba de resultar extraño si recordamos que él tenía su cartera con dinero en el bolsillo del pantalón. 

Una vez resuelta su hambre matinal se preguntó “¿Adónde ir ahora?” y enseguida una imagen olvidada aprovechó la pregunta para adelantarse a primer plano. Se trataba de una ilustración interior de un libro que su hermana mayor, religiosa, le había regalado con motivo de su cuarenta cumpleaños, no se sabe con qué secreta esperanza. Una obra de San Juan de la Cruz… Y en el pie de dicha ilustración se hallaban los versos que se le habían medio grabado en la memoria. Intentó recordar…

 

- “Para ir adonde no sabes has de ir por donde no sabes”. No, no… Espera.  Era diferente. “Para venir a lo que no posees has de ir por donde no posees. Para venir a lo que no eres has de ir por donde no eres”. Eso era.

  

-Sí, así lo haré -se dijo-. Cualquier dirección será buena. Bastará estar donde esté y elegir cada nuevo paso desde el camino que siempre tendré bajo mis pies. Siendo nadie y teniendo nada, iré a ninguna parte. Jaja. Sí, eso haré. Será como nacer en cada instante.

 

Entonces Alejandro empezó a andar y Amartelo se dejó llevar tan expectante como encandilado. Cada vez le caía mejor este Alejandro suyo. Sentía que su corazón era muy acogedor a pesar de las turbulencias por las que ahora transitaba. Su ambiente era liviano y refrescante con un punto de cálido burbujeo. También le gustaban a Amartelo, a pesar de quejarse de las limitaciones corporales, las sensaciones musculares que el cuerpo de Alejandro le ofrecía y, en general, también disfrutaba mucho con las sensaciones respiratorias. Seguramente, pensó, Alejandro no es consciente de la delicadeza de sus espiraciones e inspiraciones cuando se relaja.

Por otra parte cada vez valoraba más Amartelo las características físicas de Alejandro. El cuerpo fibroso de armónicas proporciones; la piel naturalmente bronceada; la cabeza apolínea; el cabello moreno, algo ondulado y canoso; los grandes ojos claros, entre pardos y esmeraldas; la rotunda nariz griega; los labios sensuales y bien perfilados… Realmente, pensando en modelos humanos, aquel tipo era muy hermoso.

 

Pero en la experimentación  del ser corporal, Amartelo encontraba otros muchos centros de interés más allá de la constatación de la belleza. Por ejemplo, le hacía muchísima gracia el uso de las extremidades superiores y, más aún, el de las inferiores. ¡Qué curioso era eso de ser hombre y tener que desplazarse jugando con la mecánica de las piernas! Y hablando de piernas… ¿Qué nombre les pondría a aquellas dos que eran ya también las suyas…? La izquierda se llamaría Luz y la derecha tendría nombre de varón: Liberto. A ninguna parte iría la una sin el otro. Luz y Liberto.

También se entretenía Amartelo en apreciar las características del resto del cuerpo humano. Estimaba como muy importante el familiarizarse con las percepciones orgánicas y sensoriales. Lo de la lengua era muy curioso… Bueno, la verdad es que a todo le encontraba su qué. Las narices, las orejas, las uñas…

Y lo de los sentidos era un verdadero patrimonio…Ver, oír, olfatear…

Repasaba, a veces durante horas, los procesos físicos, anímicos y mentales. A ver: Defecar sólidos, defecar viscoso, retener la orina, aflojar la vejiga urinaria, soltarse pedorretas o pedos a conciencia y profundidad, ensalivar, pasarse la punta de la lengua por el contorno de los dientes, morderse los labios, chuparse los dedos, morderse las uñas, apretar los puños, sentir bajo el culo la presión plana y húmeda de los bancos de piedra al amanecer,  atragantarse, comerse los mocos discretamente, frotarse las manos congeladas…

Lo que todavía no había podido apreciar en toda su dimensión era lo del aparato reproductor masculino, aunque, como ya se ha dicho, con el pene ya había tenido tiempo de experimentar lo del orinar. Valoraba que el pene era tremendamente gracioso y muy práctico en su concepción  ¡Cómo se encogía o se desplegaba!  Aunque, la verdad,  por las mañanas, cuando Alejandro se despertaba, le incomodaba un poco que se pusiera tan tieso. Se hacía difícil controlar la dirección de la orina y atinar en la cavidad del inodoro sin salpicar la tapa del váter y las baldosas adyacentes. Menos mal que cuando lo hacía por algún descampado ya uno se podía despreocupar de la dirección.

Así que lo que es una experiencia sexual… pues todavía no. A veces, Alejandro se toqueteaba un poco, pero como inconscientemente. Aquello le daba su punto de gustito efímero, pero no iba más allá. “En fin, todo llegará”, acababa reflexionando Amartelo.

Pero todo, lo que se dice todo, no llegaría... Pues pronto descubriría Amartelo, tras una de sus largas reflexiones, que no podría experimentarse como mujer desde el cuerpo de un hombre. Para ello debería encarnarse en el cuerpo de una de ellas. Ni tampoco podría correr como un corredor, ni sentir el sobrepeso de un hombre gordo, ni los dolores de muelas de cada humano, ni las humillaciones de una esclava sexual, ni la desesperación del surfista atacado por un tiburón, ni la ansiedad del opositor, ni el desespero en las pateras… Necesitaría, para ello, repetir la experiencia de encarnación en todos y cada uno de los humanos y humanas y eso, evidentemente, estaba prohibitivamente lejos de sus posibilidades.

Efectivamente. Comprendería pronto Amartelo que al manifestarse la vida en cada ser concreto, no podría haber manera de experimentar las vivencias de las infinitas formas realizadas en cada instante a lo largo de todos los tiempos; los actuales, los habidos y los por haber. Ya en el mundo de los humanos o en cualquier otro. Entonces sólo veía una posibilidad para la experiencia máxima: la experiencia del “sólo Uno subyacente a todas las formas creadas”. Eso es. Por muy potencia arquetípica que él fuera, por mucha capacidad de encarnación en un humano concreto que él consiguiese, nunca lograría más que eso: experiencias limitadas. Sólo para el Gran Misterio sería posible el poder experimentar con todas las formas de la creación… Incluida la suya y las de su clase: las fuerzas arquetípicas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tener a donde ir

 

 

 

 

 

Cuando das un paso tras otro, consciente y tranquilo, puedes experimentar considerable libertad. Giro aquí. Me detengo allá. Acelero. Me paro. Me paro y miro al cielo. Me paro, miro al cielo y luego a la señora que se asoma curiosa. Pongo mi centro andariego en los genitales y que ellos estiren del resto. Inspiro profundamente y luego me vacío. Levanto más las rodillas haciendo que los pies se muevan divertidos como si fueran los de Pinocho. Subo esas escaleras. Las bajo. Las salto. Corro un poco. Convierto las plantas de los pies en dos balancines que me columpian alternativos a cada paso. Me descalzo. Me calzo. Me vuelvo a descalzar y chapoteo en un charco. Me los seco con la camiseta y me voy a repetir la operación “chapoteo” a la orilla de la alguna playa. Ando y ando, despacito pero sin pausa reflexionando sobre lo que veo, sobre lo que no veo, sobre lo que debería ver y sobre lo que no debería ver... Sí, realmente: ¡Nada más libre que andar! ¡Nada más pleno! ¡Andar es libertad! ¡Andar es plenitud! 

Pensamientos así rumiaba Alejandro mientras circulaba un día tras otro ahondando en las inagotables experiencias inherentes al hecho de caminar. Luego, por las noches, vacío y naturalmente cansado, se desparramaba en alguno de los sombríos rincones de los parques del centro antiguo, a los que siempre acababa por volver.

Cada vez con mayor frecuencia complementaba su experiencia andariega con la de una particular forma de quietud. Por la mañana y después de haber masticado cualquier cosa, se acurrucaba, siempre en rincones de lugares transitados y reflexionaba sobre el andar de las gentes. Prácticamente se trataba de uno de los momentos más felices. Cuando sintiéndose invisible observaba contraído y agazapado a la concurrencia. Entonces se sentía afortunado, no yendo a ninguna parte y tan capaz de contemplar los cuerpos que se desplazaban entre los marcos de su mirada. Desde luego no se podía quejar pues  había cuerpos de todos los tipos, de todas las edades, de todos los colores, de todos los problemas, de todas las inquietudes, de todas las prisas, de todos los horarios, de todas las miserias, de todos los sueños, de todas las velocidades, de todos los pesos, de todas las ternuras, de todos los odios, de todos los fríos, de todos los calores, de todas las torpezas, de todas las elegancias, de todas las pobrezas, de todas las ambiciones, de todas las arquitecturas, de todas las carnes, de todos los miedos, de todas las heroicidades, de todas las alegrías, de todos los llantos, de todos los oficios, de todas las esperanzas, de todas las historias, de todas las ideologías, de todas las religiones, de todos los olvidos, de todas las plenitudes, de todas las mitologías personales, de todas las penas, de todas las partes, de todos los demonios, de todos los ángeles… 

Tras semanas, o quizás meses, de rutinas peregrino-contemplativas. En una de esas sesiones de observador invisible y feliz, estando sentado con las piernas entrecruzadas en el primer escalón de piedra de una fuente pública, estiró el brazo para alcanzar un vasito de plástico rojo que le llamó la atención. En el preciso momento de coger el vaso una pequeña moneda encestó en él… Sin duda alguien le había confundido con un mendigo. Efectivamente, al levantar la mirada, sobresaltado se encontró con los ojos risueños de una joven turista que le sonreía y que lo dejó de hacer al instante al comprobar la expresión confusa y ofendida que Alejandro le devolvía.

Aquel hecho casual y comprensible, pudiera haber pasado como una anécdota sin más. Incluso una anécdota para recordar con una sonrisa en los labios. Pero, sin embargo, tuvo un efecto fulminante sobre Alejandro. Fue como si de alguna manera le hubieran dicho “sí, algunos te vemos, no eres invisible, y nos pareces un pobre mendigo miserable digno de compasión”. Y no le gustó nada a Alejandro el sentir que podía despertar esa percepción en los demás. Algo importante había hecho crujir aquella moneda generosa en su interior. Se levantó y caminó hasta encontrar el primer escaparate de una calle vecina. Ahí buscó su reflejo y al encontrarlo se vio sollozar silenciosamente. Un dolor se expandía aceleradamente desde lo más profundo de su ser. No tenía pasado, no tenía futuro. Nadie le esperaba… Pero ¿No era eso justamente lo que deseaba hacer? Entonces... ¿Por qué ahora ese desánimo? ¿Por qué le había dolido el ser confundido con un mendigo? ¡Qué absurdo padecimiento éste! ¿Eso debía ser un problema para él? No ¿Verdad? Recordó que él era libre y tenía un compromiso con el ahora. Así que si deseaba un nuevo cambio, tan solo tenía que desearlo y cambiar de destino en el próximo paso. No hacía falta entonces ponerse dramático.

Respiró profundamente, cerró de un golpe la puerta a los lamentos y se estiró arqueándose desde las puntas de los pies a los dedos de las manos. Por unos instantes se quedó quieto en esta posición dejando que una respiración superficial y tranquila le abriera la panza al universo. Entonces recordó que acababa de cumplir cuarenta años y creyó que era tiempo de reinventarse su vida. El tiempo de naufragio, más o menos contemplativo, había sido necesario, lo tuvo claro, pero era ya tiempo de cambio. Pensó de nuevo en la joven turista que le había echado la moneda y la visualizó ahora sin rechazo, como si de un ángel se tratara  que oportunamente se le hubiera aparecido para ayudarle a desatascar. Oteó a continuación sobre las cabezas de la gente buscando la vela que pudiera rescatarle del aislamiento y la soledad y llevarle de nuevo hasta las protectoras arenas del yo soy tal. Sí, eso es lo que ahora deseaba tras el paso del ángel y la expandida respiración de pancha. Se imponía desde ya, el dejar atrás al don nadie que en plenitud caminaba hacia ninguna parte y, siguiendo la llamada interior, se encaminó hacia un hostal próximo, en plena plaza de España. No sería necesario seguir oteando a la espera de velas salvadoras. Se dijo que el mismo sería su propia vela de rescate.

Nada más cerrar la habitación, lo primero fue la ducha. 

La esponja frotó suave pero decidida sobre todas las superficies de su humanidad. Ya se le había olvidado esa sensación tan agradable. Miró el desagüe: un remolino de líquida negrura se dejaba atraer desde el centro del mundo. No le gustó la imagen de un planeta cuyo centro atesorase los inmundos residuos provenientes de todos los desagües. Así que se imaginó un centro más puro, de luz celeste y dorada. Ese sería un centro digno en el que la miseria, la ignorancia y la inmundicia no tendrían cabida. Pareciera como si estas casuales representaciones cerebrales le devolvieran un poco de luz. Pareciera que realmente en su plexo solar naciese expansiva y decidida una lucecilla tan celeste como dorada, prodigiosamente pura… Como la que había imaginado para el centro de la tierra. Siguió frotándose y pensó en las dificultades que le habían puesto en recepción ¡Cómo le habían mirado! ¡Cómo le habían hecho rescatar su cartera de bolsillo y buscar ese carné de identidad!  ¡Y cómo le habían obligado a abonar por anticipado el pago de la noche!  Había desparramado entonces sobre la mesa de recepción sus dos tarjetas de crédito, fotos de su mujer, un par de tickets de compra, el carné de fidelización del supermercado de su barrio y cuatro billetes de cincuenta euros    -cuyo valor no tenía demasiado claro pues Alejandro todavía contaba en pesetas- ¡Qué cara de sorpresa entonces la del recepcionista! 

Y es que, como sabemos, a pesar de su rodante vida y su apariencia, él no era un pobre. Es verdad que nunca había tenido ingresos boyantes pero sí los suficientes y siempre se había caracterizado por su espíritu natural ahorrativo; logrando atesorar más de lo imaginable.

Aunque también es cierto que el buen sueldo de Ana y las recientes herencias de las dos tías, hermanas mayores de su madre, habían tenido que ver en ello… Menos mal de esos baúles de auxilio -pensó-, ya que a buen seguro ya le habrían despedido del trabajo por falta de incomparecencia justificada y quién sabe cuánto tiempo tardaría en volver a encontrar otro trabajo que le interesara.   

Al fin cerró el grifo, se escabulló de la ducha, se secó y se envolvió en la colcha de blanco hilo grueso. Abrió ahora los ventanales, aproximó la butaca al balconcillo y, recogido sobre ésta como un nasciturus, proporcionó al mundo un espléndido bostezo.  

Vista desde dos pisos de altura la gente de la plaza adquiría una dimensión diferente. Ya no eran concreciones más o menos inverosímiles; ahora eran fluidos energéticos animados. Conjuntos de partículas variopintas arrastradas por corrientes aleatorias. Se preguntó Alejandro cómo se vería la gente desde un rascacielos. No sería nada diferente a la visión del hormiguero. Podría echarles un chorro de manguera, como él hacía con las hormigas cuando era pequeño en la casa de campo de sus abuelos. Le encantaba verlas desaparecer momentáneamente bajo el rabioso surtidor hasta verlas reaparecer escenificando campos de batalla tras el paso de un ejército mil veces superior. Hormiguitas arrastrándose, hormiguitas aisladas, hormiguitas en amasijo, hormiguitas completamente muertas, hormiguitas despavoridas, hormiguitas temerarias que volvían al lugar de los hechos, extrañas hormiguitas socorristas arrastrando cuerpos queridos hacia lugares que él, a pesar de la curiosidad, no acaba de localizar al no tener la suficiente paciencia para ello. ¿Pero por qué las arrastraban realmente? ¿Para curarlas? ¿Para enterrarlas? ¿Para comérselas? 

Recordó que con el tiempo, las prácticas del manguerazo dejaron de satisfacerle. Incluso había empezado a sentir una conciencia negativa hacia ello y se fue limitando a otro tipo de prácticas menos agresivas. Una en particular le gustaba especialmente. Se trataba de colocar a un palmo de distancia de cualquier punto de un circuito de hormigas un par de cucharaditas de miel. Ahora no había que hacer nada más que esperar hasta que al cabo de unos minutos una de las hormigas se desviara hacia ese lugar.  Inmediatamente acudía otra y luego otras. El fenómeno se iba repitiendo y popularizando hasta que un flujo nuevo de hormiguitas conseguía encauzarse hasta la dulce tierra de promisión donde se pagaba, al cabo de poco, el colectivo precio de un montoncito de diminutas vidas negras. Vidas cuyo destino había sido morir en las pringosas fronteras del paraíso.  

Desde el rascacielos que se alzaba en la mente de Alejandro, los seres humanos no eran más grandes que las hormigas de su infancia. Desde esa altura no se divisaba, ni hermana, ni esposa, ni poderoso, ni débil, ni gordo, ni flaco, ni viejo, ni joven, ni a, ni b. Solo había hormiguero, solo eran masa, deambular aleatorio de corrientes colectivas. Sinfonía inagotable e inverosímil de una especie plaga en apogeo.

Se le ocurrió entonces la imagen de un dios menor subido a un rascacielos de altura infinito menos algo. Desde allí ese dios menor contemplaba incontables cosmos, cada uno de ellos tan grande como una hormiga. De vez en cuando, libaba el diosito su jugo divino y lo ponía a distancia comedida del circuito de mundos, como si se tratara de una de las cucharaditas de miel para hormigas del Alejandro infantil, y entonces, el dios menor esperaba unos cuantos millones de años con la esperanza de observar como un universo se apartaba y se quedaba encantado con el jugoso cebo o como otros universos fenecían de gula o descuido. Pero, bien mirado, seguramente al Dios menor que contemplase este mundo desde tan altas cumbres, otro Dios mayor acabaría por descubrirlo y castigarlo. Para que se enterase de una vez, su deidad menor, de lo que vale el sufrimiento de las diminutas criaturas que se enfrentan al absurdo horror de la pérdida de todo: Seres amados, goces de la vida, expectativas de una mayor felicidad futura… 

Un dios mayor, por no nombrar al Dios de todos los dioses, amaría los contrastes, las diferencias, los placeres, las pasiones de las diminutas formas pobladoras de incontables universos a cuál más asombroso e infinito. Un dios mayor no querría perderse los grandezas, proezas, dificultades y caídas de ninguna de las minúsculas formas animadas y pasearía entre  quart y quart, entre átomo y átomo, entre hormiga y hormiga, entre humano y humano, entre ángel y ángel. Viviría con ellos, sentiría como ellos, sería ellos, moriría con ellos. Ningún espacio quedaría sin presencia de la conciencia global. Y tampoco querría perderse ese Dios la visita permanente a cada nido de galaxias, ni a cada morada de los apoteósicos universos superiores capaces de desenvolverse en la punta de un alfiler. Un Dios mayor no podría dejar de asombrase; dolidamente compasivo y plenamente satisfecho a un tiempo, al mezclarse con el producto de la libre creación llevada a cualquiera de sus últimas consecuencias. Ya supusieran éstas el contacto con lo más terrible o lo más preciado. Tal vez ese Dios se ocultaría a sí mismo tras las formas infinitas y jugaría al misterio del reencuentro. Su propio y apoteósico autodescubrimiento. 

Pero qué bonita era la plaza desde aquel balconcillo. Cómo le gustaban a Alejandro los vaivenes suaves de las hojas en sus altas copas. Gravilleas, bagüinias, brachiquitons, sauces, chopos… Y cómo le gustaba esa brisa fresca y húmeda colmada de primavera que penetraba plena a través de los abiertos ventanales.

Entregado a aquellas suaves sensaciones al poco se quedó profundamente dormido. La noche, las gentes, las hormigas, los dioses, las historias y las brisas permanecieron en la plaza un ratito más antes de proseguir  explorando sus inagotables caminos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Querubín custodio

 

 

 

 

 

Despertarse aquella mañana fue algo más que despertarse. Las sucias ropas amontonadas sobre aquella silla de pretensiones versallescas; los tibios ecos de la plaza todavía dormida; su propia  imagen desamparada reflejándose en el espejo del armario; el olorcillo de ensaimada y ese burbujeo ansioso que desde el interior de su corazón bombeaba preguntas desde el mismo momento en que abrió los ojos: ¿Qué me está pasando? ¿No te daba vergüenza andar con esa ropa por ahí? ¿Cómo saldré de la habitación con esta pinta? ¿Cómo puedo haber roto mi vida de esta precipitada y extraña manera? ¿Qué diablos me habrá sucedido para obrar así durante no sé cuántas semanas o meses?

A juzgar por las preguntas, era evidente que el proceso de cambio que se había iniciado la tarde anterior adquiría rasgos diferentes. La aceptación lúcida se había convertido en agitación ansiosa.  Sin duda Alejandro volvía por momentos a su estado normal de conciencia pero ese estado de conciencia normalizada le devoraba sin contemplaciones. Regurgitaba lo viejo y no era capaz de digerir y desentrañar lo nuevo. ¿Estaría siendo víctima de alguna enfermedad productora de estados alterados de conciencia? Un ácido desconsuelo se le removía bajo el pecho al vislumbrar la posibilidad de volverse a convertir, en cualquier momento, en el yo que acababa de dejar atrás: el vagabundo acomodaticio y contemplativo. Pero ¿Por qué? ¿Acaso no se había sentido tranquilo y feliz durante aquellos días de andariego despreocupado? Sí. Sabía que así era, pero la constatación de haber vivido un tiempo sin ceñirse al corsé de su propia autoimagen, construida a lo largo de la vida, ahora le daba terror; porque le dejaba claro que si le había pasado una vez, podría volverle a suceder. Entonces no era en sí su reciente forma de estar en la vida lo que le preocupaba, sino el hecho de no haberla elegido tras pleno razonamiento. El hecho de haberse dejado arrastrar por la llamada interior, exigente e impulsiva,  sin  haber sido capaz de filtrar sus acciones por el tamiz del pensamiento riguroso.  

-¡Oh, Dios! – gimoteó  mientras dejaba que nuevamente volviesen a reclamar su atención montones de preguntas que le llegaban como impresiones sensitivas que, no obstante, él comprendía. Preguntas de tinte filosófico y sabor nuevo. Preguntas desbocadas que corrían en múltiples direcciones… ¿Qué es la vida? ¿Qué es la realidad? ¿Por qué sonrío feliz cuando sin camisa y sin pensamientos dejo que el sol suave me masajee la espalda? ¿Por qué mi corazón se rompe o se llena de esperanza según visitan mi mente unas u otras imágenes? ¿Por qué la vida se me enmohece cuando antepongo la búsqueda de la coherencia y la seguridad? ¿Por qué pesa tanto la memoria? ¿Por qué me contraigo cuando dejo que se me instale la preocupación por el futuro? ¿Por qué me vuelvo frágil y, sin embargo, tan plenamente vivo, cuando permanezco atento y proactivo ante el susurro de lo desconocido? ¿Por qué presupongo que la vida de los insectos es más pobre que la mía? ¿Por qué mis opiniones pueden convertirse en alas liberadoras o en barrotes carcelarios? ¿Por qué quiero interpretar este mundo? ¿No fue acaso el árbol de la ciencia, la tentación fatídica, la peor puerta a las ambiciones desbocadas? ¿No fue la conciencia del sí mismo y la voluntad de ser como Dios, la que despobló el paraíso de aquellos nuevos seleccionadores del bien y el mal? ¿Y cómo volver al Paraíso si fuese nuestro deseo acabar con la aventura? ¿Cómo burlar al ángel custodio? ¿Cuál sería la clave? 

Alejandro se estaba poniendo fatal. Era consciente de la dudosa coherencia del hilo conductor de sus preguntas y, más allá de ellas, era consciente de los sucesivos cambios de la calidad de su mirada sobre los aconteceres de su mundo de un día para otro, de momento para otro.

Un terrible dolor de cabeza, metálico y expansivo, llegó entonces para anunciarle la pronta entrada en pánico si no conseguía relajarse. Pero no hizo falta el intento. De nuevo el mundo decidió tomar la iniciativa y le ofreció el terrible chirrido de un áspero frenazo que tuvo la virtud de abrirle de par en par el atento silencio mental que necesitaba. Florecieron entonces de golpe, desde aquel mutismo tendido al sol, dos sorprendentes titulares de neón. Dos opciones que parecían ser potenciales contestaciones a las últimas preguntas “¿Cómo burlar al ángel custodio?” y “¿cuál sería la clave?”

Pudo leer nítidamente  con sus ojos cerrados aquellas respuestas proyectadas con intensa luminosidad sobre la pantalla interior desplegada en la trastienda de su frente:

 

a) Quitar o cambiar una contraseña

b) Establecer una contraseña para abrir o modificar un archivo 

 

Estas dos posibilidades le eran muy familiares. Sin duda correspondían a un fragmento del diálogo de “Ayuda” de una de las aplicaciones  informáticas que solía utilizar en su trabajo. ¿Todavía podía llamarle su trabajo? ¿Pero, por qué ahora se le aparecían estas indicaciones? ¿Existiría efectivamente un ángel custodio que acababa de decidir que justamente éste era el momento oportuno para mandarle señales? 

¡Dios! ¿Y si verdaderamente había existido el Paraíso? ¿Y si tal vez todavía existía y podíamos volver a él a voluntad dándole al ángel custodio la contraseña adecuada? Además, tal vez el custodiante no fuera exactamente un alado insensible, tal vez estuviese encantado de dejarnos pasar de nuevo si le dábamos garantías de no ensuciar, de no romper y de no dejar de amar. 

 Pero… ¿Cómo se hacía todo eso? Resultaba fácil desearlo pero no asumirlo y menos aplicarlo. En todo caso, lo que era seguro es que la clave debía ser algo extremadamente simple. Al acceso de cualquiera - ¿Cómo podría ser de otra manera para un Dios bondadoso?-. ¿Y qué era aquello que todos compartíamos? ¿Qué sería aquello que supiéramos y pudiéramos ofrecer fácilmente como entrada? ¿Y si no había entrada? ¿Y si la entrada éramos nosotros? ¿Y si cada uno era, él mismo, un inconsciente ángel custodio que impedía que el Paraíso le entrase? 

 Si así fuera, no habría nada que nosotros debiésemos aportar más allá de la “aceptación”; tal vez simplemente se trataba de dejarnos hacer, de permitirnos ser apertura pura y simple al Paraíso. Por voluntad lúcida y confiada. Por seducción celeste. Por rendición y abandono. Por domesticación de la memoria y de la mente que la administraba. Sí, en nuestra mente podría estar la clave. Su existencia era la que permitía que las personas fuésemos viajeros del tiempo espacio. Testigos y artífices de los momentos presentes. Sin este tipo de mente no podríamos ser animales con nombre y apellidos. La vida decidiría directamente por nosotros, como lo hacía con los demás animales y lo había hecho ya con nuestros ancestros durante miles y miles de años.

Pero esa misma vida nos había llevado a evolucionar hasta aquí. Ella nos había empujado a convertirnos en seres individualizados con conciencia de sí mismos y sentimientos de separación con la naturaleza.  ¿Por qué? ¿Cómo conocer esa respuesta?

Entonces, para acceder directamente a la vida, bastaría con saber silenciar la mente a conveniencia. ¿No era así? Además, estaba claro que si algún ente o realidad del más allá deseaba ponerse en contacto con nosotros para ayudarnos en la tarea y acercarnos la clave, no lo podría hacer si no nos callábamos. Y nuestra mente siempre estaba juzgando y parloteando. De hecho ¿no se le había aparecido la visión de las claves del desplegable “Ayuda” en los instantes bisagra  en que aquel estrepitoso frenazo le había provocado un involuntario silencio mental? Y si pensaba un poco más…¿No había sentido ya muchos momentos de plenitud conectada durante aquellos días recién pasados como fantasma peregrino en la ciudad?

 

- ¿Y desde cuándo filosofas, Alejandro?... Déjalo ya – se dijo en voz alta buscando en el espejo de pared una mirada reconciliadora- Es fácil derrapar cuando no se sabe conducir… Y encima con velocidad por terrenos desconocidos. Anda, en serio, no te taladres; necesitas descansar, déjalo ya… Realmente no sé qué me está pasando. Es como si no fuese yo del todo, no me reconozco. Bueno creo que no me reconocería nadie...

 

Llamó entonces alguien a su puerta con tres toques contundentes. Sin reparar en su desnudez, Alejandro abrió, contrariado por la interrupción:

 

- ¡Buenos días! Tenga, su carné de identidad – le dijo el recepcionista, que sí reparó, azorado, en la desnudez  de Alejandro -.

 

- El desayuno se sirve hasta las once, en la primera planta – añadió mientras volvía sobre sus pasos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amartelo desorientado

 

 

 

 

 

A estas alturas de la relación, ya tenía claro Amartelo que no controlaba a Alejandro ni aun queriéndolo. Pero... ¿No había aceptado lanzarse hacia la azarosa deriva y hacia la pérdida de control? ¿Entonces, de qué podía quejarse ahora?

 

- ¿Pero por qué Dios lo había tolerado? –Se preguntó enlazando con nuevas cavilaciones- Calma, calma... Empiezas a razonar como un humano. Es así... Ya sólo me aflora el pensamiento secuencial, uno detrás de otro, como ridículos vagones de un largo tren donde los últimos pierden de vista a la máquina en cada curva, su sentido y dirección. A veces ni siquiera recuerdo cual era el origen de la reflexión, ni qué la motivaba. Tal vez el gran Dios haya querido que pase por esta experiencia para permitir un posterior salto evolutivo. O tal vez él mismo me haya colonizado a mí para que yo aprenda a sentir realmente como un humano… Y si lo pienso… ¿Cómo sé que no está ya directamente encarnado o materializado también en los humanos?  En todos los humanos. Incluso en toda materia viva y no viva. Claro, el Dios absoluto no puede escaparse de sí mismo. Ni lo desea. Porque él es Todo lo que hay. Siempre. Todo lo que hay y lo que hay es Todo. Así que a su manera creo que Alejandro tiene razón  cuando piensa que un Dios que no goce lo minúsculo no tiene ni gracia.  No sé, no sé… Tal vez estoy desvariando. Quizás las fuerzas arquetípicas nos miramos demasiado el ombligo y no caemos en la cuenta de que el Ser puede estar  y ser, perpetuamente y a voluntad, en el devenir de las pequeñas cosas, de los pequeños seres. ¡Buf! Me da la sensación de que cada día me parezco más a Alejandro. ¿Y por qué dudo, si nunca he dudado?  Me habré equivocado y fracasado, pero nunca he dudado. Además ¿No éramos las fuerzas sobrenaturales arquetípicas, expresiones del Uno? ¿Y eso no lo teníamos ya en común con lo humano y lo no humano…? ¡Ah! ¡Ya comprendo! Yo también soy víctima como Alejandro de un proceso diferenciador, testigo del mundo de lo concreto, preciso y delimitado a pesar de la amplitud de mi vida y experiencia múltiple. Claro, claro... O no... ¡Creo que me estoy liando...!

 

-En verdad entre Alejandro y yo cada vez existe un mayor mimetismo – prosiguió diciéndose Amartelo  en su extraño delirio- Bueno... ¿No querías fundirte…? Pues ya ves… ¡La realidad es la que se te ofrece! ¡Pero ya no puedo más…! ¡Me quiero ir de aquí! No soporto más este cuerpo limitado. No soporto más este contagio de procesos mentales que nunca llamaré lógicos. No quiero este tipo de memoria que pretende encauzar cada presente. Tan necesaria para la seguridad, la cohesión y la proyección del pequeño yo humano y a la vez tan peligrosa para la expansión de la libertad  de los corazones  y las mentes ¡Y no soporto el dolor! Ni soporto el frío. Ni  la ley de la gravedad… Ni los malos olores…

¡Tengo que salir de aquí...! Quizás pueda hacer un trato con Alejandro… ¡Umm! Sí, sí… ¡Ya! Tengo que conseguir el proceso inverso tal como lo  había previsto. Me introduje en su cuerpo concentrándome en esencia pura asociada al contenido de la inyección… Si pudiera conseguir que le extrajeran sangre y pudiera saber el punto exacto en que le van a pinchar podría conseguirlo. Sí, podría conseguirlo. Una vez ahí fuera, ya es coser y cantar volver a la eternidad. Pero… ¿Cómo puedo conseguirlo sin su complicidad?... Si por culpa de la consubstancialización no controlo nada de lo que siente o hace este hombre… Tal vez pueda hablar con él… Sí, con Alejandro de “tú a tú”... Aunque... Justo ahora que volvía a su conciencia normal… Lo puedo acabar de destrozar… Y si lo enloquezco ya sí que no tendré más solución que la de esperar... y desesperar. No. ¡No quiero aguantar! Es cierto que para mí no es nada la corta vida humana, pero no aguanto persistir... ¡Cuánto se puede sufrir en tan poco espacio de tiempo...! ¿Pero si no puedo vivir una sola vida delimitada, cómo puedo valorar con calidad?  ¡Es igual, no lo soporto, no puedo más! Conversaré con Alejandro…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación interna

 

 

 

 

 

El plan era el siguiente. Primero, se trataría de conseguir impresionar el sistema auditivo de Alejandro mediante descargas vibratorias adecuadas para que éste pudiera decodificar claramente los mensajes que Amartelo le dirigiría (vigilando muy mucho la calidez amorosa del tono). Era preferible este sistema a los telepáticos pues ofrecía más garantías de que el receptor no confundiera  la voz del emisor con una voz sicológica interior. 

Segundo, se deberían emitir los mensajes eliminando la posibilidad de provocar cualquier temor. La situación psico-anímica del colonizado ya era lo suficientemente delicada como para arriesgar. 

 Y tercero, el mensaje debería ser creíble. Alejandro debería apreciar  desde el primer momento que el origen de los mensajes era auténtico y bienintencionado y no producto del desvarío o la perversidad de alguna fuerza del más allá. 

Con las líneas de actuación claras, Amartelo decidió que el día siguiente sería el día apropiado para el contacto directo. Al finalizar su sueño nocturno Alejandro sintonizaría lo siguiente: 

“Alejandro, soy Amartelo, una fuerza supranatural positiva. Necesito hablar contigo. No estás soñando. En los próximos días volverás a escuchar estas palabras justo en el momento de despertarte. Exactamente, durante cuatro días te despertarás con expresiones parecidas. Al quinto día, te hablaré claramente en el momento en que tomes tu primer sorbo de agua. No debes asustarte. Sólo intento que me escuches con confianza sin que pienses que deliras. Sé que andas muy alterado. Lo que yo te cuente te ayudará.” 

Y  así fue como Alejandro, que había decidido permanecer unos días más en aquel hostal con la venerable intención de intentar poner un poco en orden en su cabeza antes de mover pieza, se despertó efectivamente al día siguiente  recibiendo  como una ducha inesperada aquel nítido y claro mensaje.

 

-Caray, siempre lo he dicho, hay sueños que parecen tejidos de un hilo especial… Parecen tan reales…: “Amartelo… una fuerza supranatural… agua al quinto día… ¡Buff…!” –se dijo Alejandro, incrédulo e intentando creer que todavía estaba algo dormido.

 

Al segundo día Alejandro volvió a ser sometido al procedimiento comunicativo, pero la reacción ya no fue la misma  ni de lejos y la valoración interesada  y autoprotectora del día anterior se tornó en exclamación preocupada:

 

- ¡Eeeiiihhh! ¡Ya está bien! Lo que necesito es un buen psicólogo…

 

Y al tercer día llegó  la rotunda y sorprendente demostración de carácter:

 

- ¡Vale! ¡Se acabó! ¡Y se acabó...! ¡No juegues conmigo! ¡¿Cómo me voy esperar al quinto día?! Ahora mismo me voy a tomar el agua esa. O sea, que si no flipo...: ¡¡¡ Haz el favor de salir ya…!!!

 

Amartelo se quedó desconcertado…

 

-¿Qué hacer? – se dijo nerviosamente- ¡Rápido!: ¿Qué hacer? Venga, venga… Mejor ahora ¡Sí! Este tipo ya está listo... Venga, no hay otro camino. Adelante, contacto ya:

 

- ¡Hola Alejandro, soy Amartelo! 

 

- ¿¡¡Quéééé!!? 

 

-  Sí, has escuchado bien… Siéntate, cálmate y sobre todo, no te asustes…

 

No hizo falta que se lo repitiera dos veces. Más que sentarse se convirtió en butaca.

 

- Sí, efectivamente… Soy Amartelo. Una de las potencias arquetípicas integradas en la unión arquetípica Amor Global. Pero no te confundas… No me identifiques con conceptos tales como amor divino, amor absoluto… No. Sólo soy un tipo de manifestación  cósmica  que pretende atraer a los complementarios… Soy, para entendernos, algo así como el que vosotros llamaríais… ¡Cupido!… Más o menos… ¿Me sigues? 

- Ssí, sí… ¡Dios mío!... ¡¿Cómo no te voy a seguir?!... ¿¡Cupido!? 

- Bueno… ya te digo que más o menos… Que para entendernos… Así que piensa más en el Cupido callejero, en el Cupido popular…que en el mitológico. ¡Ese no!, ni el griego ni el romano. El del asunto con “Psique”, no… Aunque algo hay… 

-  ¿Asunto con Psique? ¿Cupido callejero y popular?  ¡Pero qué me estás contando!

-  Sí, eso; catorce de febrero… Ya sabes… Angelito regordete con flechas… ¿Vale? Aunque mi nombre real es Amartelo. 

-  ¡Dios! ¿Qué es esto?

- ¿Quieres que continuemos mañana? Te veo muy excitado y eso me preocupa. 

- No, no… Será mejor que continúes. 

-  Bien – prosiguió Amartelo-, pero mejor tómate algo. Te recomiendo un coñaquito. Vamos al Bar, anda, allí podremos seguir la conversación... Pero tampoco te pases con la bebida porque siempre me llega algo y ahora también yo necesito estar muy claro. 

- Ya... Ya... Vale…vale… Vamos al Bar. 

- ¡Ah! Y no hace falta que hables… Yo te capto el pensamiento. 

- El pensamiento... Sssí, sí… El pensamiento. Vale, ya vamos.

 

Alejandro bajó las escaleras como si fuera un Frankinstein desencadenado. Le parecía que tenía que andar muy recto para que aquello que le hablaba, que por cierto ¡vaya voz tan chispeante y seductora!, fuera lo que fuera, no diera tumbos. 

Cuando el camarero lo vio llegar, andando de esa forma y con la cara desencajada, le preguntó:

 

-¿Le sucede algo? 

-No, no… ¿Por qué? -disimuló Alejandro-.

 

El camarero  lo volvió a estudiar, aquel tipo parecía traerse algo extraño entre manos. Al fin añadió dudoso:

 

-¿Qué querrá el señor? 

- Dos coñacs. ¡Ah, no! Uno… ¡Que él no bebe! 

-¿Él? 

-¡Contrólate!  – le gruñó  Amartelo a Alejandro aumentando enérgicamente la potencia de las vibraciones-

-¿Lo ha oído? ¿Lo ha oído? -le inquirió éste al camarero sin perder el nivel de excitación-. ¡Dice que me controle!... ¿¡Es que usted no lo oye!?

 

El camarero se dio la vuelta sin responder… Se empezaba a preocupar de verdad ¿Por qué siempre le tocaban a él todos los sonados? 

Alejandro se tomó de un trago la copa y como si acabara de recibir una colleja tranquilizadora solicitó con gravedad tranquila: ¡Otra por favor!  ¡Él ya sí bebe…! 

Amartelo prefirió no prensarle más y obligándose a la calma esperó a que Alejandro se empapara con un poco más de alcohol sus interiores.

Y así permaneció en espera y observación hasta el momento en que pudo constatar que Alejandro ya rondaba el estado de apertura y rendición conveniente. Entonces reemprendió el diálogo iniciado que en seguida se convirtió en denso y largo monólogo cargado de aclaraciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diálogos con Amartelo

 

 

 

 

 

Alejandro permaneció durante largo tiempo escuchando con toda la atención posible. A veces se le ocurrían preguntas, pero no se atrevía a interrumpir. Tan sólo cuando un viejo reloj de pared marcó las doce del mediodía, se animó a intervenir:

 

-Espera, espera un poco. Tengo preguntas. Deseo que me cuentes por qué me elegiste precisamente a mí, para la consubstanciación... O como le llames. 

-Hombre… - le contestó Amartelo-  Yo ahora no sería capaz de explicarte  aquello que está en el origen de mi elección. Es decir, explicarte el por qué de mi decisión  de encarnarme en un humano para alcanzar no tan solo el nivel de intromisión habitual sino el nivel de identidad con él. Aunque quizás sí pueda hacerlo más adelante. De momento y en primer lugar te diré que para justificar el típico asalto de intromisión, una serie de elementos de tu vida te señalaban como persona idónea en momento oportuno. Por ejemplo, vivías en un estado de dormida seguridad y no te permitías la más ligera variación de tus rutinas. Agarrado a tus costumbres, tus bienes, tus ingresos, tu estrecha moral, tus compromisos con lo próximo; eras una especie de robot. Tanto miedo a permitirte vivir sin miedo te tenía cogido, te estabas convirtiendo en una estatua de sal. Viviendo en una franja anímica y mental tan cerrada no eras difícil para mí. No te puedes ni imaginar qué fácil es trocear lo encorsetado. Si yo no llego a intervenir contra tanto corsé y tanta rutina te hubieses perdido para la vida. Me refiero a “La Vida”, con mayúsculas…

En segundo lugar, puedo contarte que detecté un aliado en tu interior… Sí, en algún lugar de tu corazón un alegre arroyo vital se había desentendido de tu forma de estar en el planeta y de él brotaban llamadas de cambio. Llamadas de auxilio. Significaba eso que contaría mi intervención con la complicidad de un quintacolumnista oculto en la trastienda de tu corazón. Eso era objetivamente muy positivo para el buen resultado de mi intervención.

Y, en tercer lugar, se daba otra circunstancia. La que resultó ser determinante para intentar superar la intromisión básica y alcanzar el nivel de consustanciación… Y ahora veré como te la describo sin sentirme ruborizada… Sí, has oído bien, he dicho ruborizada y no ruborizado. Para ti, no soy “el” Amartelo, soy “la” Amartelo, femenina. Es decir Amartela. Tal cual. Y a partir de aquí, me gustaría que te dirigieses a mí con ese nombre: Amartela.  Me explico. Mi vertiente de género no es fija, va variando. Depende de los personajes con los que trabajo. A veces, muchísimas veces ciertamente, si estoy trabajando sobre los dos componentes de una misma pareja compuesta de hombre y mujer, adopto la masculinidad y la feminidad a un tiempo. Con los homosexuales, los transexuales, los asexuados y los de más allá, sucede exactamente igual. Voy adoptando la posición y el polo conveniente a mi trabajo en cada momento. Ya sé que para ti todo esto es tan difícil… Pero llegados al punto en que estamos creo que podrás escuchar casi cualquier cosa. Así que te seré muy clara, tienes algo que me feminiza intensamente y que  me hizo sentir por ti una pasión especial. Algo que… ¡Me hizo sentirme enamorada en el sentido humano más clásico de la palabra! Entrar en ese estado  de enamoramiento que incontables veces había yo provocado en las personas pero al que nunca había accedido como experimentadora de la experiencia propia, me arrastró a la decisión de encarnarme plenamente en ti. Es cierto que yo ya había decidido antes encarnarme en un humano, pero en cuál mejor que en aquél del que me había enamorado…

Al principio no tenía tan claro de que se tratara de ese estado emocional y, cuando analizaba, lo único que constataba era la existencia de una atracción especial, enigmática y magnética. Aunque pronto reconocí que era pura y llanamente un estado de enamoramiento. Increíble pero cierto, el clásico enamoramiento entre humanos.

En definitiva, por resumirte, puedo experimentar hacia ti una atracción inmensa y seguro que ni en mis mejores trabajos he conseguido que nadie sienta algo tan brutal como lo que yo siento. Créeme, me apasionas, me fascinas, te encuentro campo de trabajo extenso y fácil, sé que cuento con una bella veta aliada en tu interior y, para ti, soy mujer. Una Amartela que desea que su amor trascienda fronteras existenciales y trasforme en luz y goce la unión de nuestras almas. Para ti, para mí y para cuantos alcancemos…

 

Alejandro, no daba crédito a lo que estaba escuchando. No sabía si salir corriendo, si ponerse a gritar, si pedir ayuda al camarero, si estrellar su cabeza contra la pared…  ¿Qué podía hacer? ¿Arrancarse la cabeza?... Notó que le faltaba el aire… Pero notó también como si desde dentro le acariciasen de una forma benéfica que le ayudaba al retorno a la respiración y a la calma.

- Entonces… -consiguió proseguir al cabo- ¿Me estás diciendo que te has enamorado en el “curre”? ¿Eres como la peluquera que se engancha del cliente? ¿Cómo la asistente social que enloquece inesperadamente con un abuelillo? ¿Cómo el payés que no soporta embalar un espléndido tomate y se lo come, entusiasmado... Tras mirarlo fijamente y decirle apasionado: “Tú y yo ahora seremos uno…”? 

- ¡Para, para, Alejandro! Así es. Exactamente. Esto es lo más extraordinario que me ha sucedido en mi vida inagotable: Una criatura humana me está rompiendo mi inmortal corazón. ¡A mí que he dispuesto de seres a mares…! Durante estos días, mientras deambulabas por ahí, atolondrado y absorbido, me escuchaba a mí misma cantarte quedamente mis pasiones, derramando ramos de atracción ciega. Ya ves lo que hay… Y ello sin perder el sabor de la ansiedad, pues yo también necesitaba interpretar el porqué de mi actitud extrema y rupturista. En fin Alejandro, ya lo sabes... No sé qué secreto se oculta bajo tu química anímica pero ya te he dicho que algo hay en ti que me atrae hasta el punto de que en muchos momentos tan sólo deseo continuar fundida contigo definitiva e irremediablemente… Sí, en algunos momentos por ti, y a pesar de todo el dolor que estoy recogiendo, dejaría que mi conciencia milenaria se apagase como humilde llama estremecida por el dulce soplo del primer cumpleaños compartido. Sí, verás que no ando lejos de ese fantástico tomate del que hablabas… 

- ¡Alucino…! ¡Cómo puede ser esto cierto? ¡Si ni siquiera tienes cuerpo! ¿Qué pretendes? ¿Que me lo monte yo sólo con el mío, mientras tú me diriges? ¡Dios mío! ¿Qué habré hecho yo para que me sucedan estas cosas? Bien, si éste es tu deseo, dímelo claramente... Y acabemos. 

-  No seas torpe, hombre, no es eso. Antes has oído bien.  ¡He dicho química anímica! Lo que a mí me produce un placer ilimitado es el roce anímico, los flujos directos de alma a alma, aunque te mentiría si te dijese que no me apetece pasar la experiencia puramente carnal. De todas formas, gracias por el ofrecimiento… 

- ¡Todavía no me he ofrecido!... – Le salió al paso Alejandro-. 

- ¿Es que no te escuchas? Lo has hecho hace un momento -replicó Amartela, al tiempo en que meditaba sobre el tono de la palabra “todavía” que Alejandro acababa de pronunciar-. De todas formas -prosiguió Amartela- voy a tener que decidir sobre cómo y cuándo acabar con todo esto. 

- ¿Acabar con todo esto? – Se asombró Alejandro-. ¿No me acabas de decir que…? ¿Qué pasa? ¿Es que de repente ya no…? 

- No, no es eso. Lo que sucede es que he reflexionado y he valorado que a pesar de todos los pesares no debo seguir… No te puedo explicar la inmensidad del dolor que sufro al verme atrapada en el mundo de la carne ni describir sus matices. Pero ya te digo que es terrible como puede sentirse una fuerza inmaterial al encarcelarse en las limitaciones de un cuerpo.  Esos cuerpos vuestros… Tan limitados, cambiantes y efímeros… Olas pasajeras sobre la superficie del mar inmenso. No es que me haya sorprendido lo que he encontrado aquí. Pero es más duro de lo que pude prever. Por supuesto que sigo enamorada… Pero el dolor me supera.

Además, más allá del dolor, creo haber comprendido que nunca podré alcanzar vuestra significación global, entenderos del todo, valorar qué significáis exactamente. Piensa que yo siempre me he movido entre estados sincrónicos globales simultáneos no sometidos ni a las direcciones ni a los sentidos de las líneas temporales. Vosotros, por el contrario, sois pura diacronía, líneas trazadas por plumas incapaces de echar toda la tinta a un tiempo. Vais rayando muy fino, que no implica limpio… Un poco ahora, un poco luego… A veces nos hemos reído juntas algunas fuerzas sobrenaturales, y perdona la frivolidad, al echar un vistazo al resultado final de ciertas vidas. Literalmente, después de tanta tinta gastada en trazos pulcros sólo había quedado un terrible garabato. 

- Ya… ¡Pero bueno…!¡Habréis visto también hermosos resultados…! ¿No? 

- ¡Claro! - respondió, Amartelo- Ni lo dudes. Por supuesto. Algunos tan hermosos que se han disuelto ante nuestra mirada y nos ha sido imposible ver su destino. Sabemos que en estos casos se les permite a los humanos y a otras especies de este mundo y de otros, seguir escribiendo o dibujando en nuevos planos.  Frecuentemente un supuesto garabato combina con otros… ¡De diferentes lugares y a veces de diferentes épocas! ¡Y vistos en conjunto parecen algo magnífico! De hecho, hemos visto grupos de garabatos volatilizarse colectivamente… ¿Te das cuenta? ¡Es maravilloso! Tan solos que os sentís en tantas ocasiones y no sabéis que quizás estáis trabajando en grupo, pequeño o multitudinario… ¡Con otras personas o seres que no son de vuestro lugar ni de vuestro tiempo! Tal vez algún día se os manifestará el director de la orquesta y la obra lograda. En fin, lo que es seguro es que evidente o no, lo uno y lo múltiple andan de la mano… Pero claro, a ti te es muy difícil comprender esto, ya que desenvuelves tu conciencia sobre un tiempo lineal sin entender que el tiempo y el espacio “están” en el Gran misterio. No fuera de él.

- Ya nadie me podrá decir jamás que soy una persona que vive en una franja interpretativa estrecha y que no soy una persona de mente abierta -contestó Alejandro- ¿Cómo puedo estar aquí escuchando a una “sin cuerpo” que vive en el mío? Que más o menos es “Cupido”; que seguramente se hace rayitas con las nubes; que me dice que me ama locamente  y por eso, y otros rollos que no entiendo, ha decidido consustancializarse conmigo… Para decirme absurdamente a continuación  que se tiene que volver a su nivel porque le duele vivir en mi cuerpo y nunca acabará de entender a los humanos… Y que por eso quiere que esto acabe… Y todo ello, después de haberme largado que soy un hermoso territorio por trabajar, que es fácil desencorsetarme, que dentro de mí tiene un gentil aliado… Agradezco tener la mente abierta -continuó Alejandro, con el tono en sorprendente y agria progresión y sin querer entrar en los invites filosóficos- pero agradecería que te refrescaras un poquito en mi cerebro, a ver si se te transmite alguna nueva utilidad. Me transmites ideas alocadas e incoherentes…

- Sí, tienes razón. Alocada e incoherente… Pero escúchame ¡Bendito cretino! ¿Crees que me hablarías de ese modo si no te hubieses ya beneficiado de mi enganche con tu vida...? Al menos esa nueva apertura me debes... Y espera ¿Sabes qué? Te voy a liar un poco más. Te diré que empiezo a creer en una razón adicional para el intento… La razón menos comprensible incluso para mí. ¡A ver si me explico...! Resulta que, en sí mismo, mi atrevimiento es de corte humano… ¡¡Uhhmmm!! ¡Algo absolutamente inverosímil para los de mi condición...! En verdad, ello, de ser cierto, implicaría que he sido empujada a esta aventura humana. Esto es, significaría que a mí también se me ha intervenido… Sí… Creo que he sido “empujada”… Tal vez, en otro nivel superior de conciencia se ha entendido que yo también me estaba convirtiendo en una especie de estatua de sal.  Es posible que la estabilidad de mi mundo ya no sea interesante y se pretenda fermentarnos haciéndonos más permeables a los mundos efímeros… No sé… Tal vez se pretenda con ello favorecer que no viváis tan separados del Gran Misterio. Favorecer vuestro sentimiento de unificación cósmica. Darle a vuestras mentes la posibilidad de escapar de las locas ficciones del “yo soy tal”… 

- Ahora que lo dices… Pues sí tiene su lógica. –Le contestó Alejandro recobrando inesperadamente una amable serenidad al tiempo que una inquietud reflexiva-. De hecho, yo no me puedo imaginar un Universo en el que no convivan lo estable y lo inestable... Supongo que son necesarias leyes eternas, marcos y principios inmutables de referencia... El mismo mar por siempre, pero jamás las mismas olas... Los mismos nocturnos abismales, pero jamás las mismas estrellas... Los mismos marcos del alma, pero jamás los mismos comportamientos... Entiendo que se deberían dar puentes entre lo estable y lo inestable. Pero si lo estable se deja influir por lo inestable podría inestabilizarse y ya no podría estabilizar lo inestable… ¡Uy! ¡Qué lío! 

- No, no… Creo que vas bien… Diría que éste es precisamente uno de los principios cósmicos a los que te referías: el autotensionamiento de la divina quietud para el goce de la única conciencia Única en su nivel absoluto. De hecho siempre he tenido por cierto que las fuerzas supranaturales asumimos funciones estabilizadoras o desestabilizadoras, depende, cuando intentamos que lo efímero y transitorio se ciña a los marcos permanentes... ¡Siempre he creído que en nuestro afán estabilizador o desestabilizador promovemos conductas que se ajusten a patrones aunque ello suponga recurrir a la alteración de mundos!  Sin embargo, ya te lo apuntaba antes, me están asaltando dudas  al percibir que se me empuja a mí misma al cambio. Desestabilizar los mundos arquetípicos supondría una absoluta revolución cósmica cuyo resultado no puedo vislumbrar… Es decir, empiezo a plantearme que quizás los que llamamos principios inmutables, también sean mutables… ¡Dios! Será que está en el programa alguna transformación cósmica y que ése sea el motivo por el que desde instancias más elevadas se nos quiere preparar… No sé. Me siento expectante. Deseo con todas mis fuerzas saber qué novedades llegarán ¡Salir a su encuentro! Y ahí estalla la contradicción... Si es verdad que se me ha espoleado hacia la aventura humana... ¿Cómo osar el rechazo? Y si ello se deriva de la vecindad de una próxima mutación cósmica... ¿Cómo perdérmelo? ¿Cómo no estar por ahí afuera con las demás potencias arquetípicas? 

¡Basta, debo volver!- continuó Amartela, cerrando enérgicamente su reflexión-. ¡Debo hacerlo! Sin certidumbre no tengo por qué proyectarme sobre fantasías... Y además, volviendo a lo concreto, ya te he comentado que te amo pero que no soporto el dolor físico. Es superior a mí. Eso sí que no lo voy a echar de menos. 

- ¿Dolor físico? ¿Qué dolor has sentido tú? ¿Un desmayo? ¿Los pinchazos del hospital? ¿Mi cuerpo entumecido titiritando en las aceras? ¡Qué exageración! ¡Si me hubieras conocido antes sabrías lo que es el dolor físico! Las noches inacabables mordiendo literalmente las baldosas. Un dolor cuyo origen no me diagnosticaban. ¡Ni te cuento lo que padecí posteriormente!  Cuando decidieron operarme y no dieron pie con bola… Y los pobres deshechos humanos que gemían día y noche a mi lado, sin esperanza. ¡Tú no sabes lo que es el dolor…! No puedes hablar así… Ahora sí creo que frivolizas. 

- Perdona, perdona… Ya sé que tuviste graves experiencias de dolor en otro tiempo. Tú no lo entiendes, pero para ti eran necesarias.  Pero aunque ahora estemos tan unidos, yo no soy tú. Piensa que si ya no aguanto lo menudo qué me hubiese podido pasar si me hubieses hecho padecer algo más fuerte. Yo estoy acostumbrada a vislumbrar vuestros dolores desde fuera, no a experimentarlos. Ni siquiera los dolores anímicos en cuyo origen pueden estar mis propias intervenciones son padecibles por mí. Es normal, yo veo a la gente sufrir, no me gusta, pero no me puedo morir con ellos, sería el final de mi misión... Ni yo ni nadie, incluidos los humanos, puede ni debe asumir sobre sus espaldas todos los dolores del mundo… Nadie desearía vivir de ese modo… ¿Y para qué la gente desearía sanar si no es apetecible estar bien? Esto no significa no ayudar siempre que sea posible… Pero ¿qué sentido tendría que el alfarero se convirtiese en el barro sobre el que aplica su trasformador trabajo? Equilibrio, Perversa, Magnánima y Salud, y a veces otras fuerzas, suelen trabajar juntas esos temas… 

- ¡¿Quién?! 

- Ya te explicaré... No todavía. Son nombres de otras potencias y uniones arquetípicas…

- Sí, ya. No tengas prisa en explicarme nada de tus colegas. Me sobra con lo tuyo… Pero me decepciona el que se os deje intervenir sobre nuestras vidas si no sois capaces de soportar el dolor. Algo tan esencial e identificativo de nuestras vidas. Realmente creo que haces bien cuando te planteas que quizás nunca llegues a comprender nuestra significación en el gran plan, pues me queda claro que sin el conocimiento que da la experiencia del dolor nunca podrás acceder a nuestra verdad... Mira, ahora que lo digo, no me extrañaría que esa fuera la causa por la que te empujaron a identificarte con un cuerpo humano; darte la oportunidad de comprender. Sí, seguramente,  vivir el dolor, en mayor o menor medida, sea algo imprescindible  para  resituarnos, cuando hace falta, en el camino de la verdad personal.

Y te diré más, en relación con tu ejemplo; no creo que exista realmente un alfarero de altura que haga honor a su nombre si no es capaz de sentir las cualidades de la tierra, de los pigmentos, del agua… Sí, de convertirse en su obra. “Ser” en su obra.

- Me dejas de piedra…- le contestó Amartelo afectada- Lo que dices tiene significación para mí... Sé que el elán vital tras el que subyace la divinidad perpetuamente impulsa la recreación de las formas. Ya culturas muy antiguas fueron capaces de percibir este hecho. En fin, de todas formas, no te ofendas pero espero que cuando vuelva a mi nivel no me den la mala noticia de que a partir de ahora tengo que andar consustancializándome… ¡Oh, no! Por favor… En todo caso, no creo que ningún alfarero quisiera trabajar si su destino fuera acabar transformado en un botijo, un tiesto, una vasija… Para siempre. Permanentemente

- Ríete si quieres- La interrumpió Alejandro-  Pero el tema para mí es sobrecogedor. Hablamos de la función del dolor. De las experiencias terribles inherentes a la permanente recreación de las formas. Estamos hablando de cómo lo maravilloso necesita de lo horrible para coronarse… La gran vida de la sucesión de vidas y muertes ¿Y qué decir de la soledad, el desamor y los desgarres absurdos?   Esas tantas otras maneras de experimentar el dolor no físico. Esas otras formas de muertes definitivas o transitorias.

 

Súbitamente, tras las preguntas retóricas, en la cabeza de Alejandro se impuso un denso espacio de silencio encerrado entre altas paredes vacías. Paredes que en instantes empezarían a agrietarse dejando que de cada nueva fisura brotaran voces que no llegaban a construir frases, ni siquiera pensamientos. Se sintió asustado.  De aquí y de allá surgían impulsos agitados que trataban de abrir en su mente caminos hacia algo impreciso e indefinido. Algo que quería tener significado pero no lo conseguía. Respiró entonces profundamente con el bajo vientre, había oído que eso ayudaba a calmarse, y al hacerlo creyó escuchar a Amartela:

 

- No sé qué te está pasando Alejandro. Has pasado en segundos de una claridad mental que no sueles tener a una conciencia desestructurada. Me preocupas. No entiendo esto…

 

Fue esa preocupada voz ajena, aunque procedente de su interior, la que, de alguna forma, le resituó. La que, con su mera comparecencia,  le hizo comprender que su aparente soledad albergaba la compañía más plena que jamás hubiese sentido. Deseaba seguir siendo el barro de aquella compañía inesperada y alucinante. Aunque evidentemente no sabía el porqué, deseaba seguir sintiendo su espíritu trasformador. ¡Qué extraño silencio aquél desde el que tan rápidamente había surgido  un descontrol absoluto  destinado a convertirse inmediatamente en calma comprensiva! La comprensión de que estaba sucediendo algo muy hermoso y que él, Alejandro, no deseaba  que el sueño se deshiciese… Esperaba que ese gran ser que le ocupaba siguiera ahí, que no cediera una pizca del territorio conquistado.  Volvió a respirar profundamente y delicadamente tranquilizó a la ajena voz interior. Esa voz seductora de Amartela  que empezaba a resultarle familiar:

 

- No te preocupes, ya se me pasa. Demasiadas cosas tal vez. Todas demasiado alucinantes. No soy tan fuerte como para aguantar esto. Pero ya se me pasa…

- No sé cómo ayudarte ahora – le respondió Amartela.

- No, no importa. Tranquila. Seguiremos hablando… Me ayudará eso.

 

Entonces Alejandro volvió a recurrir a las palabras. Seguiría hablando de cualquier cosa, lo primero que se le ocurriese:

 

- Siento curiosidad. ¿Qué tenía que ver en tu estrategia, el que yo conociera a la señora Adela y a esa belleza enigmática del piano-bar? 

- ¡Ahhh! ¿Quieresss ssssaber…? –se burló Amartela. Bien. Mira. La mujer morena arena como tú la recuerdas, era lo que podríamos llamar una resistente estético-estática. Cumplía en ese momento una función instrumental de coyuntura a inconsciencia suya. 

- ¿¡Resistente estético-estática con función instrumental de coyuntura a inconsciencia suya!? Por favor… Que yo lo pueda entender… 

- Sí. Imagínate... Si ahora mismo la vieras, la verías casi como en otro momento cualquiera de su vida. Son personas que se han enamorado de su propia representación. Actores-expectadores. Se ven actuando, se sienten triunfadores, se deleitan con la imagen que creen proyectar de sí mismas… Pero con el tiempo… Sienten melancolía profunda porque no llegan a alcanzar el amor-pasión absoluto que les pueda dejar saciados permanentemente. Cualquier ser con el que intimen no les parecerá suficiente, más allá de una semanas, para adorarse a sí mismas. Para aplaudir con suficiente brillo la propia representación que se están autoofreciendo... Sólo encuentran placer en los momentos iniciales, en los movimientos entrelazados de la seducción y la pasión... Y necesitan vivir en ese estado, permanecer en él... Porque la experiencia les va indicando que no llegarán a cubrir las exigencias de su profundo anhelo y que cuando sientan que la relación cede les dominará la rabia. Y entonces torturarán y vejarán a su pareja hasta que algún tipo de drama quede servido... Vertiendo como volcanes en ebullición lava abrasiva sobre todo cuanto las rodea, especialmente sobre aquellos que más las desean y a los que precisamente empiezan con prontitud a sentir como cadenas. Es muy difícil que, con el paso de los años, no te las encuentres, sombras de sí mismas, momias exóticas. Incapaces de asumir su deterioro físico, incapaces de sedar su agrio carácter… Y, aunque es cierto que muchas tienen la suerte de encontrar parejas pacientes con hígados formidables que las enseñan a transitar hacia el amor tranquilo, es habitual que otras acaben desarrollándose como formas de soledad no deseables, ni deseadas. Y ojo no te confundas cuando te hablo de vivir en soledad porque sí existen quienes consiguen convertir la soledad en fiesta y plenitud. Pero no es éste el caso…

-Ya -interrumpió Alejandro- Lo entiendo. Pero mi pregunta es más concreta… ¿Qué tenía que ver conmigo? ¿Por qué la pusiste en mi camino? 

-Para ti, la mujer arena –continuó Amartela- fue un recurso. Un recurso para mí, quiero decir. Me ayudó a cambiarte el estado perceptivo habitual… Sí, ya ves, también tengo la capacidad puntual de generar interferencias entre personas sin necesidad de haberlas intervenido. En fin, cosas mías, de mi trabajo, que ahora no importará detallarte.

Te diré más -prosiguió Amartela-. A la morenaza la habías conocido en otro tiempo. Eras todavía un jovencillo... Y entonces no te permitiste ninguna “exteriorización expresiva” aunque en secreto ya la deseaste. Era la mujer de un amigo tuyo…  

-¡¿Quieres decir que ella era...?! ¡Por eso ese sentimiento de “ya vivido”! 

-Sí.  Pero no escarbes. Te puedes hacer daño. Ese deseo estaba bien perfilado en tu memoria y me fue fácil utilizarla para crujirte al máximo; aunque te habías pasado realmente bebiendo y eso a partir de cierto punto, como ya sabes, no me ayuda. Lo cierto es que estuvo a punto de reconocerte y tuve que acelerar un poco el desenlace, como sabes…

Para resumir, su misión era ponerte en lo que llamaría “honda puente”. Quien realmente yo tenía previsto para ti, antes de decidir mi propia consubstanciación, era Adela… 

- ¡Quéééé! ¿Adela!!!? 

- ¡¡¡Sí!!!  ¡¡¡Adela!!! ¿Por qué eres tan primario? Adela era un alma luminosa. No te puedes ni imaginar las dimensiones que esa mujer te hubiera abierto… Su historia con Emilio fue una gran historia de amor. De alguna manera me sentía en deuda con ella. Su pasión, su entrega, su inagotable esperanza… Yo quería que dado el enorme parecido que tienes con tu padre, ella volviese a volcar sobre ti su inmensa capacidad de delirio. Recuperarla a ella para el amor y a ti ofrecerte una magnífica experiencia. Quería que tú fueses capaz de ver en la transparencia de sus ojos. Quería que advirtieras la belleza del firmamento que llevaba capturado en su interior. Tal vez nunca captarás nada semejante… Deseaba entonces lograr que se tendiera un puente entre vosotros; un puente de amor pasional puro e incombustible. De alguna manera los dos os merecíais acceder a ese tipo de hipnótica vivencia… Y vas tú y, a la primera de cambio, me la matas. Por otra parte, ya sabes que ya no me hayo en el mismo punto… Te hablo de lo que yo deseaba antes de mi consustancialización en ti. 

- ¡Qué dices!...  ¿Qué dices?... ¿Qué quieres decir con eso de que a la primera de cambio voy y te la mato? 

- ¡¡¡Ah!!! ¡¿Qué le contaste en el hospital sobre Emilio, tu padre?! 

- ¡¿Qué?! ¿Qué le conté?...  ¡Pues la verdad! Entre otras cosas, le conté que mi padre en sus últimos días sólo suspiraba la palabra Adela. 

- ¡Pues eso, hombre! ¡Ahí la mataste!... Y no estuvo mal como ahora verás. Cuando hiciste eso de contarle los últimos anhelos de tu padre de alguna manera le estabas contando que en la memoria de tu padre había ido destruyéndose toda su vida posterior a la partida de Buenos Aires. Adela asumió entonces que Emilio había muerto en el momento en que sus dos corazones estaban tan fielmente unidos… Es decir, Adela sintió que Emilio había vuelto al punto en que  los dos eran uno, el momento previo a su separación ¡Él habría  muerto amándola…! ¡Pues ella moriría en su amor! Era lo que su espera necesitaba para verse realizada y plena. Ella se había autosecuestrado para él y él se había desecho de su memoria posterior a ella.  

- Sí, bueno… Yo no diría él, sino el Alzheimer … 

- Tanto da. Pues ya ves…¡ Adela encantada...! Creyó morir  unida a su hombre… Entonces, ya no iba a funcionar contigo ningún intento. 

- Sin embargo, aunque te entiendo y sé lo que me quieres decir, yo no creo que realmente a mi padre le durase mucho lo de Adela. Ahora sabrás porque te digo esto y lo  que ahora te contaré  no se lo conté a ella. Mira. Una vez, después de fallecido mi padre, leí un viejo diario personal suyo gracias al cual sé algo. Un diario que no sé por qué motivo mi madre quiso que yo guardara.

Mi padre había nacido en el seno de una familia muy conservadora. Al inicio de la guerra civil española, él sucumbió a diferentes presiones, llamemos “ambientales” y se alistó voluntario en el ejército franquista. Tras  algunas dudas, parece que pronto sintió la llamada de la carrera militar y, finalizada la contienda, ya como oficial, dio un paso al frente cuando su coronel solicitó voluntarios para la “División Azul”… La distancia, la incertidumbre, las frustraciones del viaje, el miedo… hicieron, creo, mella en él. Me consta que ya en una breve parada en Tilsit, antes de llegar al frente, el recuerdo de Adela empezaba a desdibujarse a favor de una gentil jovencita prusiana. 

- Conozco esa historia, no hace falta que me la cuentes. En nada modifica el resultado final, el de un hombre que murió amándola y el de una mujer que murió amándole. Pero bueno, creo que tienes ganas de sacar el tema. Así que mejor sigue, te escucho igual.

- No, tienes razón, lo dejo aquí… Pero te diré que lo siento por mi madre – continuó Alejandro -  Y cambiando de tema… ¿Y mi mujer? ¿Por qué nos entregaste al abandono? 

-¡Ahhh! ¡No! Eso sí que no me lo reproches. A pesar de la dormidera que llevabas encima, necesitabas un cambio. Ella no menos que tú. Merecíais recobrar vuestras vidas... La verdad es que no me costó mucho esfuerzo propiciar esa ruptura.

 Esfuerzo, lo que se dice esfuerzo, sólo tuve que dedicarlo al objetivo de lograr que los inevitables movimientos de arrepentimiento no coincidiesen… ”Des-sintonizar las resistencias al cambio”, eso es lo que hice. Porque otra cosa no. Nadie de  más allá de uno mismo puede abrir las puertas que ya han sido abiertas por el corazón de cada cual. Vuestro ciclo estaba agotado. Os estabais fumando el uno al otro mientras en vuestros silencios compartidos anhelabais la novedad. No tengas mal sentimiento. Te hizo un favor, Le hiciste un favor. Os hicisteis un favor. Os hice un favor… Es triste perder un buen amor aunque se haya rutinizado y perdido frescor pero es doblemente desgraciado contemplar en la repisa lo que fueron acompasados latidos libres y ya son sólo fotografías… A la vida no le gusta que la atrapen. Por eso, como te decía antes, si el ámbito social o cultural en que le ha tocado vivir a cada persona lo permite, es fácil romper uniones que parecen irrompibles… Y a veces prácticamente imposible romper uniones que parecen, vistas desde fuera, aguantarse por los pelos, pero que son todo frescura, crecimiento, espontaneidad, apertura… ¿Me sigues? 

- Te sigo… Bueno… Supongo… La verdad es que todavía me revienen y duelen tantas imágenes preciosas de mi vida con Ana, que no puedo entender bien en qué momento y por qué se empezó a secar la relación… Recuerdo ahora como a veces cuando estábamos en un restaurante de ambiente amoroso, con velitas, musiquita cucucú y todo eso, comentábamos el magnetismo de las sillas vacías… Y nos apretábamos entonces aún más las manos como para salvarnos juntos de algún “yuyu” que pudiera alcanzarnos… Sí, no tengo tan claro que precisamente no fuésemos nosotros de esos que murieron por sobredosis de dignidad y orgullo... Sí, no tengo tan claro que lo nuestro no pudiese haber continuado…

- Alejandro – le interrumpió Amartela para preguntarle directamente- ¿Crees que desearías volver atrás? Respóndeme. Siente tu corazón.

 

Alejandro hizo lo que Amartela le pedía y cerró los ojos mirando en su corazón. Tras breves instantes respondió.

 

- No . No querría.

- Entonces. No te tortures. Si no has sabido  en el día a día estar atento a las luces y a las sombras  del fluir de vuestra relación, cómo crees que ahora puedes arreglar algo que ni siquiera sabes que es. Además, esto es cosa de dos. Aunque llegases ahora mentalmente a algún lado… No tienes garantías de poder conducir por tu camino a tu excompañera. Sería muy difícil, ya todo está demasiado turbio. Cálmate, deja ir, déjate ir. Si algún día vuelves con tu ex, mejor que te llegue del futuro, no del pasado. Allí, en ese futuro, sí podrías crecer y demostrarte que sabes estar atento desde la serenidad y la libertad interior.

-Así lo haré si llega… Pero ahora te haré caso. Intentaré no pensar más en lo echado a perder. Que venga lo que tenga que venir. Lo que ahora sé es lo que te he respondido, que ahora no querría volver.

-Bien, vamos avanzando.

¿Sabes? –continuó Alejandro, suavizando el tono y dando un nuevo giro a la conversación- Creo que me iría bien reposar un poco. Es demasiado todo lo que estoy asimilando... Me siento muy cansado… ¿Te parece que mañana sigamos y me cuentas cómo tienes previsto desconsustanciarte, o como le llames, si esa sigue siendo tu voluntad   (y esperaba que no)  y cómo puedo ayudarte? 

 

Alejandro miró el reloj, marcaba las nueve de la noche. Era increíble como el tiempo podía haber pasado tan rápido. Ni siquiera se había acordado de ir a comer.

 

- ¡Ooohhh, Gracias! Sí. Descansemos –contestó Amartela-. Mañana te explico… Pero déjame que te diga sólo una cosa más: Una silla vacía es una ausencia, es cierto ¡Y cómo puede aullar el lobo solitario ante el resplandor lleno de la silla vacía! Pero también una silla vacía permite que alguien la ocupe ¡Y a mucha gente simplemente le basta con su propia silla! Y además no siempre duelen las ausencias. Infinitas veces duelen mucho más las presencias. Un beso Alejandro. Realmente me cautivas… 

- Quieta ahí… – la paró Alejandro sin perder el tono de cansancio  aunque ya con la clara consciencia de que el magnetismo era mutuo-. ¡Contigo hasta puedo hablar de sillas gratificantemente vacías! Vislumbro que mi destino será el de un lobo solitario que en las noches de Luna deambule por los bares del puerto aullando a esas sillas en espera… 

- ¿Buscándome? 

- ¿Eso quisieras? – respondió Alejandro con una sonrisa limpia-. Todavía no sé… Pero tal vez… Me siento abierto. 

-  Por lo menos te correrán a palazos por espantar a la clientela. Y no podré ayudarte. Será más fácil y seguro que recuerdes que los lobos aúllan por soledad… Pero también por otros motivos… Como el de la voluntad de atraer a su pareja. Sí, también aúllan  porque ella está… Aunque esté distante.

 - Próxima o distante… ¿Estarás tú? 

- Estaré. 

- Pues aullaré porque estás. 

- Anda Alejandro, ponte ya a descansar. Hace nada me hablabas del dolor de la pérdida y ya estás siguiéndome el rollo cuando te echo los tejos. Y eso que estás agotado.

- Sí, estoy como una cabra. Lo sé. Pero no es para menos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dúo de caza

 

 

 

  

¡Hacía tanto tiempo que Alejandro no se despertaba con una alegría semejante! ¡Se sentía feliz de una forma tan natural! Como si le hubieran desatascado un montón de tuberías internas, como si le hubiesen quitado enormes pesos de encima. Hasta le parecía que veía mejor, que olfateaba más fino, que escuchaba perfectamente las voces distantes y que sabían a gloria los glups de agua de grifo. Un sentimiento de alegre seguridad y unidad cósmica le amparaba, le daba alas.

 

- ¡Caray! - Le dijo Amartela-. Veo que realmente algo empieza a estar limpio por ahí dentro. ¡Cómo me gusta verte así! 

- Es verdad, supongo que el cúmulo de mis últimas experiencias sumadas al colofón de tu aparición han obrado algún sortilegio adecuado. Sí, me siento feliz. Pero lo cierto es que quisiera preguntarte otro montón de cosas. 

- ¡Vaya contigo! ¿Ya tan de mañana?

- Sí, mira. Ya lo debes saber – le contestó él, sonriente-. Ayer, tras nuestra conversación, a pesar del cansancio y de no querer que detectaras mis pensamientos, no pude evitar plantearme algunas cosas. 

- Sí, ya sé. Pero es igual, dime. 

- Tengo cuarenta años. He roto con mi pasado. No tengo una expectativa clara de futuro, aunque sí ahorrillos para permitirme un tiempo de intento de recomposición laboral. Un día de estos también tú saldrás de mi vida y a pesar de la alegría que me detectas también sabes del miedo profundo que subyace bajo ella. Sinceramente, si me mantengo en un estado de “cordura” suficiente para sobrevivir “sin problemas”, no querré vivir solo… En verdad ni siquiera como lobo “aullasillasvacías”. Me vas a abandonar a mi suerte y quizás yo ya no pueda por mí mismo conseguir iniciar una nueva vida… ¿Me puedes ayudar? 

- Sabes bien que el miedo es el peor cobijo para un buen consejo pero cualquiera te dice que no, cuando yo te tengo que pedir que me ayudes a escapar de tu cuerpo. 

- No te preocupes por eso, haré lo que me pidas. Lo haría por cualquiera ser querido, así que… ¿Cómo no por ti? Aunque mi vocación de apasionado licantrópico no haya sobrevivido a una sola noche, el sentimiento que me has despertado es tan tangible como mi respiración… 

- ¡Me gusta oírlo! Dime, a qué te refieres con lo de la ayuda. ¿A alguna especie de manual de consejos? 

- ¡Bah! ¡Tómame en serio! – prosiguió él, sin perder el buen tono-Sinceramente, no sé qué tipo de ayuda necesito. Dime tú. 

- Bien, entiendo que en definitiva me estás pidiendo que te ayude a buscar pareja. Me hace gracia porque eso me atrae el recuerdo de aquel decálogo  de consejos que uno de tus amigos más mayores, Toni, te ofreció aquel verano lejano, cuando eras todavía un colgado adolescente comemundos… “Primero. No intentarás ligar con ninguna extranjera que tenga la piel morena, significa que ya lleva varios días en la isla y ya tiene lío. Segundo. Mejor las de labios sensuales…” ¿Te suena? ¿Recuerdas?

 

A Alejandro le afloró una dulce sonrisa cargada de mansa nostalgia.

 

- Sí, recuerdo, no debía de tener más de quince años y a fe mía que intentaba seguir los consejos. ¡Pero con tan poco éxito! Me creía ser un tipo curro, pero me vencía la timidez. Intentaba deslumbrar con rodeos, mientras que mis amigos hacían triunfar una y otra vez la línea recta. Y mira que alguno era feo con ganas. En fin... 

- En verdad tus problemas pueden ser ahora mayores. A tu antigua timidez, tendrás que sumar unos cuantos miedos consolidados, actitudes inerciáticas erróneas y, ahora, esa subida del miedo a la soledad... Y yo, si consigo salir, una vez fuera, no podré volver a manipular tu entorno. No me están permitidas segundas intrusiones, salvo excepción justificada. 

- ¿”Excepción justificada”? Suena a “enchufe” o “bula papal”… 

- ¡Alejandro! ¡Vale! Es huero despreciar o reírse de lo que se ignora ¡No lo hagas! 

- A ver… En serio… Si hemos llegado hasta aquí, me vas a decir ahora que en el futuro no podremos tener algún canal para mantener la relación. No lo entiendo. Si es así, ya puedes ir buscando las excusas para esa excepción justificada - exclamó entonces Alejandro sin ocultar el malestar que las palabras de Amartela le habían producido-. Tú sabes infinitamente más que yo, seguro que podrías aconsejarme. Conoces todas las profundidades del alma de las mujeres. Has manipulado a infinidad de seres ¡Tienes que poder ayudarme! 

-  No Alejandro… A veces las cosas no son tan sencillas como pueden parecer. Sabes bien que hasta yo tengo limitaciones… Y no me gusta como pronuncias la palabra “manipular”. Preferiría que me llamaras “sembradora”, “corregidora”, “florecedora”, “posibilitadora”, “saneadora”, “depuradora”, “creadora”, incluso, si  me apuras, “mantenedora”… 

- Te has olvidado de la “destructora”. –le interrumpió Alejandro con un cierto tono de reproche-. 

- Bueno, pues sí. También destructora... ¡Cuando ha sido necesario para construir lo nuevo! Y volviendo a tu solicitud, escúchame y no dejes que se ensombrezca ese corazón tan jovial con el que hoy te has levantado. Algo te diré… Es cierto que te podría contar mil detalles, características y circunstancias relativas a las mujeres que te envuelven o a aquellas con las que te cruzas cada día. Pero sorpréndete ¿Realmente crees que te podría aportar algo que no sepas? ¡Tú sabes ya, o puedes saber, todo lo que necesitas! Sabes tan bien como yo que el cuerpo, el movimiento, la vestimenta, el rostro, la edad, la mirada delatan plenamente tanto a unos como a otros… Simplemente es cuestión de observar sin prejuicios y desde la serenidad. Mira, comprueba tú mismo...

 

En este momento Amartela, ya había llegado a la conclusión de que la mejor manera de ofrecerle a Alejandro la ayuda que le pedía era sumergirlo en una clase práctica. Compartir con él una experiencia. Ciertamente siempre había sido verdad aquello de “conocimiento es experiencia, todo lo demás es sólo información”. Así que Amartela resolvió darle un giro a la solicitud de ayuda sirviéndose de uno de los recovecos de la memoria de Alejandro, donde, como bien sabía ella, habitaba la atracción de una mujer, la florista del supermercado de su exbarrio.

 

- ¿Cómo crees qué es esa florista de la tiendecita de la entrada del mercado al que solías ir, esa florista en la que a veces ponías “especial atención?” –le preguntó entonces Amartela.

- ¡Ah, ya!... Te las sabes todas… Me siento desnudo ante ti… -contestó Alejandro tras un profundo suspiro y recorriendo con los ojos achinados  y en lento vaivén el techo superior del horizonte- Bueno… Es una mujer de unos 30 años, de carnes que imagino prietas, más o menos de 1,65 de estatura… Debe rondar los 70 kilos, aunque parece que se está adelgazando un poco ultimamente… Su cuerpo compacto y voluminoso me resulta atractivo para una aventura basada en la lenta gravitación sobre la densa masa corporal, previa a la caída libre… Tras ella será importante garantizar  que el deslizamiento táctil  garantiza  la mejor  toma de las muestras. Especial atención requerirán las dunosas curvas…  Ahí será conveniente profundizar en la más sutil delicadeza que la amplitud  de las palmas de las manos puedan ofrecer. Sí. Palmas dilatadas como velas, como paracaídas, como nubes sabuesas…

- ¡Alejandross! ¡Que te me vas! ¡A ella tienes que describir, no a ti…! -le asaeteó Amartelo con tono de cómplice malicia-. 

- Pero hay más… -prosiguió Alejandro, sonriendo imperceptiblemente- Se intuye un centro de equilibrio bajo, sólido. Sí, el anclaje es potente. Así su aroma es de persona muy apegada a la tierra. Tiene el corazón en el vientre y el vientre es un melón… Seguramente debe ser una persona muy acoplada a lo inmediato: el trabajo, la casa, la familia, el deseo de tener otro hijo, la compra de un coche nuevo a plazos… Sexualmente se la ve satisfecha y me imagino que su vida debe estar consagrada, sobretodo,  a la relación con su marido… Sí, su vida de pareja ahora funciona… Su mirada es clara y limpia, así que la siento incapaz de maquinar, incapaz de chismorrear, incapaz de desear mal… Tampoco arrastran sus ojos sombras del pasado que la enturbien… No piensa en el futuro lejano…No tiene miedos… Su cultura es muy limitada…pero no es torpe… Participa de lo que llamaría listeza mediterránea. Aunque su rostro… Más visigodo… Le da un aspecto norteño. No se dejaría oprimir y sería capaz de luchar por causas próximas, justas, si poseyera un líder cercano al que creyese… Sí, perfectamente podría estar retratada en un cuadro alegórico de la revolución francesa: Madre de pecho fuera (y ¡uf!, vaya pecho…), niño agarrado a las faldas, bandera en alto y grito feroz en garganta… Es capaz de compartir su mundo, es capaz de… 

- ¡¡¡¡Eeeeehhhh!!!!  ¡¡¡¡Valeeee!!!! 

- Y dime -continuó Amartela con tono que denotaba una excitación desordenada-. A una mujer como la que me has descrito… ¿Cómo le tenderías un puente al corazón? 

- ¡Imposible! 

- ¿Imposible? 

- ¡Imposible! 

- ¿Por qué? 

- Primero, no somos ni vecinos, ni compañeros de trabajo, ni de ocio, ni de nada… ¿Cómo puedo conquistarla a base de pedirle ramilletes de violetas y en Navidad las plantitas esas de las hojas rojas? ¿Voy a ir cada día a consultarle dónde están otras secciones? Mejor ¿Le pido la hora cada vez que pase? ¿Le pregunto a ver si no tiene frío en esta zona? O prefieres que le vaya dejando caer miradas seductoras… 

- Comprendo que tus amigos de la línea recta te sacaran siempre ventaja… 

-¿Qué harías tú si fueses completamente humana? 

- Pues lo que haría cualquier humano decidido y práctico. Sondearía mi propio interés, sembraría alguna posibilidad, me jugaría el tipo y me desentendería del resultado final. 

- Por favor, explícate mejor. No te acabo de entender… 

- Mira la situación es especialmente difícil, pues sois gentes de diferentes estratos culturales, de diferentes ambientes, de diferentes formas de estar en la vida. Eso, tú ya lo sabes. Por otra parte, tampoco compartís espacios propicios de encuentro, salvo la tienda… Sigamos, como te he dicho, tendrás que saber valorar si la necesidad de dedicación que ya se anuncia está en relación con el interés  y las expectativas. Valoración que no te ha de resultar costosa si sigues los impulsos del corazón. Luego, una vez realizada la reflexión valorativa, deberás sembrar o propiciar. Yo lo hago continuamente... En tu caso podrías, por ejemplo, averiguar  qué es lo más particular que tiene esa tienda y qué hay en ella que a tu florista le agrade especialmente. Mejor todavía si se trata de algo a lo que tu florista dedica un tiempo especial. Poco a poco, visita a visita. Con paciencia y discreción. Una vez que sepas qué es aquello, podrás ofrecerle la no tan inocente conversación que le resulte atractiva.  Y Ahora, cuando ya habrás conseguido  que te pueda reconocer familiarmente en un entorno diferente, preocúpate de conocer su horario, en qué dirección se va o desde cual llega. Si tiene que coger algún bus… Es decir, prepararás un encuentro casual que te permita entablar conversaciones más amplias que las de la tienda. A esas alturas, seguro que ya sabrás si se trata de un corazón disponible para ti y si puedes seguir dando pasos o no. Claro, es posible el no. Es posible que descubras que no hay por donde estirar más, que le importas un pimiento o que realmente, como imaginabas, ella ya tiene una pareja con la que vive felizmente… Entonces, no te olvides del salvavidas… 

- ¡Graciosilla…! 

- ¿Por qué graciosilla?  Si no te he contado lo típico del marido árido y robusto.

- Verdaderamente graciosilla. 

- No, en serio, es importante que al final, si las cosas no salen bien, no dejes nunca de ser cariñoso contigo mismo. Simplemente lo habrás intentado y gozabas el derecho de hacerlo. 

- Contigo parece más fácil. 

- ¿Crees? ¿Quieres que te acompañe? 

- ¡¿Qué?! ¿En serio? ¡¡¿Lo harías?!! ¡¡¿Lo harías ahora?!! 

- ¡Vaya!  Ya veo que el ejemplo de la florista ha sido más que atinado… Venga…Vamos… 

Alejandro y Amartela se dirigieron al mercado. Al llegar, una vez armados con una cesta de compra, se enfilaron directamente hacia la muchacha y algo pasó en ese momento que le produjo una cierta inquietud a Amartela. Sí, tuvo conciencia de que Alejandro estaba aprendiendo a velarle sus pensamientos y para mayor inquietud pudo adivinarle una sonrisita de Giaconda malévola cuyo significado se le escapaba.

 

- ¿Qué desea, señor? – Se ofreció amablemente la florista-. 

Alejandro se quedó mirándola fijamente y en silencio. Parecía decirle con la mirada “¿Me lo vas a poner fácil o no?” Ella se sintió turbada, pero insistió. 

- ¿Sí…? ¿Qué deseará? 

- Pues… -dijo Alejandro, al fin, con extraña afectación- ¡Rosas blancas…! Sí, un ramillete de rosas blancas… Y ahorrarme un montón de dinero en compras innecesarias... Además de ahorrarme tener que averiguar su horario… Los detalles de interés de su trabajo… Y por donde usted llega o se va de esta tienda… para algún día poder fingir un encuentro casual que dé lugar a la posibilidad de un rollo… ¡Mire señorita!  Mi interés máximo sería acostarme con usted un par de noches, aunque me puedo acondicionar a su horario. Me encantaría poderle hincar el diente en esas carnes blancas y prietas tan bien puestas que usted luce. Y nada más. Suficiente.

 

Alejandro se quedó atónito de sí mismo. Había planeado gastarle una pequeña bromita a Amartela, pero no oírse decir así mismo estas cosas… No entendía que había pasado, qué cable se le había roto en la cabeza. Y para colmo, mientras observaba la cara de incredulidad y cabreo de la chica, empezó a escuchar la indignada voz interna de Amartela…

- ¡Alejandro! – Le gritaba ésta- ¡Realmente la línea recta está perdida para ti! ¿Qué pretendes? ¿Qué le impacte esta estúpida actitud? ¡Cómo te pasas! ¡Qué decepción...!

- ¡Ya ves, Amartela! – Le contestó  un hiperexcitado  Alejandro, que se olvidaba del volumen de voz y de la mirada atónita de la florista-. He aprendido que el esfuerzo estaba en relación con el interés. Y siendo sincero, hasta aquí llego. 

- ¡Muy agudo, pero comprueba que la has pifiado! Así que ahora ya sabes. A ser amable, si eres capaz, contigo mismo y compadecerte limpiamente… Pero quiero que sepas que has actuado como un ser vil, torpe y cobarde. ¡Cómo me iba a imaginar que seguirías con ese tipo de “heroicidades” de dieciochoañero... Sí, claro, ya recuerdo. Tus amigotes se partían de risa, “Vaya tipo este Alejandro” comentaban divertidos, pero tú te quedabas a dos velas… Además debes saber que humillar no entra en mis planes, ni siquiera con supuestas gracias, ni siquiera un poco… Y ni siquiera al más pequeño de los grandes miserables. Has avergonzado estúpidamente a esa mujer sin ninguna gracia… Ella lo único que ha entendido es que eres un perfecto imbécil. Y lo eres. Estoy ahora rabiosa contigo… ¡Y has jugado deshonestamente conmigo! No sé cómo te atreves… ¡Qué decepción…! ¿Qué creías, que semejantes estupideces harían gracia a alguien?

- Vale. Bueno… ¡Para, por favor!  No exageremos - suplicó Alejandro algo avergonzado y empezando a asustarse al verla tan irritada…-  Se me ha ido de las manos, es cierto. No sé por qué ha sucedido así ¿No entiendes que yo no quería humillarla, que sólo quería ser ingenioso? Me ha salido fatal el numerito… ¡Déjame, por favor! Y a ver si haces ya las maletas…

 

Y mientras esto le decía se arrepentía aún más de las palabras dichas y de cada nueva palabra. Pero sabía que a pesar del mal rollo que se había creado quería recomponer como fuese la situación. Intentó para ello adoptar un tono que invitase a la distensión.

 

-  Y te podrías alegrar –prosiguió  entonces Alejandro- de ver como consigo ocultarte mis pensamientos cuando quiero, aunque seas una parásita… Muy gorrera por cierto: ni pagas casa, ni ropa, ni comida, ni neuronas ocupadas… Y te podrías complacer al comprobar como logro disimularte que tal vez era contigo con quien estaba flirteando...

 

A todo esto, seguían en la tienda y la florista empezaba a sentir verdadero miedo de aquel loco que ya parecía haberse olvidado de su presencia y discutía en voz alta consigo mismo, o con Dios sabe quién, de tan extraña manera. Por fortuna, menos mal, entró nueva clientela y la florista se vio con el coraje de pedirle al extraño personaje que saliera, por favor, de su tienda. Cosa que Alejandro hizo inmediatamente sin dedicarle una simple mirada. 

¡Y pensar cuántas fantasías había tenido nuestra florista con ese señor tan enigmático y atractivo! ¡Cuántas veces se había sorprendido a sí misma observándole de reojo! ¡Lástima! Qué pena descubrir que tras esa fachada sólo había un loco tal vez peligroso. 

 Algo parecido pensó Amartela: “Si supiera este torpe lo a tiro que tenía a su florista”. Y en seguida pasó a recordar  algunas palabras de Alejandro…

 

-¿Qué me ha dicho...? ¿Qué tal vez era conmigo con quien estaba flirteando...?” – se preguntó Amartela, a sí misma.

 

Y a continuación  se quedó pensando en las únicas palabras que la florista  habría podido escuchar de  Alejandro, ya que no habría podido escuchar las suyas. Hizo pues el ejercicio de rebobinar toda la conversación mantenida en la tienda, pero dejando anotadas en su mente tan sólo las palabras que la florista habría podido oír. Necesitaba percibirlo como ella y este fue el resultado:  

“-Pues…¡Rosas blancas…! Sí, un ramillete de rosas blancas… Y ahorrarme un montón de dinero en compras innecesarias... Además de ahorrarme tener que averiguar su horario… Los detalles de interés de su trabajo… Y por donde usted llega o se va de esta tienda… para algún día poder fingir un encuentro casual que dé lugar a la posibilidad de un rollo… ¡Mire señorita!  Mi interés máximo sería acostarme con usted un par de noches, aunque me puedo acondicionar a su horario. Me encantaría poderle hincar el diente en esas carnes blancas y prietas tan bien puestas que usted luce. Y nada más. Suficiente.

…/…

- ¡Ya ves, Amartela!

…/…

-He aprendido que el esfuerzo estaba en relación con el interés. Y siendo sincero, hasta aquí llego. 

…/…

- Vale. Bueno… ¡Para, por favor!  No exageremos. Se me ha ido de las manos, es cierto. No sé por qué ha sucedido así ¿No entiendes que yo no quería humillarla, que sólo quería ser ingenioso? Me ha salido fatal el numerito… ¡Déjame, por favor! Y a ver si haces ya las maletas…

…/…

-  Y te podrías alegrar de ver como consigo ocultarte mis pensamientos cuando quiero, aunque seas una parásita… Muy gorrera por cierto: ni pagas casa, ni ropa, ni comida, ni neuronas ocupadas… Y te podrías complacer al comprobar como logro disimularte que tal vez era contigo con quien estaba flirteando...”

 

Realmente delirante – recapacitó Amartela-. Pobre tonto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Despedida inaplazable

 

 

 

 

Al día siguiente, poquito a poco, como novios dolidos tras la resaca de un gran enfado, se empezaron a dirigir tímidas palabras. 

-¡Alejandro! 

-¿Qué? 

-Tengo que irme ya… ¿Lo concretamos? 

-Dime tú ¿Cómo lo quieres hacer? - Le dijo Alejandro ahogando el dolor que la inevitable despedida le producía-. 

- Mira, confío en que la solución para mi viaje de vuelta a mi mundo está en realizar un proceso inverso. Esto es, para consustanciarme, pese a que ya te tenía convencionalmente colonizado, tuve que aglutinarme en el fármaco líquido que te iban a inyectar. Ahora se trata de conseguir que alguien te extraiga sangre de manera que yo, previamente, me haya podido concentrar en ese lugar y en el momento exacto me abandone a mí misma hasta ser absorbida ¿Tienes algún motivo para solicitar un análisis de sangre? 

- No hará falta. Hice la mili en enfermería. Hasta ahí llegamos. Si te parece bien, ya que soy diestro, pincharé justo aquí – y se tocó un punto en la zona “yin” del antebrazo izquierdo; a dos dedos de las articulaciones de la muñeca, justo donde alcanzaba su cumbre una corriente venérea de dimensiones francamente considerables-. 

- Desde luego… No errarás con esas venas. 

- No. Tendrías que ver la cara de goce que se les ponía a las enfermeras de turno en cuanto me las divisaban. 

- Ya… 

- Bueno ¿Vamos a por la jeringa? 

- ¿En este momento? – Y ahora era Amartela la que parecía sorprenderse apenada- ¿Tanta prisa tienes? 

- Lo prefiero – dijo él, con el seco aplome de quien ya ha madurado y aceptado el ajusticiamiento-. No me gustan las despedidas largas. ¿Nunca has sentido el dolor de una ruptura?

- Pues mira, ahora que lo dices, el otro día cuando filosofabas sobre el Paraíso me trajiste recuerdos atormentados. 

- ¡Quéééé?¿Conociste a Adán y Eva? ¿Y a Lilit? – Se sorprendió Alejandro. Que le mencionasen el tema del paraíso fue como si le pusieran un dedo en la llaga. Desde su infancia, esta mitología siempre le había cautivado-

- ¡No hombre, no! Si fueras un poco más culto te lo podría explicar desde diferentes perspectivas con palabras de interesantes personajes de tu mundo. Como Jung, Huxley, Baroja, Unamuno… 

- ¿Me vas a recriminar ahora que la cultura no es mi fuerte? 

- No de momento… Sé que ese terreno no lo tienes perdido... Seguramente pronto te sorprenderás a ti mismo. Pero lo que te quiero decir ahora es que Adán y Eva, como otras muchas figuras, hechos y situaciones que se os han descrito del antiguo mundo, y por supuesto no pienso sólo en la Biblia, suponen desarrollos simbólicos que os deberían permitir interpretar caminos de luz... Aunque no es fácil visualizar la aguja de oro en el pajar... Quiero decir que, evidentemente, no todo lo legado por vuestros antepasados es asumible. Ni mucho menos...  

Mira, te lo intentaré explicar desde mi propia experiencia estática. A mí me atormentó la ruptura de los humanos con la naturaleza común… Tras su progresiva toma de conciencia… La “humanización” de los humanos, para entendernos… En esos momentos las fuerzas arquetípicas tuvimos que desplegar todas nuestras capacidades interventivas. De hecho, yo fui de las que se vieron más afectadas… No fue fácil el cambio, aunque ya teníamos la experiencia de otros mundos… Bueno, volviendo a la explicación y recurriendo a esa mitología del Génesis que tanto te atrae. Te quería decir que, si eres capaz de interpretar simbologías, el Génesis no tiene desperdicio. Así que te recomiendo su relectura con mente todavía más abierta. Podrás entonces percibir que lo importante no son los personajes, sino lo que representan. Que lo importante no es la historia literal legada sino la sabiduría que se desea ofrecer.  El conocimiento de que en un momento determinado, igual que se dio la primera flor en la naturaleza, se dio la chispa que iluminó la autoconciencia  del ser separado. Estaba escrito en la semilla del Universo que algún día ello ocurriría. Ello es maravilloso y trágico a la vez. La separación de la naturaleza y de los otros seres  significó la pérdida individualizada del paraíso. La condena de vivir en un mundo abierto a la soledad interior, al dolor, la muerte y el sinsentido.  Pero también en ello se anuncia lo maravilloso: la posibilidad de redención tras la oscuridad. Redención que se dará en cada humano cuando cada uno de ellos interiorice cognitivamente la ilusión de la separación. El proceso ya se ha iniciado de hecho, pero sólo iluminará la tierra cuando se alcance una determinada masa crítica. ¿Me sigues, Alejandro?

Alejandro permaneció reflexivo durante unos instantes antes de contestar. Le hubiese gustado proseguir con la conversación, pero realmente no le gustaban los largos adioses y, ciertamente no entendía lo que Amartela le explicaba. Así que dejó que el interés por el paraíso se relajase y volvió a centrarse  en el tema de la despedida…

-No. No te puedo seguir. Quisiera hacerlo, pero no puedo. Supongo que la ansiedad de este momento me impide entender mejor lo que me quieres explicar. 

 - Sí, tienes razón – asintió Amartela- No es el mejor momento para la filosofía. Pero no te preocupes, sé que este conocimiento te llegará por otras vías. En fin, volvamos al temita, entonces. Es el final... Aquí se acaban nuestras conversaciones… Y ya te he dicho que, a efectos personales míos, tú quedarás contabilizado como un fracaso. No me dejarán, si salgo de ésta, volver a comunicarme contigo directamente.

 - ¡”Salvo justa causa”! 

- No empieces… 

- ¿Ninguna manera entonces de volver a tener noticias tuyas? 

- Muchas. Indirectas… 

- ¿Muchas? 

- Sí. Nadie como tú para olfatear mi presencia… Nadie como tú para vislumbrar que estoy haciendo algún trabajillo por ahí cerca. Nadie como tú para rastrear indicios. Nadie como tú para aullar a la Luna llena, aunque esté nublado. 

- Un ejemplo. 

- Paseas por una vereda… Una pareja de jovenzuelos se besa mientras garabatean un corazón en la corteza de una vieja encina, te ven caminar hacia ellos y, avergonzados, dejan su rústica inscripción a medias continuando su apasionado deambular de mariposas alegres. Tú llegas a la altura del árbol y un golpe de melancolía hace que acabes de grabar el corazón en la corteza. Piensas de repente en mí. Entonces… ¿Para quién se empezó a grabar ese corazón? 

- Ya… Por favor, no me pongas más sensible… 

- Te quiero, Alejandro. Muchísimo más de lo que te puedo expresar… Y contra lo previsible y lo verosímil te voy a hacer una promesa sirviéndome de las palabras de un apasionado poeta ruso...

 

“Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto,

querido mío, te llevo en el corazón.

La separación predestinada

promete un nuevo encuentro.

 

Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,

no te entristezcas ni frunzas el ceño.

 

En esta vida el morir no es nuevo

y el vivir, por supuesto, no lo es

 

-Por Dios- espetó Alejandro sorprendido- ¿Por qué eliges unos versos cargados de esperanza en el reencuentro a pesar del drama de la inevitable separación cuando me acabas de decir que es el final? Me abrumas, no sé qué quieres realmente transmitirme.

- No sé cómo podrá ser... lo que no podrá ser – le respondió Amartela-. Tienes derecho a enfadarte conmigo.  Pero no lo hagas, por favor, yo misma soy consciente de mis incongruencias. No sabría cómo explicarte lo absurda que me siento en algunos momentos, cuando utilizando tu mente humana me aboco a disyuntivas contradictorias. Me entristece en momentos así mi torpeza discursiva… Pero lo cierto es que es eso lo que quiero transmitirte… Lo posible de lo imposible. 

- Déjalo… me quedo con ese punto de esperanza. Adiós Amartela. 

- Adiós Alejandro.

-Pero espera, espera un momento… ¿De quién son los versos que me has recitado? Creo que me va a gustar conocer a ese poeta…

-De quién son, no. De quién eran. Los escribió el poeta Esenin. Los encontraron junto a él tras su suicidio.

-Vaya… Y a mí que me habían parecido unos versos cargados de esperanza…

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Replanteamientos de Amartela, según “Renovación”

 

 

 

 

Imagino que es el mejor momento para que yo intervenga en esta historia. Alejandro y Amartela se acaban de despedir parece ser que para siempre. Sí, este es un buen momento para que cumpla mi cometido. Mi nombre es “Renovación” y soy una de las veinticuatro principales fuerzas supranaturales de rango máximo. Es decir, soy una confabulación arquetípica. Tú no lo sabías, pero ya has leído palabras mías en varios momentos de esta historia. Ahora lo haces de nuevo. La diferencia es que ahora doy la cara y quiero que me mires aunque no me veas. Para mirar sin ver el corazón es útil, puedes probar.

El motivo de mi intervención no es otro que el ruego de Amartela. Ella me lo solicitó con vehemencia humana antes de su regreso al mundo carnal. Sí, te estoy adelantando que Amartela estaba destinada a volver a la Tierra aunque ella en ese momento lo desconocía. Entonces, queda claro que acepté el encargo y Dios sabrá por qué lo hice. Lo que nunca le dije a Amartela es en qué momento lo realizaría. Tampoco ella me preguntó por ello, es decir, por el cuándo. Se ve que para ella lo importante era que el relato sobre su experiencia con Alejandro viera la luz y creyó que mi intervención era una garantía. Pero bueno, no te inquietes. No merece la pena y no es necesario. Lo que debe estimularte ahora es que estoy aquí contigo monologando directamente y mejor si lo aprovechas porque no pienso volver a hacerlo. Sí, aprovecha este paréntesis en la despedida. Realmente este es un buen momento. 

Y ya que tengo que intervenir para cumplir con la palabra dada, me voy a permitir enriquecer tu conocimiento ofreciéndote dos aclaraciones relativas a nuestras características esenciales. A continuación me centraré en la descripción del evento clave. 

Primera aclaración. Resulta que a las fuerzas arquetípicas además de no permitírsenos entrar en terrenos que no sean los propios, tampoco se nos está permitido referir a seres fenoménicos, como es el caso de los humanos, nada que resulte intelectivo sobre nuestras experiencias en ámbitos arquetípicos, a no ser de forma excepcional y justificada. Y este es un momento excepcional que reclama excepcionalidad, te resulte o no evidente. En cuanto a lo de la justificación, ahí ya me entran dudas. Sí en nuestro nivel también se duda. De otra manera, pero se duda. De hecho, los humanos dudáis porque nosotras dudamos. 

Segunda. Procede introducir la idea de que nuestro estado natural como fuerzas arquetípicas es el reposo, hasta el punto de que incluso a la hora de vernos obligadas a intervenir tampoco nos es esencial romper con este estado, de la misma forma que la diana atrae sin moverse a la flecha del arquero. Entonces fíjate en que aunque nuestra naturaleza sea de densa y magnética pasividad algunas fuerzas podemos pasar, en caso de que se estime conveniente, a la actividad proactiva o a la plena acción... Somos capaces, por tanto, de proceder a la inducción de la acción o, incluso, capaces de efectuar la intervención directa en el drama humano. 

  

Inicio, ahora sí, mi aportación libre relativa al evento clave:

 

Te cuento. Efectivamente, cuando Amartela volvió a nuestros niveles arquetípicos, delataba una horrible ansiedad. Creía que sería recriminada desde alturas superiores, aunque a la vez percibía que era precisamente a partir de esas alturas desde las que se le había empujado hacia la tremenda experiencia que acababa de pasar. Sin embargo, nada sucedía en ningún sentido: ni llegaba ninguna reprimenda ni se le aclaraba la posible intención divina. Tampoco ninguna de las fuerzas supranaturales podíamos informarle de nada (y no por no querer, sino por no saber de qué), a pesar de que su propia ansiedad se nos estaba contagiando y algunas de nosotras empezábamos a sufrir traspiés inusuales llegando al punto de tener que improvisar un Concilio de reflexión. 

En dicho Concilio, Amartela nos expuso:

 

“Escuchad. Sé que fluyen lamentos vuestros por causa propia mía... Sé de la invitación a la culpa. Pero yo nada podía hacer por mejorar la situación; puesto que me ha faltado capacidad para digerir mi última experiencia.

He estado reflexionando sobre ello y sé  que tengo que tomar una decisión. Entonces... examinando el potencial devenir de mi eternal esencia... creo que sólo se me dejan dos posibilidades: Elevarme, con el debido permiso, a un nivel contemplativo... o aceptar, también con el debido permiso, la consolidación de la bajada a un nivel experimental de choque; aun asumiendo perder mi condición supratemporal y aceptando para mí el dolor y la muerte. Tras profunda introspección he optado por la segunda opción. Sí. Asumo el mandato que creo entender de los cielos, el mandato de vivir como persona. De dejarme empujar por los atractores físicos y memorísticos que me permitan arrastrarme por el planeta Tierra con el adecuado nivel de estupidez humana. Es decir, con el punto de idiotez que en buena lógica pueda corresponderme.

Sé lo durísimo que esto es. Y ahora ya hago valer mi breve experiencia como exinquilino de un humano para realizar tal aseveración. Sé, lo tremendamente difícil que resulta poder vivir atrapada por los mencionados atractores propios de la condición humana y a la vez servirse funcionalmente de ellos. Pero tengo que hacerlo. Si no, cómo puedo superar mi propio nivel vibratorio. Qué ayuda tan estéril seré en un futuro si no consigo hacerme con la experiencia. Combinar lo eterno con la concreción espacio temporal… Si ya contabilizamos multitud de humanos que lo han conseguido, ¿por qué no voy a conseguirlo yo?

Decía aquel humano poeta, Blake, al que tuve la suerte y el goce de rondar en su momento: “La eternidad está enamorada de las obras del tiempo” ... ¿No soy precisamente yo, por mi esencia y mi misión, quien debiera ser uno de los más virtuosos forjadores del puente facilitador del amor entre el amante y la amada, entre la eternidad y las obras del tiempo, entre el Ser Único y la experiencia ínfima? Y para realizar el gran intento en la medida que pueda corresponderme... ¿No debe ser mi sublime gran acto de Amor, como fuerza arquetípica menor en proceso de ocaso, el ser capaz de amar en el tiempo y desde el tiempo? ¿De amar desde el ser material al ser material? ¿No ha de ser éste mi asignado cenit crepuscular? ¿Y No debo estar yo entre aquellos que entrelazan la noche con el día y el día con la noche...? ¿Lo luminoso con lo oscuro, lo oscuro con lo luminoso? 

Sí. Deseo volver al planeta Tierra para quedarme allí cuanto sea necesario. Es mi deseo profundo y auténtico. Ahora no puedo ya seguir aquí. Y estoy segura de ello porque se alumbra  en mi  etéreo  pecho que no me voy a equivocar. 

Desconozco si tras la muerte de Alejandro, que será la mía, volveré a alzarme entre vosotras. Pero no dudo, que si ello sucede, la unión arquetípica  Amor (a la que pertenezco), partícipe a su vez de la confabulación Magnética, brillará más intensamente...”

  

Amartela desapareció para todos en aquel instante. Sabíamos efectivamente que aquello tenía que acaecer. Ninguna suprafuerza bosquejó ni pasiva, ni inductiva, ni activamente… lamento, desdén o sugerencia, a excepción de “Perversa”; quien se permitió un comentario sagaz pero burlón y desagradable dada la trascendencia del momento. Reproduzco su comentario literalmente: “Vale... otra de encarnaciones… No sé si me recuerda más a los faraones o al Cristo”. Pero las restantes fuerzas presentes, de forma digna y aunada, supimos silenciar, despreciativamente, la irritación ocasionada por la burla; sin por ello renunciar a la posibilidad reflexiva superadora que el suceso propiciaba... 

Me recojo en este momento de nuevo a segundo plano, pues ahora te concierne leer algunas notas sacadas de los apuntes del Diario que Alejandro inició tras la despedida de Amartela. No obstante, antes de replegarme deseo nombrarte nuestros nombres que esa cuestión no es menor, algunos ya se te han dado a conocer.  Me limitaré a las Confabulaciones Arquetípicas, pues considerando todos los niveles superamos las seiscientas.

 

Los 24 nombres:

 

Alegría, Antagonia, Auténtica, Azar, Comunal, Equilibrio, Eternatempórea, Fundamento, Génesis, Intento, Justaliberta, Magnánima, Magnética, Matemática, Memoria, Numinosa, Orgánica, Perversa, Poesía, Posesión, Renovación, Sabiduría, Salud y Serenavigilia.

Cada confabulación está conformada por sus correspondientes  uniones arquetípicas y cada unión  por sus correspondientes potencias. Para que entiendas mejor... recurro a dos ejemplos: 

 La confabulación Serenavigilia está integrada por uniones arquetípicas tales como Silencio, Vigilia, Sueño, Acecho, Alerta…  

La confabulación Matemática  está integrada por fuerzas tales como Unidad, Distinción, Maternidad...

A su vez, de abajo a arriba, cada unión la integran sus correspondientes potencias. Por ejemplo, como ya se ha citado más arriba, la potencia arquetípica Amartela, se haya circunscrita a la unión arquetípica Amor, partícipe a su vez de la confabulación Magnética.

No te hablaré de nuestras formas, colores o niveles de vibración, para no distorsionar la esencia fundamental de este relato.

Ya está, nada más. Sinceramente no he disfrutado con este encargo.

 

Renovación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El diario de Alejandro -fragmentos-

 

 

 

 

 

  • 22 de agosto de 2003

 

“…Ya hace tres meses que he vuelto al trabajo. Al principio me daba vértigo volver. Náuseas… Pero comprendí que debía intentarlo. No las tenía todas conmigo. Aunque sabía que mi historia laboral era intachable para ellos y que si conseguía apoyarme en algún informe psicológico que no dejara dudas sobre mi vuelta a la normalidad, sería probable que me readmitiesen…” 

“…He alquilado un pequeño apartamento. Se trata de una de esas estancias ubicadas en la segunda planta de algunas de las casonas de “El Terreno”, que los señores de la alta burguesía de principios del XX ponían durante el verano a disposición de sus invitados. Tiene unas fantásticas vistas al mar y paseando puedo llegar a la playita en la que pasé tantas horas de mi infancia. Gracias a la amable panorámica, mi mente vuela... Rápida y ágil. Sí, vuela hasta “ella”... Y aún más allá...” 

 

  • 23 de septiembre de 2003

 

“…Me cuesta acostumbrarme a la rutina de mi nueva soledad. Así que hago todas las horas extras que puedo y soy el primero a la hora de apuntarme a generosas colaboraciones de tiempo. Por otra parte, me siento más despierto. Es como si a pesar de mis angustias y mis miedos cada instante me sintiera vivo al cien por cien. De alguna manera es como si hubiese vuelto a implicarme en normalizar una vida cotidiana pero llevando en la mochila la sensibilidad alterada de mi tiempo de vagabundo que a veces me permitía subir tan alto, sentir tan animalmente... Sí, no he renunciado a esa conexión primaria y directa con la vida. Es como si por una parte me diese miedo  la vuelta del “alterado” y, por otra, como si me gustase saber que fue real y que puedo volver a ser él si lo desease. En todo caso, sé que gracias a él… ¡Y a ella! he adquirido un nuevo aliento de vida…” 

 

  • 15 de octubre de 2003

 

“…No la puedo olvidar. Sé que todo es una locura, pero no la puedo olvidar. Intento llenar mi tiempo como nunca lo he hecho y ahora no sólo con el trabajo; también hago ejercicio en la playa, nado, corro, reflexiono, escribo un poco, pinto algún dibujillo sencillo y leo todo lo que puedo… Como nunca antes... También he empezado a ir a clases de inglés y me he apuntado a una asociación de Taichí. Me hace bien compartir espacios de formación con la gente, lo noto. Aunque no profundice en las relaciones. 

Una curiosidad. Tengo un sistema  para abrirme a nuevas lecturas  que me sale caro, pero que me está dando resultados: entro en las librerías, entorno la mirada y dejo que mi dedo índice izquierdo sienta el tirón de cualquier lomo. Mi compromiso interior es leerme el libro que mi dedo decida. Te diré que de esta manera, por ejemplo, acabo de leer dos libros que supongo que nunca se me habrían ocurrido: “las confesiones de san Agustín” y “Cómo vivían en Babilonia”. El primero me ha sorprendido, me ha gustado leerlo, permite meterse en su alma, sentir sus tribulaciones e inquietudes, su mundo; algo tiene este personaje que me permite vivenciarlo como un ser próximo. El segundo libro ha resultado ser una lectura complementaria para escolares… De todas formas, también me ha gustado leerlo. 

Otro día entré en una librería esotera y le solicité a la librera en un arranque:” Por favor míreme a la cara y recomiéndeme un libro”. Ni se sorprendió de mi solicitud, ni lo dudó... y me recomendó no uno, sino tres. El primero resultó ser una estupidez sobre “brujería y naturaleza”, pero los otros dos ya no los aparto de mi mesita de noche “energía y relajación” de Blay y “meditar” de K.G.Durkheim… Es curioso, me hace gracia como escribo este diario, parece como si escribiera para alguien…”

 

  • 12 diciembre 2003.

 

“…Doy vueltas y vueltas a las cosas. El mundo me parece cada día algo más sorprendente. La experiencia de “su colonización” de mi persona, de su encarnación en mí, me despierta muchísimos interrogantes sobre la forma en que “contactamos” en cada instante con “nuestra realidad”. Realmente mi querida Amartela me ha situado en umbrales de percepción y reflexión que nunca había visitado. Por otra parte ¡qué increíble! ¡Cómo puedo añorarla tanto!  Sin ojos que contemplan, sin manos que acarician… 

En fin, trascribiré algunas reflexiones que anoté ayer en mi “libretita de filosofía y playa”, porque como sabes me he armado de un cuaderno de reflexiones, donde me voy permitiendo divagar (“filosofar” casi me suena pretencioso). Aunque la verdad, no dejo de asombrarme de mí mismo, me cuesta dar crédito a que yo escriba este tipo de cosas. Quizás ella haya encontrado la forma de enviarme algún tipo de energía nueva para mí. Ahí va eso:

 

Cada día, cuando nos despertamos, nos encontramos, al menos durante microinstantes, en terreno de nadie. A veces nos habíamos acostado tristes y, a la mañana siguiente, nos encontramos naturalmente felices, animalmente felices ¡dentro de un cuerpo!  Pero casi de inmediato, segundos arriba o abajo, nos asalta la memoria. De sus numerosos compartimentos fluye prontamente el recuerdo global o sectorial de quienes éramos ayer. Nos acordamos del punto en que nos quedamos de la travesía. Nos envolvemos en el sabor de nosotros mismos. Cada amanecer, somos capturados por las fuerzas inerciáticas y cohesionantes de nuestra propia memoria, que en realidad no es una, sino diferentes interrelacionadas: La memoria de la mente, la memoria del corazón, la memoria del cuerpo… Y también las memorias de más allá de nuestra propia vida o piel: La memoria genética, las memorias de los seres con los que compartimos la vida, la memoria del mundo que nos envuelve…

Y nuestras memorias guardan en sus cajones infinidad de prendas. A veces ordenadas, a veces alborotadas: Problemas que fueron; sentimientos dulces o amargos de cuanto gozamos o padecimos; odios, indiferencias o amores; realizaciones o frustraciones; estrategias de lucha o mecánicas de retirada; miedos o esperanzas...

Cada día, cuando nos despertamos, nos asaltan las memorias; nos atrapan, nos controlan, nos protegen, nos someten... Nos cubren la mirada y los sentidos todos ¡Nos obligan a ver y sentir a través de ellas!

Asumo, entonces, autómata, la evolución “lógica” de lo que oía, veía, olfateaba y procuro mantener la coherencia con quien era ayer. Qué sentía hacia tal o cual persona, hacia tal o cual actividad. Cuáles eran mis valores… Mis expectativas… Mis conocimientos sobre... Mis relaciones con... Mis angustias y fobias de... Mis miedos a... Mis prevenciones con… Mis gustos por… Mis prejuicios sobre… 

Pero la energía que circula por venas, broquiolos, meridianos… Nutriendo, restaurando, impulsando... No sólo busca posibilitar que seamos capaces de continuar subsistiendo sobre el planeta Tierra. No sólo busca cohesionarnos y coherentizarnos para darnos continuidad. Busca  algo más. Busca algo extraordinariamente importante: la creación de lo nuevo, la sintonía con la voluntad del yo profundo que trasciende nuestra vida. Busca elevarse por encima de cualquier memoria carcelera. No sería posible el cambio sin que en cada instante y lugar no soplara el impulso de la transformación.

Y ahí arden entonces las llamas del permanente conflicto interior de los humanos (pero no exclusivo de ellos). Por una parte la Vida, el Ser, que quiere realizarse a través de nosotros u otras formas de existencia y que para ello debe servirse de las memorias, a la vez que siente el mandato de superarlas, de ir más allá de ellas, de no permitir que ninguna memoria impida el vuelo hacia la sacra diana. Aparentemente podrá fracasar el gran intento en las gentes concretas, en los pueblos, en el mundo, en las estrellas… ¿Pero acaso no encontrará siempre la creación un nuevo camino?

Así, en el caso de nosotros, los humanos, la fuerza esencial que se sirve de las memorias para convertirnos en seres física, anímica y mentalmente entroncados, con perfiles definidos y diferenciados los unos de los otros es la misma fuerza esencial que desea enseñarnos a trascender nuestras memorias y percepciones personales para hacernos capaces de lograr la identificación con lo Absoluto.

¡Qué ingente tarea la del pequeño yo! ¡Qué dificultoso parece poder ir más allá de la  conciencia esclava y sometida!

 

  • 29  diciembre 2003

 

¿Pero qué tipo de inteligencia puede ir más allá? ¡Realmente parece tan difícil abrir puertas en el muro…!

Creo que solamente  podremos ir más allá de ese yo sometido a la memoria si tenemos la  suerte de tener un hermano mayor interno, un hermano “gestor”, capaz de aplicaciones libres sobre ella… Sin ese gestor estamos condenados a “vivir dormidos”, errantes autómatas por más viajes que realicemos, por más química que nos metamos en la sangre, por más personas que conozcamos...

Sólo el gestor libre podrá trabajar con otros mundos allende esta franja de la realidad, sólo él sabrá facilitarnos el silencio de la memoria y su pequeña mente cómplice, dejándonos escuchar el mensaje del Universo. Sólo entonces podremos visitar lo que no se conoce recorriendo los desconocidos caminos… ¡Escapar de la memoria, mirarla sin juzgarla! Tener memoria sin "ser tenidos por ella". Manifestar en esta tierra la voluntad sintonizada... Compincharnos con el querubín custodio, el guardián del árbol de la vida.

  

  • 15 de febrero de 2004

  

"Febrerillo el loco", así le llama mi andaluza madre al mes que corre y me lleva... "Febrerillo el loco", me lo imagino un antiguo rey que fue joven y breve, de algún sitio como tal vez Hungría o los Cárpatos (si efectivamente caen por allá donde los imagino). Un rey de sonamiento notable que corría alocado sobre los lomos libres de un veloz caballo blanco, asustando a las muchachas en el río mientras sus tropa se batía en  otro lugar del Reino. O tal vez corriendo alocado sobre los lomos de las muchachas libres del río, asustando a su veloz caballo blanco...

Ejércitos de febrerillos locos me transitan, de punta a punta, de yin a yan, de noche a día... Febrerillos contra febrerillos, emboscados y entiznados, a cara descubierta y a corazón tendido. Inmensos paisajes de recuerdos, de anhelos, de suspiros, de llamadas…

Segundos sobre segundos, contrasegundos que son primeros y despueses; océanos de tiempos paralelos avanzando hacia el gran marzo de la primavera; enorme macizo de profundo verde, guardián inexorable tras el que se extiende el blanquiazul de la primera juventud.

Febrerillo el loco... ¿Dónde escondes los magnos miradores del tiempo eterno? ¿Dónde pararse a reposar y gozar del inmenso paisaje del ayer y del mañana?

Febrerillo, detente un poco y atíname un rincón donde tumbarme a contemplar... Tú eres joven y yo ya tengo mediana edad.”

 

  • 22 febrero 2004

 

¿De qué te culpas? ¿De que haya guerra en el mundo? ¿De irte haciendo mayor? ¿De no estar en algún lugar de no sé qué tipo de triunfo en el que supuestamente deberías estar a estas alturas de la vida? ¡Ojo! Si inconscientemente te estás penalizando por situaciones o hechos sobre los que no puedes intervenir conscientemente o no está en tu mano intervenir, probablemente estás hiriendo la vida que quiere circular libre y espléndida a través de ti.

Recuerda el texto que te pasaron el otro día (Desiderata): "tú tienes derecho a estar aquí, no menos que los árboles y las estrellas"

Tu responsabilidad es el constante permiso para la realización de la plenitud en y a través de ti. Déjate vivir y curar, te lo mereces. La vida desea lo mejor para sus criaturas, no la pares desde el pensamiento colonizado o desde la sensaciones colonizadas.

  

  • 23 de marzo de 2004

 

“…Al consultar el “I Ching” el pasado día diez ( cada vez me gusta más hacerlo... pues siempre me introduce en reflexiones positivas) salió “El ejército”. Podía significar “masa”, también “luto”. ¡Qué impresión después de saber lo que nos han deparado estos inolvidables 4 días de marzo! Desde el 11-M al 14-M: Terror, sorpresa, mentira, dolor, desconcierto, rabia, esperanza y  ¡reacción tras el luto! Me parece increíble la capacidad de algunos para mentir y para creerse las propias mentiras, para vivir dentro de ellas y tratar de imponerlas... Menos mal que la historia ya parece llevarse las sombras a su rincón... 

¿Y yo…?  …Sumo a todo, la terriblemente inesquivable ausencia. Aunque me sorprende la fortaleza que me estoy demostrando; tampoco ésta es una cualidad que hubiese tenido por propia…” 

Por cierto ¡qué bello y fantástico el poema introductorio de Borges a la versión  del “I Ching” de R. Wilhelm! 

...El rigor ha tejido la madeja

No te arredres. La ergástula es oscura,

La firme trama es de incesante hierro,

Pero en algún recodo de tu encierro

Puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha.

Pero en las grietas está Dios, que acecha.”

  

  • 24 marzo de 2004

 

Sorpréndete ¡Ya hago pinitos poéticos! Los atentados del otro día no dejan de darme vueltas en la cabeza y he querido expresar un sentimiento que sé que ya me asaltó cuando  murió papá... Y cuando estuve grave... Y cuando lo de las torres gemelas... Bueno, si te digo la verdad creo que también sentí algo parecido cuando murió Adela... Y cuando me separé de Ana... ¡Y cuando me dejó Amartela!  Me refiero al sentimiento de “la facilidad del morir”... Por cierto, creo que me va a gustar esto de la poesía... Parece que te permite expresar mediante el lenguaje descompuesto del corazón, lo que con el razonable lenguaje de la mente no puedes... Bueno... Dedicado a mí mismo:

  

¡Qué fácil es morir!

 

Sabía de la muerte...

¡pero no de la facilidad del morir!

Entre el pulgar y el índice apretados cabe el morir...

Entre la inspiración y la expiración...

 

Sabía desde tan temprano que había una muerte con mi nombre...

Un resquicio en el corazón de la noche me conduciría un día a la otra cara del misterio.

Como a todos los demás ¡vaya consuelo! se me facilitaría el gran pasaje

Mejor siempre sería después que antes

Mejor siempre sería lleno que vacío

Mejor siempre sería desde el amor hacia el Amor

Sí. Prematuro supe de la muerte y temprano la vestí de fiesta aunque no la deseaba.

Pero no sabía del morir...

De la facilidad del morir

La muerte sería de todos, pero el morir era y sería siempre de los otros...

¿A cuántos vislumbré morir reales e irreales?

Fotos, películas, noticieros, reportajes, historias, novelas…

Millones de tránsitos, de todos los tipos, de todas las tallas, de todas las edades, de todos los nombres

Millones de finales del mundo

Uno por ser.  No importaba planta, animal o persona

Bastaba con haber vivido.

 

 Sabía de la muerte...

¡pero no de la facilidad del morir!

Entre el pulgar y el índice apretados cabe el morir...

Entre la inspiración y la expiración...

 

  • 24 de mayo de 2004

 

¿Y qué te parece esta cita de un tal Tenesson, nombrada por Unamuno?: “Agárrate siempre al lado soleado de la vida”. ¿Y esta creencia de Spinoza?: “La naturaleza es Dios, si entendemos por Dios el infinito placer por la existencia”. 

Me encanta leer. No puedo entender que haya pasado tantos años de mi vida sin penetrar en los mundos que otros seres me ofrecían... 

Y me pregunto que debe saber Amarteloa desde allá donde esté, de mis cambios, de mis evoluciones… ¿Te acuerdas que alguna vez te aguijoneó por tu poca cultura?… Ya sé que uno no se culturiza por arte de magia, pero lo cierto es que realmente me siento avanzar y que estoy poniendo asombrosa pasión en el intento. A veces no sé si también esto lo hago por ella; pues lo cierto es que el continuo trabajo de la mente de alguna manera me hace sentir cerca de su ser... Es como si especialmente cuando me concentro meditando, escribiendo o leyendo... la sintiera muy próxima. Como si me acompañase realmente... 

Cosa curiosa es que a veces ya me descubro buscando reducir horario porque algún libro me espera en casa: ¡Qué maravilla el libro que ahora me absorbe “El amor en los tiempos del cólera”!... Creo que nunca disfruté tanto con una novela.

 

  • 12 de junio 2004.

 

“Me he acordado de Adela y de la conversación que tuve con Amartela y he vuelto a desempolvar los diarios de Papá. Definitivamente creo que papá amaba seriamente a Adela. Pero nada comparable a lo que Adela sintió por él. 

Me apetece transcribir aquí algunos fragmentos de los que hacen referencia a Adela o al contexto vivencial en que se escribieron. Corresponden al periodo inicial del viaje cuando el grupo de 80 oficiales marcha hacia el frente soviético sin tener una idea clara de exactamente cuál es su destino... Pues creían ir hacia Moscú mientras cada día de camino iban confirmando “el avance hacia la Polar”. Siempre pienso que debería poner en manos de un historiador estos papeles. Supongo que más de uno agradecería conocer los innumerables detalles de la vida cotidiana que se describen. A mí me ayudan a entender el momento global que papá franqueaba… Cuál era su mundo. 

¡Ah! ¡Atención! He dejado marcados con guiones en tira las palabras o fragmentos que me resultan completamente ilegibles, intentando respetar que el número de espacios coincida con el número de letras. Por cierto: Me choca que una persona que había pasado tanto tiempo en Argentina mantuviese las formas de expresión del norte de España…

 

  • Fragmentos del diario de papá

 

16 de septiembre de 1941

 

…/…

   Antes de la verbena me comunican que voy a Rusia.  Cierto, me entregaron el telegrama: “Próximo sábado día 20 se presentará Ud. en el Gobierno militar de San Sebastián a fin de incorporarse a la División Española de Voluntarios”.  Con otros seis, así se lo había yo solicitado  al Sr.  Coronel Hernández…

 

Un momento...  Un inciso sobre esta presentación como voluntario. Aunque papá no lo ponga en su diario, recuerdo que alguna vez, siendo yo joven, le oí comentar (aunque no parecía gustarle hablar de este capítulo de su vida y se limitaba a responder a nuestras preguntas lo más brevemente posible) que en verdad él no quería ir al frente ruso. Ni muchos de sus compañeros, pero que el “ambiente militar” les había “presionado”. (Bueno, entrecomillo las palabras no porque él las dijera así... Sino como para resaltar ideas... ¿Vale?) Todavía resuenan en mi cabeza aquellas palabras de “¿Quién se atrevía a no dar un paso al frente cuando te invitaban a darlo…?”. Entiendo que ello explica la reprimida contrariedad que delatan sus notas. Realmente no debía esperar que su solicitud de incorporación al supuesto frente de Moscú prosperase y poder entonces volver a Argentina… ¡Y casarse! O, espera, no estés tan seguro, no tiene lógica... Recuerda que tras la guerra civil entró en la Academia de artillería de Segovia. Ello no puede significar otra cosa que deseaba permanecer en España... Entonces no hay otra explicación que la de pensar que daba por supuesto que Adela vendría a España...

Prosigo con la trascripción de los fragmentos que me parecen clave:

.../...

Ya estoy camino de Rusia y con suficientes ánimos… que merman mis amigos con las caras tristes que me presentan.

.../...

Me preocupa Adela. Es lo que más me preocupa. ¿Quién se separa más tiempo de ella? ¡Cuándo ya se aproximaba nuestro feliz reencuentro, voy a Rusia!  Es para matarme.

.../…

Temo decirle la verdad, le daría un gran disgusto. Temo que hasta desconfíe de mi cariño.  Pienso hacerla seguir con el engaño y hacerle creer que estoy destinado en Vitoria, donde está mi amigo Elorza: le mandaré a él las cartas para ella, él les pondrá la fecha y se las mandará a Buenos Aires; igualmente, me enviará las que a mi nombre reciba en su casa o en su regimiento.  Veré cómo resulta esto.

Todo el mundo lo sabe a su alrededor y en especial nuestra común amiga Sandra, quien me ha de facilitar algún informe.

  

**Viernes 19 septiembre de 1941.

 .../...

Regreso a Gijón por la mañana con intención de tomar luego el tren de la una y media para Santander.  Me despido y preparo maletas.  Duermo en Santander.  La que encontré triste por el desgraciado incendio.  Escribo a Adela y le envío telegrama.

 

**Sábado día 20 de septiembre de 1941. 

.../...

A las nueve salí para Bilbao y, a las tres, de ésta para San Sebastián donde me presento en el Gobierno militar.  Escribo a Adela y le envío telegrama.

 

**Martes día 23 de septiembre de 1941.

.../...

 Salimos de San Sebastián llegando a Hendaya a las 3h.30, donde somos recibidos por una (-----)[12] alemana. Ya dejamos de ser lo que éramos, unos 80 oficiales (40 de Artillería) del ejército español; ahora pertenecemos al ejército Alemán.  En la misma estación nos dieron una especie de sopa de arroz. Permanecimos en ella un buen rato y luego fuimos pasando de diez en diez por la ducha y por la desinfección de ropa.

…/…

Llegamos bastante tarde al hotel y una vez allí, me dediqué a escribir cartas para Adela. Una para mandársela a Sandra, quien se la entregaría a Adela en caso de que llegue a saber la verdad.  En ella le propongo casarnos por poderes, si así lo desea; le hago unas recomendaciones y solicito perdones.  Mi deseo es aminorarle el disgusto en el momento o día que llegue a saber la verdad.  También escribo a mis hermanos les mando un telegrama.  Total, me dormiría a las 2 y me había de levantar a las 4 para tomar de nuevo el tren.

 

24 de septiembre de 1941

.../...

Pasamos todo el día y toda la noche en tren, llegando a Metz a las 9 de la mañana del siguiente día.  El desayuno consistió en café puro y pan con mantequilla.  Ésta en cantidad.

ATRAVESAMOS Francia sin la menor dificultad y a una magnífica velocidad.  Pasamos por Burdeos, Angulema, Tours, Orleans, Montargis, Senes, Troyes, Chaumont, Toul,  Metz.

Es digno de mención el aire con que nos miraban en las estaciones francesas ¡La depresión moral que sufren!  He podido ver lo rica que es Francia en agricultura, los formidables ferrocarriles y ¡qué enormes estaciones!

¡Y formidable organización alemana!  En cada estación, éramos esperados y nos daban (los enfermeros) rancho en frío, con tabaco y caramelos, té y café.

 

Jueves 25 de septiembre de 1941.

.../...

Llegamos a Metz a las 9 de la mañana. Nos dieron el desayuno, nos dijeron la hora del almuerzo, donde teníamos que lavarnos y donde podíamos cambiar los francos que tuviéramos por marcos (a 20 francos el marco).  Dimos una vueltecitas por Metz, tomamos una poquita cerveza y escribimos a nuestros familiares y novias (dejando las cartas al representante de falange). Me pareció una ciudad muy bonita y muy igual.

 

Viernes 26 de septiembre de 1941.

…/…

 8 de la mañana y en la estación de Grafenwöhr  -Nuremberg-.  Aquí, donde existía representación de nuestra división, es donde ignoran de nosotros, pues no nos esperaban.

…/…

 ¡Así somos los españoles!  Nos mandan de España, sin nadie que nos guíe y nos represente y sin norma alguna. ” Por las buenas”. Así es el resultado: unos morimos con gorra, otros con boina roja, cada cual como mejor le pareció...

…/…

28 de septiembre de 1941

.../...

Misa. Ha habido quien confesó y comulgó; a esto no me decidí, pues no me pareció bien esta confesión en la que ninguno de los dos se entienden, cada uno con su idioma.

.../..

Nos apeamos, nos hacen formar, descendemos unas escaleras y bajo los andenes fuimos bien vistos y mejor reídos; no ya como soldados, sino casi como prisioneros... Fuimos conducidos a la Cruz Roja donde desfilando de uno en uno nos dieron una sopa que nadie o casi nadie se tomó. Cruzamos nuevamente la calle y los raíles del tranvía y de nuevo fuimos vistos y reídos por soldados y oficiales alemanes y también por paisanos. Ya en el andén nuevamente vaciamos las marmitas y las lavamos en el tren. Nuevamente fue donde se escucharon manifestaciones de disgusto: “No hay derecho”. Tratar así a oficiales que, como nos han dicho, vienen a luchar “hombro a hombro” al lado de los alemanes. Lo que me indignaba más era la actitud del intérprete; colocado en el centro del arco que en nuestro desfile formábamos parecía querer imponerse y exigirnos orden.

Se le dijo a Martínez Aguilar que en tales condiciones no volveríamos a formar. A ninguno de nosotros nos importaría hacer todo esto luego de quitarnos nuestra banderita del brazo derecho. Lo haríamos muy silenciosos y pareceríamos oficiales alemanes y no españoles. El jefe de la expedición manifestó que no sabía que habíamos de ir a la Cruz Roja de tal modo. No es nuestro inconveniente volver a tal lugar siempre que en él nos proporcionen un comedor.

Yo preguntaba: si esta expedición fuera de oficiales alemanes ¿harían con ellos igual?

/…

Mientras en mi coche existían terribles discusiones y protestas, en el que nos antecedía, supieron ahogar éstas con recitales a cargo de Campuzano y, lo que es mejor, una exaltación a la Fiesta de la raza, Día del Pilar.

¿Cómo debe estar Adela? ¿Y mis hermanos?

 

**Martes. 14 de octubre de 1941.

.../...

Nace este nuevo día mientras seguimos rueda que rueda de nación en nación. Amanecemos en Alemania nuevamente, en la Prusia oriental. La primera población que en este paralelo (54) vemos es la Korschen (/cruce/), continuando marcha  a ¿Insterburg? donde logramos terminar el desayuno y asearnos en lo posible.

…/…

Es una lucha: carreras y saltos, toda la destreza y agilidad se ha de mostrar a la voz de ¡la comida! Hemos de ir a buscarla a los últimos vagones. Este tren es larguísimo y antes que terminen de distribuir se pone en marcha. A todo correr y brincar nos colgamos de los coches, subimos a los de tropa (o los de cocina o ganado) y, en otra estación o apeadero, ya con la marmita llena, corremos a nuestro vagón. Aquí comemos en compañía de quienes les tocó quedar muy tranquilos en espera. Igual problema ofrece el asearse y limpiar la marmita y los cubiertos.

…/…

La aventura de hoy de mi amigo no fue de gran encanto: “cuentan que se encontró con una chica muy bonita y a ella manifestó el deseo de una compra. Ella que con otras marchaba, al momento se vio sola con él y su amigo. Les acompañó muy amablemente a un establecimiento y a otro y al final... fueron ellos los que la acompañaron a la modista y a la estación para conseguir un billete para Königsburg a donde iría el siguiente día. De aquí, casi sin previo anuncio, pues aunque el Francés les auxiliaba algo no era este conocimiento o dominio el suficiente, les llevó a casa de una amiga (--------) Decía saldría en nuestra compañía. Silbó de un modo raro, aunque hermoso, al tiempo que subía los escalones que daban a la puerta. Desapareció… Y al momento tornó y les hizo pasar a la acera de enfrente para allí ser vistos por su amiga desde el balcón.

En el tiempo que ella estuvo con su amiga, ellos le quisieron (-----------  --------  -------------- --------- ---------) los sus deseos: ir al café o a… Más no les dio lugar a ello. Los tres de nuevo fueron al café y allí esperaron a la amiga que no se hizo esperar demasiado. Las dos hablaban algo el francés, parecían de buena familia aunque la de mi amigo tenía demasiado sucio el cuello (el agua en esta tierra está naturalmente fría). Allí estuvo mi buen amigo y ante la belleza de la singular muchacha se rindió; le firmó cuanto ella escribió en dos tarjetas de Tilsit, ------------ más tarjetas... y se prometieron escribir y casar al final de la guerra. Él estudiaría alemán durante ella, para así lograr entenderse. A la salida del café dice que hubo abrazos y algo más.

…/…

Esta noche tal vez haya sido la peor de las noches, no hemos dormido apenas, llovió muchísimo, sobre las doce nos cambiaron de vía y a partir de ese momento un desfile de soldados alemanes empezó a abrir y cerrar las puertas, sin prestar atención a nuestras manifestaciones de disgusto cuantas veces nos daban de ese modo la lata. Dos ----------- terminaron por fin en el pasillo; pero el desfile continuó.

 

  • 13 junio 2004

 

Y bien… ¿Qué crees? ¿Por qué de repente se hace el diario de papá tan ilegible, medio torpe, hermético y desestructurado? ¿Por qué de repente esa letra enmarañada tan diferente de la del inicio del viaje, esa letra que se desprende del boli a favor del lápiz buscando ejercer una presión mínima sobre el papel? ¿Y por qué desaparecen las referencias a Adela a partir de ese día?

 

Creo que papá lo estaba pasando mal al escribir. Realmente quería hacerlo, dejar constancia de las cosas, pero no podía. Pienso que le preocupaba que su diario pudiera ser leído... No sólo por las referencias a las tremendas tensiones que se estaban produciendo con el ejército alemán o al miedo al frente que se va avecinando a medida que el tren deja estaciones atrás. No, algo más sucedía ya en su corazón que lo aturdía y emocionaba al mismo tiempo. Si no ¿Por qué cuenta esa historia? ¿Por qué esas extrañas referencias a “su amigo” o a “mi/su buen amigo” cuando él siempre citaba en su diario los nombres?: “el coronel tal”, “mis compañeros tal y cual”, “la ciudad de…” ¿Y cómo podía alguien que no hubiera estado presente fijarse y contar detalles del tipo “parecían de buena familia, aunque la de mi amigo tenía demasiado sucio el cuello” o “silbó de un modo raro, aunque hermoso”? 

¿Quién era su “buen amigo”, entonces?  Creo que me queda claro que hablaba encubiertamente de sí mismo… 

Pobre Adela. Si hubiera llegado a saber qué pronto se derrumbó su recuerdo en el corazón del que ya se había convertido en oficial del ejército español (¡Y alemán! ) Qué extraña y subida fiebre le había producido la prusiana al joven Emilio! 

En fin, ya no podré preguntarle a papá por la veracidad de esta suposición…

De todas formas, otra cosa me extraña. Por lo que percibí de Adela, el tipo de mujer, su grado de pasión… No me cuadra en nada con la imagen que me proyectan ni el padre que conocí, ni el que  brota de sus diarios… No entiendo esa relación… ¡Me parecen de mundos tan diferentes! Si te digo la verdad entiendo mil veces más la “colgadura” con la “de la de Tilsit” que el platónico enganche de Adela. Me cuesta entender la relación entre el joven oficial Emilio, tradicionalista y franquista, y la joven Adela, culta, independiente y libre.  

¿Y que tengo yo que decir? ¿Qué tengo que interpretar? Yo, precisamente yo… El colgado de la mayor alcahueta del Universo… ¡Y tan ciego que es el amor!

 

  • 21 junio 2004 

 

Pero... ¡Espera...! Me parece que como investigador no funcionas bien... Seguramente, otra vez te precipitas... Las cosas no cuadran. Recuerda que la carta que te enseñó Adela  estaba fechada con posterioridad al viaje: Schutiní (o algo parecido...). Ya entrado el 1942. Significa que papá ya estaba en el frente... Y la carta me sigue pareciendo apasionada... 

Bueno, está claro que deberé encontrar tiempo para acabar la transcripción del diario... Y ello no es decir poco, pues cada párrafo me puede llevar muchísimo tiempo... ¡Minúscula y endiablada letra la suya! Escritura  super comprimida que para más tormento refleja muchas veces la falta de apoyo fijo. Seguro que a menudo escribiría de pie y sufriendo el traqueteo del tren en marcha. 

 

  • 30 de Junio de  2004.

 

Han pasado casi tres años ya desde que Amartela salió de mi vida. He luchado como gato panza arriba por explorar paisajes nuevos de la existencia. A veces me he sentido caer y a veces me he sentido claramente remontando con alegría y curiosidad cada nuevo acontecer. Mi cabeza está llena a estas alturas de toda clase de citas, de filósofos, de poetas... Citas y más citas… 

Asimismo he intentado, como bien sabes, renovar mis contactos con el mundo femenino, volverme a abrir a la posibilidad de establecer lazos.  Pero soy un desastre... 

Cada vez que me he encontrado en la cama con alguien, me he sentido horriblemente mal, arrepentido de estar ahí y avergonzado. Soy incapaz de tener relaciones sexuales sin amor. No puedo prácticamente ni rozar a mi acompañante… Y me revienen las palabras de Amartela advirtiéndome sobre la necesidad de no humillar jamás “ni al más pequeño de los grandes miserables”… Y me invento entonces las historias más patéticas. Ya sabes, como por ejemplo que “me he acordado ahora mismo que tengo que ir a buscar a mi madre para llevarla a unos análisis…” Ese tipo de cosas. Y lamento el desconcierto interior que produzco a la persona que me acompaña… Que no puede dar crédito a lo que sucede…

En fin. Esto es lo que hay. No. Miento. Hay más… 

El viernes pasado, no sucedió lo mismo. Es cierto que había bebido un poco más de lo habitual. Me acosté con esa vieja amiga de mi anterior trabajo tras la juerguecilla que se montó en la cena de despedida del gerente. Por cierto ¡qué sorpresa el que me invitasen...!  En el momento clave, parecía que la historia se iba a repetir, cuando de repente generé una fantasía: Amartela.

Mi Amartela”,  había colonizado a mi acompañante. Dentro de ese cuerpo estaba mi querida supranatural. De repente todo cambió. Perdí la cuenta; no te lo creerás pero creo que nos dieron las siete al tiempo de llegar al séptimo orgasmo.  Todavía no lo puedo entender dado mi pobre historial de los últimos tiempos. Entonces, ya ves, sí hay más… Sé que todavía estoy enamorado de… ¡Amartela! Mi Amartela, mi fuerza, mi pasión... El problema es que ahora mi amiga anda descolocada y cómo le puedo explicar que el sentimiento y la fogosidad vertidas tienen un origen tan ajeno a su persona. ¿Cómo le puedo explicar que es irrepetible?

   

  • 10 de julio de 2004.

 

El sábado por la mañana, volvía a la librería donde solíamos ir a buscar los encargos escolares hace ya demasiados años. He buscado a Baroja. Sí, ya sabes el porqué. No me costó encontrar “el árbol de la ciencia”. Lo devoré esa misma noche. Especialmente pensé en Amartela al leer este fragmento:

 

“-En eso estoy conforme- dijo Andrés-. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de la evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que lo rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida. ¿Se ríe usted?

Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día está dicho nada menos que en la Biblia. 

¡Bah! 

Sí, en el Génesis. Tú abrás leído que en el centro del Paraíso había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán? 

No recuerdo, la verdad.”

 

Unamuno se me está haciendo más denso. Fue nuevamente pura casualidad que diera con el texto al que “ella” se refería… Así es que te puedes imaginar como me sentí cuando frente a las estanterías de filosofía de la biblioteca pública, abro uno de sus libros  al azar “Del sentimiento trágico de la vida” y descubro:

 

“¿Quién no conoce la mítica tragedia del paraíso? Vivían en el nuestros primeros padres en estado de perfecta salud y de perfecta inocencia, y Jahwé les permitía comer del árbol de la vida, y había creado todo para ellos; pero les prohibió probar del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y quedaron sujetos a las enfermedades todas y a la que es corona y acabamiento de ellas, la muerte, y al trabajo y al progreso. Porque el progreso arranca según la leyenda, del pecado original. Y así fue como la curiosidad de la mujer, de Eva, de la más presa a las necesidades orgánicas y de conservación, fue la que trajo la caída y con la caída la redención, la que nos puso en el camino de Dios, de llegar a EL, y ser en EL…/…”

 

En fin, lo dicho: ¡Cuánto me gustaría escucharla ahora! ¡Cuánto me gustaría preguntarle! Aunque me respondiera aquello de “no estoy autorizada por la superioridad para hablar de según qué”. ¡Qué cuerpo tomaba el absurdo cuando me decía este tipo de cosas! Bueno, en todo caso, ahora le dedicaría una sonrisa de “mujer de la perla” y armado de bolígrafo le haría desembuchar toda la lista de autores que se han entretenido en elucubrar con la leyenda del Paraíso. En cuya puerta precisamente permanece nuestro querubín custodio del árbol de la vida. 

Sí, sobre todo le insistiría en preguntar por el guardián… 

 Ando rayado con la idea que me sugirió el programa de ayuda informático. Seguro que lo del Paraíso es de ida y vuelta.  ¡Voy a acabar torrado! Creo que me están afectando la soledad y el vacío… 

 

  • 12 de julio de 2004

 

Efectivamente. Me había precipitado en la interpretación del episodio de Tilsit... Ya no me queda mucho para acabar con la trascripción del diario de papá, pero me queda claro por sus anotaciones que bien entrado 1942 (el diario llega hasta abril de ese año aunque él permaneció en el frente hasta mayo de 1943) la relación con Adela seguía en su máximo esplendor... Así es que mucho me temo que me voy a quedar sin saber por qué y cuándo se produjo la ruptura... Decisión de la que Adela, parece, no tuvo noticia... 

  

  • 16 de julio de 2004.

 

Anteayer me sucedió algo realmente extraordinario que me tiene completamente en vilo, alarmado e intrigado. 

A las 10 de la mañana me llaman al trabajo. Escucho la voz tranquila de una mujer que me pregunta si no sé quién es. Le respondo que no. Me dice, asentando énfasis, que es “La florista”… Antes de acabar de contestarle  repitiendo ¿”La floris…”? ya se me ha ido la voz. Silencio. Y a continuación escucho: “Sabes perfectamente quién soy”. Lo sé muy bien, pero no puedo hablar. Lo sé muy bien... y tiemblo. Ella acaba: “Te esperaré el viernes a las diez de la noche en el bar Marítimo... ¿Lo conoces?”. Respondo: Lo conozco. “¿Estarás...?”. Respondo: Estaré.

 Casi no he dormido en dos días. Es la noche del viernes. Son las nueve y media… Apago ya el ordenador. En media hora habré salido, creo, de dudas…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una florista con regalo

 

 

 

 

La reconoció en seguida en la distancia. Recortada y solitaria silueta. Pensativa. Al amparo de la única palmera de la terraza. Sentada en una antigua silla de jardín a juego con la mesa de hierro fundido pintada de blanco. Con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas parecía murmurar palabras para sí misma. Era tal cual como si repitiese lecciones nerviosamente antes del examen o como una beata recitando letanías… 

Alejandro luchó por no perder la estética de la marcha, la verdad es que a pesar de los nervios hubiera querido correr hasta ella. Sabía que esa presencia le iba a cambiar nuevamente la vida. Y estaba dispuesto… 

Serena, así resultó llamarse nuestra florista, dejó de batir los labios en cuanto lo tuvo cerca. Su mirada reflejaba una intensa alegría… Un fulgor fresco y de lejanísimo origen que estremeció al recién llegado. Durante unos instantes desbordados, entre ellos solo existió esa mirada. Una mirada irisada por la que transitaban todas las preguntas, todas las certezas, todas las promesas…

 

-Alejandro - Le dijo ella al fin, arropándole las manos con la suyas-. Acércate... Más, por favor... Alguien quiere decirte algo.

 

 A Alejandro, el corazón le brincaba, realmente sintió posible el morir en ese instante. Y tal vez murió de verdad por unos segundos cuando escuchó como desde el oído interno de Serena le llegaban unas vibraciones tan conocidas, tan recordadas, las más amadas: “Hola, soy la Luna…” 

Alejandro no era capaz de subir a la superficie del llanto a tomar una bocanada de aire; se hundía, se ahogaba al escuchar de nuevo a su Amartela. 

 

-¡Respira, hombre! Que te me mueres y no he hecho yo para eso el viaje más largo.

 

Sin dejar de acariciarle dulcemente, Serena-Amartela le contó a Alejandro el último capítulo (del que ya estaba naciendo el primero de un nuevo ciclo):

 

-Vengo dispuesta a morir, Alejandro... por amor. Serena también lo está. En verdad ya somos unas fantásticas siamesas... Tiempo después de nuestro desgraciado encuentro con ella, estando yo rumiando la posibilidad de volver a ti e imaginando mil estrategias para poderte buscar “con permiso”, la focalicé una noche deambulando perdida y sola. También a ella le había la vida dado un vuelco que no era capaz de asumir. De hecho, en su cabecita no se veía más luz que la llamada del suicidio, la llamada del final. Tampoco yo veía la posibilidad de evitarlo. No creía estuviese al alcance de mi mano la facultad de ayudarla. 

Fue en el último momento cuando tuve una idea; la que evitó su autodestrucción. Ella ya se estaba inyectando la fatal sustancia cuando, tú ya sabes cómo, me sumergí en el interior de sus venas. Al primer contacto del líquido con la sangre y, a la velocidad de la luz, alcancé su centro de voluntad: Desde allí le ordené que tirase la jeringuilla inmediatamente. 

Sin embargo, a pesar de mi velocidad y destreza, no pude evitar que algo de droga le afectase. La pobre ya se había inyectado lo suficiente como para que se iniciase el proceso de alteración cognitiva. Pero inesperadamente este hecho resultó favorable a mis intenciones pues su mente chapoteaba en una franja de conciencia en la que no me fue difícil dirigirme a ella e iniciar, con todas las urgencias, un proceso de retoque y modificación provisional de diferentes zonas de su memoria.

Ahora me tocaba pasar al tercer asalto: debía abrir un inmediato proceso de seducción: Ella quería perder la vida; yo quería su vida para acercarme a ti definitivamente… Si es que en el terreno de la existencia se puede hablar en estos términos... 

Serena todavía no podía comprender lo que le estaba pasando; lo que la estaba salvando contra su propia voluntad… Y aunque ya estaba más allá del pánico y el horror, no dejaba de buscar inconsciente y compulsivamente el punto final… Yo le gritaba desde su interior ¡¿Por qué, Serena?! ¡¿Por qué?! …Y ella buscaba vomitar motivos, pero ya no podía encontrarlos. Justo era eso lo que yo estaba consiguiendo: cambiarle las claves de acceso a su memoria dolorosa. Impedirle de hecho el visitar determinados espacios de su memoria y funcionalizarle otros nuevos donde poder encontrar informaciones, sensaciones y sentimientos de amor hacia ti.

 En poco tiempo, Serena cedió a mi voluntad y al día siguiente se sorprendió amaneciendo en la húmeda arena de una playa a la que no podía ni tan siquiera recordar cómo había llegado. 

Te puedes imaginar los pacientes diálogos, por ambas partes, que tuvimos que afrontar durante los días siguientes. Lo que tuvimos que esforzarnos para que fructificara la nueva situación.  Pero lo conseguimos. Sí, poco a poco a Serena se le ha consolidado una nueva pasión por la vida. Ya no siente la necesidad del suicidio pues ha asumido que era suficiente con eliminar aquellos recuerdos que la empujaban a ello… Y cada día nos sintonizamos mejor… Y ella ya te ama como yo te amo… Pues, con su beneplácito, esto es lo que más radicalmente le inscribí en la corteza de su corazón.

 No ha sido difícil. Te sorprenderá, pero has de saber que en su momento, ella ya había sentido atracción hacia ti. De hecho, por este motivo quise acompañarte a visitarla. Está claro que  yo no esperaba que le montases el numerito estúpido aquél, claro.

Y para tu tranquilidad te diré que antes de solicitarle esta cita contigo le he vuelto a preguntar si deseaba que le anulase alguno de los nuevos recuerdos. Me dice que no… Que cree que siempre hubiese querido tenerlos...  ¡Todos ellos! 

-  Pero Amartela… Bueno, Serena…  

-  Cualquiera de los dos nombres me va a ir estupendo… No te preocupes. 

-  Así que… ¿Tú para Serena eres…? 

- ¡Varón, claro! 

- ¿Entonces? 

- ¡Pues “trío – reflejo”! 

- ¡Oh, Dios! ¡Jamás me lo hubiese imaginado! 

- ¡Pero te dejarás llevar…! Ésta es precisamente una de las cosas que más me encantan de algunos humanos. Cuando la intuición y la ilusión se os unifican, os dejáis arrastrar hacia lo nuevo, hacia lo que ni siquiera habéis imaginado. Algunos sabéis espontáneamente cuando es el momento oportuno de remover preceptos morales que se oponen a la renovación de la ética personal. 

- ¡Mi Amartela, mi serenidad! –babeó Alejandro desde su excitación-. 

 

Amartela pudo captar nítidamente la entrega que se habría a través de la exclamación afectiva y de alguna manera fue capaz de hacerle llegar a Alejandro el sentimiento de correspondencia. De corazón a corazón. No obstante, quiso proseguir con el diálogo.

 

- Por cierto… ¿Cómo ves a Serena? – le preguntó Amartela entonces.

- Me gusta mucho su mirada… -le contestó Alejandro percibiendo las esencias puras de la florista-. La siento refrescante y tierna.

 

Pero era mucho más que eso lo que le atraía de ella y Amartela lo sabía. Serena se sonrojó ligeramente. Realmente estaba preciosa. Había adelgazado, se la veía más estilizada y aquel traje de flores negras sobre fondo de noche azul acrecentaba su elegancia natural. Sin embargo aquella nueva delgadez no le había hecho perder ni una pizca  de fuerza a las sensaciones voluminosas que se proyectaban desde cada uno de sus centros de atracción corporal. Allí continuaban sus brazos fuertes, sus pechos densos y abundantes, sus nalgas de campeona de halterofilia reconvertida en lanzadora de jabalina… Alejandro hubiese querido detenerse a observarla con tranquilidad pero reprimió su impulso para evitar el descaro y continuó, cambiando el tema, como si desease “normalizar” cuanto antes el tiempo nuevo y, a la vez, como si su última conversación con Amartela hubiese sucedido ayer mismo:

 

- ¿Sabes que leí a alguno de los autores que me mencionaste? 

- ¿Y? 

- Tengo tantas preguntas… 

- Uhmmm, piensa que ya tengo que empezar a neutralizar la mayor parte de mi memoria. 

- ¿Qué has dicho? 

- Es necesario. Intentaré quedarme con la sabiduría posible, pero sólo con los recuerdos básicos para mi nueva vida. Si no lo hago así, la inmensa cantidad de experiencias vividas y de experiencia acumulada podría haceros daño a Serena y a ti… También a mí. Tengo que ir renunciando a la información biológicamente inútil.

 

Alejandro, para su propia sorpresa, entendió en seguida lo que Amartela quería decirle. Ya había tenido ocasión de leer algunos autores que le habían transmitido esas ideas. Ciertamente, sin esas lecturas no hubiese podido concebir el concepto de “información biológicamente inútil”.

No obstante, y a pesar de la alegría del reencuentro, el anuncio de Amartela de que pronto renunciaría a la información biológicamente inútil, le contrarió. Durante el tiempo de la separación, había reflexionado lo indecible  y ahora le costaba aceptar que  Amartela no fuera a ser capaz de aclararle profundas dudas filosóficas. Así que a pesar de tener miedo a romper el hechizo del momento, no pudo menos que intentar que Amartela le transmitiese algunas gotas de su sabiduría antes de que ya no pudiese hacerlo.

 

- Te entiendo, Amor. Pero te ruego que no finalices tu proceso de humanización todavía. Al menos no del todo. Deseo aprovecharte. Sería un gran regalo para mí el que me pudieses facilitar algunas. En concreto he reflexionado mucho sobre las simbologías ocultas tras la leyenda del paraíso y vislumbro que es posible volver a él. ¿Me podrías ayudar a negociar con “el custodio” la vuelta al Paraíso? 

- ¡Alejandro!... ¿Te estás convirtiendo en el típico esotera sonado? 

- Tal vez. ¿Pero crees que Baroja, Unamuno y tantos otros también eran esoteras sonados por haber dedicado algún tiempo a plantearse este tipo de cosas? 

- ¡No! De todas formas a más de uno, y no me refiero precisamente a los dos a los que te has referido, se les olvidó que el cerebro también tiene una función primordial en los humanos… ¿Vas a ser tú uno de ellos?… Procura decírmelo ahora por si me tengo que ir preparando. 

- No, supongo que no… Ya sé que me estoy comportando como aquella madre que al volver su hijo de la guerra y cruzar éste el umbral de la puerta de entrada de la casa, tras años sin verlo, le gritó antes de darle un abrazo: “¡No pases... Espera un momento que se seque el suelo!... Es que acabo de fregar”. Pero tú me has introducido, tal vez sin pretenderlo, no solo en un mundo de amor alucinado sino también en el de la filosofía. Y sé que si no te lo pregunto ahora mismo tal vez ya nunca tendré una nueva oportunidad... Tú misma me confirmas que quieres desprenderte de la mayor parte de tu inmenso arsenal memorístico… Y yo quiero unas migajas de él antes de que lo hagas… Así que, por favor, espérate, mi amor, a que el suelo se seque y cuéntame sobre el custodio. Sobre el guardián del paraíso. Realmente me interesa mucho ese tema y le he dedicado muchas horas de reflexión. 

- ¡Esperaré a que se seque…! Aunque me hace avergonzar la poca sensibilidad que estás mostrando hacia Serena... Piensa que ella también está aquí, aunque ahora me escuches desde su cuerpo. No olvides su mente y su corazón que también están aquí ahora, con nosotros. 

- ¡Nooo, por favor! – atajó Alejandro-. No digas eso... Es como si de alguna manera supiese que me entiende y que no le importa que eche un poco de agua fría a este momento maravilloso. ¿Me entiendes Serena? 

- Sí... Claro que te entiendo -le contestó ésta, alegre, mientras tiernamente apartaba el mechoncillo de cabellos grises que dividía la frente estremecida de Alejandro- No te preocupes... Yo también esperaré a que se seque... Además, ya me está intrigando esa historia del custodio…

 

El amoroso gesto de Serena hacia Alejandro y la intensidad con que lo observaba evocó en Amartela el inesperado sabor de un desagradable sentimiento... Demasiado bien sabía que se trataba de una degustación imprevista de celos humanos... Se percibió inquieta y confundida, no obstante, Amartela prosiguió firme.

 

- Bueno, te contesto. Presta atención. La gente de ahora suele pensar que la creación fue eso que llamáis el Big bang… Una especie de estallido bestial e indescriptible que se produjo hace miles de millones de años desde el que se expande aceleradamente un universo. Cuando en realidad, la creación no fue sino que es. Y digo “es” porque la creación es un estado permanente. Cualquier momento es la creación. El instante que separa el Big bang del estado previo al Big bang es tan fino e ilusorio como el puente que separa la vida de la muerte. No existe un más allá de la creación. Todos vivís al filo de la creación. La creación es el lugar donde ahora está puesta la aguja de percibir para un ser temporal. Para un ser temporal, aquí y ahora suena lo nuevo. Todos vivimos al filo de lo nuevo. Siempre ha sido y será así. La creación es permanente y participa de la eternidad.

El Big bang sólo es un tiempoespacio de extraordinaria actividad expansiva de un determinado universo percibido desde la perspectiva de un ser concreto, diferenciado, temporal y culturizado, producto a su vez del mismo Big bang que ahora quiere desentrañar. Pero en realidad, el espacio y el tiempo no existen más allá de la creación. El espacio y el tiempo también son “criaturas” de la creación. No existe entonces un antes o un después de la creación. No puede haber nada más allá. Si lo hubiese significaría que hay creación más allá de la creación. Eso es insostenible. El Big bang no viene de una nada anterior. La nada es un absurdo, la nada simplemente no es, porque Todo es. Así que la creación no ocupa un tiempo ni un lugar, porque todos los tiempos y todos los lugares están en ella… Es difícil explicar… En realidad el Universo de universos no ocupa un espacio, ni un tiempo. Contiene espacios y tiempos. No es grande ni pequeño. Simplemente es. Desde esta óptica se puede entender la paradoja de que siendo este universo de hoy impresionantemente más grande que el de hace miles de millones de años, sin embargo, no ocupa más ni menos. ¡No ocupa nada y lo ocupa todo! Tal hoy como entonces. La eternidad vive en la nada.

La perspectiva humana desde el punto de observación de las formas diferenciadas y temporales lleva a las personas a sensaciones equívocas. Las personas creen, por ejemplo, que la gente del pasado ya no vive o que los que no han nacido tampoco. Cuando están en su tiempo espacio tan vivos o muertos como lo estamos nosotros ahora. Simplemente no están en el punto desde el que la forma concreta que ahora soy actúa como aguja de percibir. El pasado y el futuro no están en otra parte porque simplemente no hay otra parte. Si se fuesen a otra parte saldrían de la creación y ya hemos visto que eso no es posible. Todo y todos estamos unidos eternamente, aunque el sueño de Dios quiere que nuestras equívocas percepciones ocupen su tiempo-espacio en la creación. El sueño de Dios quiere que cada ser fenomenológico viviente, humano o no, se autoperciba deslizándose sobre un punto espaciotemporal de la creación eterna. Siempre acabada. Piensa en un antiguo disco de vinilo. La música siempre suena en un punto. Pero el disco ya está completo. Puedes llevar la aguja hacia adelante o hacia atrás tantas veces como quieras. Si la pones atrás, la aguja no sabrá que ya había estado delante no sé cuántas veces. El arte supremo florece en conjunto pero la percepción de los sentidos se produce secuencialmente. Instante a instante. Pero los instantes no están sueltos. El collar necesita todas sus perlas. Los sonidos y silencios anteriores y posteriores al lugar, al punto exacto donde se halla la aguja, son necesarios para el goce que permiten nuestros sentidos. Sin esa anterioridad o posterioridad no existe la obra… No existe el collar. Pero… ¿Cuántos discos iguales o diferentes puede haber con las agujas en idénticos o distintos lugares? ¿O cuantas agujas pueden estar sonando en diferente posición en el mismo disco? 

Alejandro escuchaba a Amartela con toda su atención. Estaba fascinado con aquello que escuchaba y cuya comprensión difícilmente atisbaba, pero se preguntaba por qué le contaba todo aquello ahora cuando su pregunta había sido muy concreta y muy otra. Dudó entonces si era mejor dejarla continuar o mejor intentar que se centrara en responderle. Al cabo, optó por lo segundo.

 

- Me alucina lo que cuentas -la interrumpió un tanto melindroso- y me gustaría de verdad saber más… Pero no entiendo por qué no me respondes. Mi pregunta era si es posible volver o no. Si hay posible negociación con el custodio o no. Me gustaría saber si en el caso de que la leyenda bíblica encierre en su simbología informaciones reveladoras y verdaderas, sería posible volver allí. Al paraíso. ¿Existe algún puente? Me gustaría saber quién o qué es en realidad el ángel custodio. Me gustaría saber si es posible que nos readmita y que las puertas se abran de nuevo para nosotros. 

- ¡Pesado Alejandro!… Entiendo que no veas la relación con la respuesta que te estaba dando, pero confío en que más adelante lo entiendas.  Lo que te estaba contando tiene mucho que ver. Tener una visión global te puede ayudar a entender la simbología del paraíso. Bien, me explicaré de otra forma. Aunque todavía no sé muy bien lo que tienes en la cabeza cuando me expresas tanto inerés por el Paraíso. ¿Qué es un paraíso? ¿Un vergel maravilloso donde vivir eternamente entre amistosos animales libres, necesidades resueltas, alucinaciones fantásticas y sexo a discreción? Para mí el “Paraíso” es poder “ser” en paz, desde la dimensión en cada uno se halle en el sueño de Dios, desde el punto en que cada cual suene en complicidad con el universo entero. Libre y consciente como ser formal pero siempre enraizado en la realidad sacra que trasciende las formas. Por ejemplo; estar ahora aquí, atenta y contemplativamente, plena de mí, sintonizada con la vida, recibiéndote... Participar de esa creación de la que antes te hablaba. Dejar que Dios me sueñe, sin oponer resistencia. Maravillándome de ser él a través de una forma diferenciada o una energía autoconsciente concreta. Ser yo aquí y ahora sin dejar de ser una criatura del reino de los cielos, eterna e iluminada.

-¿Quieres decir que para vivir en el paraíso hace falta tener un cuerpo, una forma?

-Para vivir en el paraíso, en el sentido que yo le estoy dando, solo hace falta que un ser, material o inmaterial, con forma o sin forma, se vuelva transparente al gran misterio y las luces arcoíricas de su mundo no supongan  fronteras con la luz primordial. El Paraíso o el Infierno no son lugares ajenos a ninguno de los seres, ni son un territorio, ni implican un tiempo consolidado. Ni el ángel custodio está en un lugar determinado. Lo llevas tú dentro, sobre todo... Cuando te abres a él ¿No conoces a ángeles que transitan infiernos humanos y demonios que deambulan por supuestos paraísos? Los ángeles son ángeles porque no se desprenden de su paraíso interior y seguirán siendo ángeles mientras no se desprendan de su paraíso interior... Y los demonios son demonios porque no se desprenden de su infierno interior y seguirán siéndolo mientras no hagan lo propio. Tal vez – continuó Amartela con cierto tono humorístico-, un día te sorprenderás con tus clavecitas... Vendrá tu particular ángel custodio, que se parecerá más a un especialista mecánico o informático que a un ser espiritual, con un manual de instrucciones en la mano y te dirá: Toma, aquí tienes el libro “Metodología de acceso para seres de transición”. Te entregará aparte la reluciente post-data en la que podrás leer: “Y ya no seas tan pesado”. Y cuando te vea la cara de póquer, te rematará diciéndote: “el problema no es sólo la memoria que se almacena, cómo se accede libremente a ella y cómo se gestiona... El problema también está en cómo gestionas tu memoria del presente y tu memoria del futuro…” 

-¿Quéé? ¡¿Mi memoria del presente y del futuro?! 

- Claro. No sé por qué te sorprendes. Recuerda que ya has escrito alguna elucubración que se aproxima muchísimo (¡enhorabuena!) a lo que te digo. Piensa que en cada momento te están sucediendo cosas... Piensa en que continuamente estás introduciendo en tus recipientes memorísticos no sólo registros de las cosas que te pasan, sino también estás cargando registros sobre procesos de resolución… Si no eres capaz de revisarlos en las próximas situaciones, se convertirán en autómatas inerciáticos que te llevaran a resolver una y otra vez de la misma manera, que quizás ya no sea tu mejor manera… Como ríos que circulan ciegos por cauces que se han vuelto desbordables por la erosión temporal. Sí, ya ves que tu memoria del presente no es más que esa memoria carcelera que te lleva para bien o para mal a resolver tu actualidad en función de tu pasado. Cuidado entonces y recuerda el consejo de Epícteto: “Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas ante lo que te sucede”. No te dejes, por tanto, infectar con el virus de las valoraciones negativas ante las adversidades, pues estas valoraciones también se convertirán en memoria. Tu memoria ante los nuevos presentes del futuro, una memoria que no te ayudará. Es muy importante entonces decidir qué guardas y cómo lo guardas. Un mismo suceso puede ser guardado como algo nutritivo y bueno, que nos aportó y nos hizo aprender o puede ser guardado como resentimiento o cualquier otro filtro inerciático dañino.  Igualmente te dirá tu custodio especialista que la memoria del futuro no sólo se carga con las nuevas memorias del presente sino que también se va nutriendo de las proyecciones sobre tu futuro, sobre tu destino... El tipo de cosas que intuyen las pitonisas... Así que también ojito con lo que ahora te estás contando a ti mismo sobre tu futuro.

-Yo a eso simplemente le llamaría proyecciones personales… Es bueno tenerlas, creo. No lo veo mal, aunque entiendo tu advertencia…

-Bien entonces, en esa advertencia quiero poner el énfasis. Nacéis con vista para mirar el aquí y el ahora pero también para mirar hacia la distancia y alinear vuestros pies en la dirección elegida. Pero es preciso tener cuidado. Poner atención. Con esa intención le llamo memoria del futuro. Porque durante la vida os contáis muchas cosas sobre quienes sois y hacia donde vais. Qué logros pretendéis o a qué le tenéis miedo. Y os mantenéis alerta hacia todo ello.  El problema está en que muchísimas veces vuestros sueños son proyecciones condicionadas por vuestra historia y las cosas que os habéis repetido montones de veces. Ya ves que peligrosa o benéfica puede ser esa memoria del futuro que interactúa con las memorias del presente. Viento a favor o en contra. Tal vez esas proyecciones que vienen de tan atrás ya no deberían interesarte y sin embargo lo hacen. Es como si hubiesen tomado vida propia. Por eso es importante sentir quienes sois al desnudo, hoy. Qué queréis ahora en este tiempo. No es fácil. Tal vez estés luchando por ser un profesional afamado cuando en realidad tu yo profundo sintonizaría hoy mejor con el pastor de cabras. Necesitas sentir, desde la serenidad, desde la paz, desde el aquí ahora, desde cada paso gozoso… Luego ir dejando que el destino te estire. Como en un paseo por la naturaleza. De repente un grupo de árboles te llama, algo percibes. Cambias el camino, aflojas el paso y te entretienes hablando con ellos, respirando su atmósfera. Si amas la vida y te mantienes en calma y confianza todo será más fácil. Instálate en tu paz interior mientras viajas. Nada que recriminarte. Todo que agradecer. Supiste gozar el camino, supiste escuchar, cambiar la ruta según tu corazón deseó. Si te mantienes en la placidez anímica, la voz de la diana se escuchará más nítida.

-Pero escucha, Amartela ¿Qué pasa si un día descubres que te equivocaste con tu vida? Que ya es tarde, que te has hecho demasiado mayor para poder alcanzar un sueño verdadero ¿Qué pasa si un día alcanzas la quietud contemplativa que te permite escuchar a la diana de la que hablas, pero resulta que ya la flecha está a punto de caer y muy lejos?

-Tarde o temprano siempre será una suerte el descubrir que te equivocaste si ello implica que te has abierto al aquí y ahora. Siempre será un buen momento para dejar que te ilumine el reino que no es de este mundo. Por muy lejos que te parezca que va a caer la flecha si su vuelo deja de estar dirigido por tu ego no errarás el blanco. Resultará que la diana, misteriosamente, no estará donde hasta ahora habías supuesto.

En definitiva, sucede que todos necesitamos vernos desde la calma contemplativa interior, libres de rutinas inerciáticas y automatismos memorísticos; tal cual somos. Sin egofantasías distorsionadas ni autoflagelos contraproducentes. Ello no implica que dejemos de “soñarnos” ni que prescindamos de las autorevisiones. Nada más lejos. De lo que se trata, te lo repetiré, es de que nos tratemos a nosotros mismos y nos soñemos desde la paz, la calma, la verdad interior, la libertad y la pureza de miras. Desde la percepción profunda del presente. No es interesante crear un futuro en el que no pueden vivirse los presentes. Si amas el momento y lo profundizas, las puertas del paraíso se irán abriendo más y más. Volverás en vida a la eternidad.

Y eso es ni más ni menos a lo que aspiro en mi nueva fase como humana, a pesar del dolor y la muerte. Quiero gestionar lúcida, libre y en paz el presente y participar así en las fiestas de la contemplación, de la admiración, de la creación y de la recreación...  En constante apertura al reino de los cielos ¡Este es el Paraíso que yo elijo! ¡El que casi todos los humanos podríais tener al alcance de la mano sin necesidad de estar continuamente persiguiendo objetivos egolátricos decididos por una mente colonizada! No será siempre fácil. Lo sé. Nunca lo ha sido. En todo caso no caeré en la trampa de intentar convertir primero a ”Dios”, “el paraíso” y “la felicidad” en piezas de caza y luego en propiedad privada...  Dios, el paraíso y la felicidad desaparecen cuando pretendes asirlos. La única posibilidad es irse abriendo más y más a las profundidades del presente. Ahí tal vez quieran encontrarte a ti; ese Dios, ese paraíso y esa felicidad.

- Ya... -le interrumpió Alejandro-. Pero yo me cruzo cada día con decenas de humanos para los que el cambio es imposible. No tienen las mínimas condiciones para que les pueda florecer iluminación alguna... Tampoco existe para ellos ninguna realización al alcance de la mano... Ningún camino posible al paraíso, lo concibas como lo concibas. 

-  Cierto... y a la vez no. Resulta que no puedes valorar a otro ser humano como una foto estática. Alguien que se hubiese cruzado contigo hace unos años podría haber pensado eso de ti… y se hubiese equivocado. Yo así lo creo. Por otra parte, aunque las revoluciones individuales o iluminaciones personales suceden siempre a cada cual, tienes que pensar que también eso es apariencia. Sois un ser colectivo, un organismo único. Que a su vez está conectado a toda la creación. Cuando la transformación de individuos alcance una masa crítica, no habrá persona aislada que quede al margen.

Sin embargo, mirado desde el punto de vista aislado, puedo entender tu errónea apreciación. Hace miles de años que de diferentes maneras los humanos sois víctimas de vosotros mismos. Os habéis dejado atrapar por concreciones organizativas, económicas y sociales, desde diferentes formas de sumisión y servidumbre personal. Habéis sido y sois atrapados por diferentes tipos de tiranía. Según los lugares y las épocas. Llámale despotismo tribal, esclavitud, feudalismo, dictadura igualitaria, capitalismo… Siempre diferentes en el grado y tipo de atropello, pero siempre iguales en algo: humanos colonizados interior y exteriormente. Humanos física, jurídica o mentalmente sometidos a los intereses de los dominadores. Intereses instrumentalizados a través de creencias culturales, religiones, leyes, usos, costumbres… 

En vuestro caso, a la inmensa mayoría os ha tocado vivir sometidos al sistema capitalista, que aunque ya es centenario, no podrá durar mucho más sin transformaciones profundas. Tal como es hoy solo puede sobrevivir con una economía en crecimiento continuo. Por ello, como un cáncer, está destinado a morir matando. Ha triunfado sobre las mentes humanas y las sociedades pero eso tiene un tiempo, siempre y cuando se reaccione. La desigualdad injustificada, los conflictos entre los centros de poder político y económico mundiales, la miseria, la enfermedad innecesaria, el olvido y el abandono de multitudes sin esperanza y, fundamentalmente, los daños a la naturaleza; querrán necesariamente acabar con él. Cuestión de tiempo. ¿Podréis, llegado el día, encontrar un camino de liberación para la humanidad en sintonía con las leyes de naturaleza? Yo confío en que sí. Sólo eso podrá salvaros. Como ves, también para la subsistencia de la especie será necesaria esa masa crítica de la que te hablo. Y si no es así. Si no alcanzáis la masa crítica necesaria para el cambio colectivo a tiempo, tampoco te preocupes demasiado. Todo alcanzará su sentido en otra dimensión. Te estoy hablando entonces de dos revoluciones paralelas y complementarias. La espiritual y la social. Para un salto evolutivo de la especie, las dos deberán encontrase  e ir de la mano. Ya ves entonces que tu propia transformación interior está ligada a la transformación social planetaria. Si me preguntas cuándo sucederá exactamente todo esto, con qué ritmos…No podré responderte. No está en mi mano hacerlo.

Entonces, volviendo a tus palabras, desde ese punto de vista concreto y aislado, es verdad lo que dices. Durante un tiempo todavía indefinido, infinitud de humanos no podrán realizarse conscientemente en esta vida. Y para el resto de humanos, aquellos más elevados y conscientes de la sacralidad del instante eterno pero que sin embargo no lleguen a vivir el gran salto colectivo, las únicas revoluciones a las que podrán acceder en el tiempo de su vida, serán las progresivas revoluciones personales de las que hablamos. Y son éstas, en definitiva, las que algún día, como ya te he dicho, pueden permitir alcanzar una masa crítica suficiente para el gran salto. En definitiva, te estoy diciendo que sólo la liberación personal y la transformación interior de una masa suficiente de personas puede atraer la definitiva revolución que conllevará el entender nuestra unicidad cósmica. Gandhi expresó bien el camino con aquella frase de: “conviértete en el cambio que quieres ver en el mundo”. Sí, la responsabilidad individual con la transformación no es solo fundamental para cada uno; es fundamental para la especie.

Así que recuerda que, aunque pelees por mejorar las condiciones de vida, las tuyas y las de los demás; nada te liberará de tu responsabilidad con tu propia transformación ¡La responsabilidad de conseguir “andar llegado”!

 Ello supondrá que, a pesar de toda tu compasión por la humanidad sufriente, no podrás cargar en tu corazón con todo el dolor del mundo. A nadie servirías. Debes confiar en que a otro nivel todo el plan de la creación alcance sentido. Así compadécete, lucha por mejorar lo que esté en tu mano pero no te hundas jamás ni te olvides de “andar llegado”. Es tu transformación como individuo lo que más te ha de aportar. 

- ¿”Andar llegado”? 

- Sí... Andas llegado cuando sabes reconocer que tú no vives la vida, sino que la vida te vive a ti y cualquier momento es el mejor para ella... Incluso cuando tu forma física esté sufriendo lo inimaginable.  

- Por favor... de otra forma... Me pierdo... 

- Sí... Mira... El enunciado “andar llegado”, no es más que otra forma de etiquetar aquello de lo que te vengo hablando, con la intención de ayudar a tu mente a consolidar ideas… Focaliza un poco más la idea de que el sentimiento de la felicidad, o de su carencia, puede derivarse de la propia percepción, correcta o  no, sobre los aciertos y errores de los pasos dados hacia el “sí mismo”... por los caminos de la atención al propio cuerpo, a la propia mente, al propio espíritu, al propio entorno familiar, al propio planeta... Sin perjuicio de que sucesos del mundo nos puedan someter  imprevisiblemente a situaciones  crueles, absurdas e insufribles. 

Así, la felicidad, se puede vivir positivamente, ¡cómo también   la infelicidad!, cuando sirve para acercarte a la realización personal, cuando sirve para profundizar en el sentido de tu vida... Así, pensando en práctico, creo que para esa realización es más interesante el concepto de salud que el de felicidad. Salud física y mental; pero sobre todo: ¡Salud anímica…! ¡Salud! Son el “buen amueblamiento interior” y el “estado de amor en paz y calma interior”, los que te permitirán andar serenamente avanzando por todos los infiernos que atravieses, ayudándote en cada paso a consolidar o incrementar tu particular estancia permanente en el paraíso del que hemos hablado. Los que te permitirán crecer por encima de todas las felicidades y de todas las infelicidades...  

Mantén fija esa idea de crecimiento desde el instante. Especialmente en los malos momentos que posiblemente lleguen. Momentos en los que te podrás  descubrir desconcertado, constatando retrocesos, vapuleado por acontecimientos crueles y absurdos... No importa... Sigue siempre...

Pero necesitarás cultivar una cierta disciplina; una constancia en la atención; una perseverancia en los ejercicios de “enraizamiento”; una apuesta permanente y apasionada por preferir equivocarte a favor del amor. Necesitarás desarrollar la fuerza interior que te permita en los malos momentos percibir la grandeza del guerrero irreductible... Y darte cuenta de que esa fuerza interior hunde sus raíces en un más allá sagrado e inconmensurable que se abre desde el instante eterno.

- Perdona -imploró Alejandro, cobrando conciencia de repente que prolongar el interrogatorio podría no ser adecuado. 

- No he acabado -le salió Amartelo al paso, tan cálido como rotundo-.  Ahora te esperas tú a que se seque...  Deseo contarte algo más que creo que ya has vislumbrado en algún momento anterior. Sí, los puentes existen. Sí, más allá de la necesidad de “andar llegado” profundizando siempre el aquí y el ahora, sí puedes entenderte con el guardián del Paraíso... Algún personaje, como Huxley te diría que encontrar la puerta es cuestión de las sustancias químicas que lleves en tu sangre…; pero también él puede ponerte en antecedentes de que el cambio químico no necesariamente puede proceder de la ingestión de drogas… Y de que más allá de infiernos y paraísos existe la posible unión con lo que él llama  “divino fundamento”, pues la “experiencia mística está más allá de la esfera de los opuestos”.

Otro ejemplo… ¿De qué crees que hablaba San Juan de la Cruz en poemas como “Noche oscura”? …Si te fijas un poco, podrás “entender” en sus versos las orientaciones metodológicas para la “experiencia trascendente”, recomendaciones para favorecer el “re-encuentro”...

Ya ves, siempre ha habido humanos elevados que han enseñado a cruzar el puente, a “quitar, modificar o utilizar  las claves de acceso”… 

En todo caso, nunca olvides, si intentas cruzar, que quien no está preparado para “controlar su experiencia…” puede quedarse perdido... ¡Terriblemente perdido...! 

¡Y ya no me preguntes más porque todavía no he hecho el amor con nadie!  Como parte, en vivo y en directo... ¡Y quiero hacerlo contigo lo antes posible…!  Y si me vas a poner la cabeza como un bombo, creo que gritaré por volver a mi mundo.

 

Serena, sonrió cómplice. Alejandro titubeó.  

 

- Pero... ¿Y  Serena? ¿Qué piensa de todo esto? ¿Qué piensa de nuestra inverosímil relación? 

- ¡Eres torpe, Alejandro! ¿Es que no te ha dicho nada su forma de retirar tus cabellos? Su forma de mirarte...

- Ya. Me admira percibir que la atracción es mutua. Como si también hubieses cambiado registros de mi memoria... Pero no me refiero sólo a eso, me refiero a todo lo que nos está pasando, en general... 

- Anda... Pregúntaselo tú mismo a Serena… 

- Serena... ¿Qué…? 

- Alejandro - le cortó Serena-. No entiendo muchas cosas. No creo que tú entiendas muchas más… Ni siquiera creo que nuestro amor común, Amartela, entienda todo; a pesar de su inmensa experiencia y caudal de conocimientos.  A veces dice cosas geniales... que me hacen pensar; pero a veces... ¡Se monta unos líos discursivos de alucine! O será que yo no puedo llegar al nivel en el que entenderla sea posible... Lo que sí te puedo decir es que me gusta tu música. Y me gusta su música.  A eso aprendo últimamente: A escuchar música. La música de la vida.

-  ¡Uhhmm! Ya… Pero… Entonces… ¿No te sientes “invadida”, “atrapada”, ”utilizada”…? 

- De momento no, Alejandro. Me siento libre y consciente -le respondió Serena con un marcado tono de seriedad introspectiva-. Esos sentimientos no los vivo por ahora. No son un  problema todavía. Creo que quizás nunca lo sean… ¿Crees que ahora me debo preocupar por ellos? 

- Dos llamas que me encienden... -respondió Alejandro tanteando las palabras y ya con espíritu relajado y dispuesto a dar el  paso sobre el abismo- Dos llamas que enciendo. Será imposible no vivir enamorado. 

Cerró los ojos, abrió el alma y se sumergió en el éxtasis del primer beso... duplicado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Casi final feliz

 

 

  

 

Dos figurillas se difuminaban abrazadas bajo aquel firmamento desde el que se filtraban los primeros bailoteos estelares. 

Ni desde aquí, ni desde allí; nadie habría averiguado la inmaterial presencia que las envolvía, que las ceñía, que las incluía. 

Con divertida complicidad, Alejandro y Serena, se sorprendieron apuntándose a dúo a la misma pregunta apoyada en sendos guiños traviesos:

 

-¿Renovarse o morir, no? 

- Alejandro –le preguntó entonces Amartela-. ¿No te gustaría escribir un libro sobre tu experiencia de estos años? 

- Creo que sí... De hecho en algún momento lo he pensado... Pero también creo que me falta todavía madurar muchas cosas, todavía me siento verde... Especialmente en lo que se refiere a la digestión de los acontecimientos más recientes… 

- No te preocupes. Si te parece, lo escribiremos entre los tres… Y Renovación nos ayudará. 

- ¿Renovación? ¿Quién es “Renovación”? 

- Tú, escribe… Y cuando leas el libro lo sabrás… 

-  ¿Eeehhh?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Post data: Acto final 

 

 

Las grandes persianas mallorquinas de la terraza del apartamento de Alejandro están abiertas de par en par. Este sol amaneciente de verano en plenitud despunta en el horizonte dorando el cielo y el mar... Las sombras de la habitación se evaporan ante la intensidad de la luz.
Si te pones a los pies de la amplia cama, podrás contemplar a nuestro protagonista panza arriba, profundamente dormido, la cabeza ladeada ligeramente hacia su derecha. Blancas sábanas  se arremolinan a su alrededor por tal de dar la  sensación de un mítico  Alejandro que flota en la bóveda de alguna capilla renacentista... Se le ve feliz. Irradia plenitud. 

El apartamento no es mucho más grande que el dormitorio y la salita contigua, tan sólo tienes que sumar a éstos, de la parte de atrás, una minúscula cocina y el cubículo reformado como cuarto de baño.

Si te llegas a preguntar por la decoración de las paredes te diremos que reina la blancura en toda la casa. Pero la sensación no es de vacío... ¡Tantos libros aquí y allá amontonados!

En la salita, sobre el pequeño escritorio de cerezo, apoyada contra la pared, una litografía de Maxfield Parrish... El título que se lee en el pie dice “Ecstasy”. Se trata de una muchacha sonriente y feliz ante el día nuevo. Descalza. Sobre un abismo cualquiera de los acantilados que cierran el tranquilo lago azul. Guarda un difícil equilibrio. Diríamos imposible. Pero la seguridad de la escena es manifiesta. La joven no se caerá. Al contrario, permanecerá en “ecstasy” mil años frente la atmósfera áurea que todo lo baña. La ingrávida vestimenta de diosa tan semejante a las alborotadas sábanas de Alejandro que ahora le medio cubren; las aristas de las rocas escarpadas a su espalda; los brazos que alzan los codos abiertos permitiendo a esas manos purísimas recoger sin presión la base de la  ondeante cabellera... Y el  azul... Sobre todo el azul protector. Idéntico a aquel otro azul que amparaba al observador el día en que conocimos al oficinista.

Si buscas un poco entre los libros amontonados en la esquina derecha, según se mira al mar, encontrarás uno cuya portada recoge la misma imagen: “la mujer araña”. Él no lo ha leído todavía pero lo cierto es que la imagen descrita le encanta. Hace ya muchos años  que le acompaña. De hecho en una de las pocas veces en que ha vuelto a ver a su mujer, es lo único que le ha pedido: la litografía de la mujer complacida ante el abismo amaneciente. No nos preguntes como fueron esos reencuentros pues tenemos que conseguir que te fijes un poco más en que Alejandro está solo en la cama. Entonces ¿Dónde están ellas? Están en la terraza. Desde donde nos hallamos se las ve mirando al mar.... Mejor dicho, ya sabes, en singular: se la ve mirando al mar. Vista desde atrás, tan solo con la camisa de algodón blanco de Alejandro, resulta sugestiva. Incitante. Quizás Serena se da un cierto aire con la mujer araña.

Por como gesticula y mueve sus labios, sabemos que Serena y Amartela están iniciando una conversación. Así que es mejor que la escuches, es decir, que las escuches.

 

Amartela.- Ha sido fantástico. 

 

Serena.- Lo ha sido. Para mí, lo ha sido. No para ti... (afila la mirada e intenta averiguar que tipo de embarcación salpica el horizonte).

 

Amartela.- ...No resultará. 

 

Serena.- Lo sé. 

 

Amartela (entristecida).- Por mi culpa. 

 

Serena.- Sí, yo podría compartir. Pero me he dado cuenta de tu angustia y tu desconcierto al comprender que Alejandro no necesitaba “sentir” tu presencia para  realizarse con mi cuerpo. 

 

Amartela.- Me ha dolido profundamente... ¡Qué diferente es vivir el misterio que crearlo, contemplarlo o teorizarlo!... Ahora resulta que tú estás mucho más preparada que yo para esto... 

 

Serena (tras morderse los labios.) .-  Cuando parecía que llegaba el amanecer, de nuevo el crepúsculo... ¿Qué podemos hacer?(entristecida.) … Otra vez tengo miedo. 

 

Amartela.- Yo también empiezo a entender muy bien esa palabra  ¡Miedo!... Pero ya es imposible que vuelva atrás. Así no tendré más remedio que afrontar... 

 

Serena - ¿No crees que puedes darnos más tiempo? ¿Seguir intentándolo? Por lo que me has contado sé que el fracaso no es nuevo para ti. No puedes sorprenderte... Tal vez será un error ¡para todos! el que te rindas. Sabías que no sería fácil. Ya otra vez abandonaste a Alejandro... Por dolor y otras razones... ¿No? No vuelvas a tirar la toalla... 

 

Amartela.- No podría soportar de nuevo lo de esta noche... Me siento absolutamente frustrada... 

 

Serena.- Te creía mucho más fuerte... (Sin tono de reproche.) Tal vez tan sólo estés en una de esas fases de retroceso o dolor de las que nos hablabas el otro día... Recuérdalo, me quedé con la copla: “Necesitarás  desarrollar la fuerza interior que te permita en los malos momentos percibir la grandeza del guerrero irreductible... Y darte cuenta que esa fuerza interior hunde sus raíces en un más allá sagrado e inconmensurable…” ¡Aplícatelo! ¡Te ayudaremos! 

 

Amartela.- Mira (Le hace entender que desea que coja el libro que está abierto sobre la mesita de la terraza.) Lee el subrayado por favor. 

 

Serena (quita el punto y lee en voz baja el subrayado) -...lo mejor es acordarse de San Pablo y de la escisión de su conciencia; San Pablo, de una parte, se siente a sí mismo como apóstol llamado e iluminado directamente por Dios; de otra, se siente como hombre pecador, que no es capaz de escapar al “aguijón de la carne” ni al ángel satánico que le atormenta. Esto significa que aún el hombre iluminado sigue siendo el que es, y que jamás pasa de ser un yo limitado frente a aquel que en él habita, cuya figura no tiene límites cognoscibles, que le rodea por todas partes, profundo como los fundamentos de la tierra y vasto como el cielo”.  (Se deshacen en silencio unos instantes tras los cuales se reabren los turnos de palabra)

 

Serena.- (Pensativa) No lo entiendo.

 

Amartela (No le contesta pero busca alternativas)

 

Serena.- ...Que no lo entiendo, te digo. Haz un esfuerzo. 

 

Amartela (vencida y algo alterada).- ¡Qué el que está en una parte no está en Todas! ¿Vale así? 

 

Serena (estirándose como “la mujer araña” y adquiriendo un digno tono pasota un tanto herido).- Pues así algo pillo... (Bruscamente se vuelve a poner seria y se inclina apoyando de nuevo con firmeza la mandíbula sobre las palmas de las manos y los codos sobre la “balaustrada” de piedra. ) - ¿Pero qué hacemos? 

 

Amartela.- Sobre todo nos tenemos que sentir libres. No podemos permitirnos no tener escapatoria... Si no podemos elegir en cada momento, se acabó el crecimiento... Se acabó el interés. Necesitamos reaccionar ahora. Sin reacción... Adiós la esperanza. 

 

Serena.- Bien... ¿Pero qué hacemos? 

 

Amartela.- ¡Matémosle! ¡Y yo me quedo con su cuerpo! 

 

Serena (pegando un brinco) .-  ¡Nooo! ¡Qué dices! ¡Le quiero! ...Demasiado bien me has grabado el amor que siento por él... (el pequeño grito despierta a Alejandro que sigiloso se levanta y se aproxima no pudiendo menos que pegar la oreja.)

 

Amartela.- ¡Es broma, mujer!... Antes te mataría a ti... 

 

Serena (tranquilizándose).- Eso sí que lo creo...(nota que Amartela se ríe sanamente en su interior.)

 

Amartela.- De verdad no sé qué podemos hacer... Cualquier solución me parece mala. Casi me siento avergonzada por haber conducido las cosas de esta manera... Pero estaba tan ilusionada... ¡Lo estoy aún!... Y tampoco podía hacer las cosas de otra manera... ¡Me siento tan profundamente avergonzada de no poder enfrentar unos miserables y vulgares celos! Desde luego, cuánta razón tenía aquél que decía lo de “conocimiento es experiencia, lo demás es sólo información”. 

 

Serena (tierna, rascándose el brazo izquierdo).-  ...Yo una vez vi un telefilme americano, en el que un chaval le preguntó a su padre: “Papá ¿Se puede estar enamorado de dos personas a la vez?”... Y el padre le respondió: “Y de cuarenta... ¡Pero no es práctico!” 

 

Amartela.- ¡Ojalá hubiera tenido el conocimiento que me ha dado esta experiencia muchísimo antes...! ¡Cuántos se habrían beneficiado! 

(De repente se oye un estruendo ultramundano. Serena brinca horrorizada y se golpea contra Alejandro que se halla a sus espaldas, haciéndole perder el equilibrio. Ambos se caen al suelo y con ellos, Amartela. Enseguida Alejandro las abraza protegiéndolas de no se sabe qué… Se escucha entonces un coro de voces. Es el coro de voces de las fuerzas supranaturales)

 

Coro de voces (dirigiéndose a Amartela).-  ¡Por fin lo has entendido! (Sobresalen las vibraciones alegres de Renovación).

 

Amartela.- ¿Lo he entendido? ¿Qué se supone que tengo que haber entendido? (vibraciones entrecortadas) ¿Habéis venido a buscarme? 

 

Coro de voces (No contestan a la primera pregunta).-  Creíamos que tardarías mucho más... Estaremos encantadas de llevarte de nuevo a casa. 

 

Amartela (contrariada, rabiosa y amargándose por momentos) - ¿Ahora mismo? 

 

Coro de voces (autoritario y tajante) - ¡Ahora mismo!

 

Amartela (implorante de repente y sabiéndose sin escapatoria)- ¿Podré volver algunas tardes...? ¡Tenemos que escribir el libro! ¡Renovación: el libro! ¿Recuerdas? 

 

Renovación.- Espera un momento... (Las fuerzas se retiran a consulta y vuelven inmediatamente. Se oyen de fondo las metálicas risas de Perversa)

 

Amartela (vibración suplicante) - ¿Qué? 

 

Coro de voces - Que sí. No más de cuatro días. 

 

Renovación- Tú elegirás el momento, pero yo te acompañaré y me encargaré de los procesos de transmutación... Además os echaré una mano con el libro. 

 

Amartela (sometiéndose. Se dirige a Alejandro y a Serena)... -Aceptadlo. Es lo mejor que llegados a este punto nos podía pasar. Alejandro, estoy segura de que ya no me vas a añorar... Te quedas en las mejores manos. Además pronto nos veremos. Ya habéis oído.

 

(Alejandro abraza a Serena y la besa con sentimiento profundo que roza la reverencia. Piensa en Amartela cuando lo hace y Amartela lo sabe. Cuando el beso cesa, Serena se queda ausente contemplando a Alejandro... Pero en realidad está sintiendo y correspondiendo al amoroso abrazo interior de Amartela.)

 

Coro de voces ( Imperativo )- ¡Se hace tarde! (Serena siente como Amartela abandona su cuerpo al ser absorbida desde el coro de fuerzas... Al cual acaba por unirse)

 

Coro de voces (Sobresaliendo la voz de Amartela)- El paraíso os está buscando... Vendrá con mil formas, vendrá con mil rostros, vendrá en mil tiempos... Siempre dejad entrar al que dentro espera. (Las presencias desaparecen. El día vuelve a sí mismo. Alejandro y Serena cogidos de la mano miran el cielo.)

 

Serena.- ¿Por qué se la han llevado, Alejandro? (aguantando el llanto) ¿Qué creen que ha entendido? 

 

Alejandro (igualmente lloroso). - ...No me siento capaz de hablar ahora, Serena. 

 

Serena (le aprieta las manos y también le ruega con la mirada)- Sólo dime si lo sabes. 

 

Alejandro (enigmático y traspuesto)- No lo sé... Pero... Tal vez, porque la quieren más que nosotros mismos... Y la retiran del mar de los vivos como tu retirarías de golpe a un bebé al que enseñas a nadar, si vieses que se le viene encima una ola que se lo va a tragar... 

 

Serena.- ¿Salvada por la campana? 

 

Alejandro.-...Quizás. 

 

Serena.- ¿Pero qué creen que ha comprendido? 

 

Alejandro.- Que no lo sé... Tal vez que por conseguir lo principal no debemos dejar que nos mate lo secundario... Que aunque no sea tan rápido, es mejor bajar por la escalera que tirarse desde la azotea... Que se puede ser buen director de orquesta y fatal violinista... Que al dolor hay que darle el tiempo necesario para que pueda convertirse en algo precioso... ¡ Qué se yo lo que pueden haber creído que Amartela ha entendido! 

 

Serena (con apariencia franca y segura...pero sobre un fondo anímico quebrado) - ¡Bah! ¡No Alejandro!... Yo creo... ¡Que todo ha sido un montaje! ¡Desde el principio! En realidad, Amartela ha hecho un espléndido trabajo... ¡El mejor! Sólo han pretendido unirnos y ¡lo han conseguido! (lo mira  ahora apasionadamente)

 

Alejandro (desconcertado, la mira alucinando... Pero encandilado) -Entonces... nunca hizo Amartela mejor trabajo... (susurra afectado)

 

Serena (mirando el cielo. Grita)- ¡Nunca hiciste Amartela mejor trabajo...! 

(Se miran. Él se pellizca. Ella se pellizca. Iniciando la sonrisa, se pellizcan el uno al otro. El sol no se detiene y se hace evidente que la embarcación del horizonte era un enorme crucero).

 

 

 

 

 

 

Fin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Artilugio jamás descrito por humanos del que podríamos hacernos una idea si imaginamos un cuerno de vaca vacío proyectado de base a punta mediante superposición de imaginados anillos arcoíricos. 

[2] “Els alts espais són l’aventura que solament ton cor Atreu…”

Guillem Colom “Cançó de l’hostessa”. Son Boronat (Mallorca) 1953.

 

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Miguel Cabeza